Muerte en Venecia: El compromiso con lo fundamental

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Del 18 al 21 de marzo se ha representado en el Teatro Real de Madrid el ballet Muerte en Venecia (Una danza macabra) coreografiada y dirigida por John Neumeier. El Ballet de Hamburgo, así, regresa a la capital en compañía de la música de Johann Sebastian Bach y de Richard Wagner para exhibir lo esencial del texto de Thomas Mann traducido al lenguaje de la danza. Un espectáculo soberbio.

John Neumeier hace una lectura extraordinaria de la novela de Thomas Mann Muerte en Venecia. Salvo algunos detalles que no dejan de ser anecdóticos como, por ejemplo, convertir al protagonista en coreógrafo (en el relato es escritor) o introducir la figura de Federico II de Prusia (personaje muy relevante, pero que no afecta al sentido último de la obra original), respeta la esencia de lo que contaba Mann con acierto y profundidad. Adaptar las obras para conseguir todos los beneficios artísticos posibles no es lo mismo que destrozar las obras convirtiéndolas en mamarrachos. Neumeier es respetuoso al máximo y el público lo sabe agradecer.

Lo mítico, lo simbólico, lo dual, aparece con claridad sobre el escenario. Lo apolineo, lo dionisiaco, las referencias a los distintos personajes de la mitología clásica, todo lo que tiene que ver con el amor platónico e, incluso, el superhombre de Nietzsche (el dominio de los fuertes sobre los más débiles); están y son interpretados por los bailarines con una técnica impecable no exenta de una expresión dramática más que notable. De este modo, el hilo argumental es muy accesible para el público.

La puesta en escena es sobria, elegante. La iluminación perfecta. Y el vestuario hace que los matices en cada cuadro se realcen con elegancia.

El ballet va de la imperfección de una consciencia destartalada (lo que no significa que la coreografía lo sea del mismo modo) que apabulla desde las tablas al sumar un número de bailarines en escena muy importante; hasta la tranquilidad que arrastra el desánimo y la proximidad de una muerte recibida con la calma del vencido. Y, en los distintos cuadros, se va indagando en la psicología del personaje principal, bien desde el enfrentamiento con la realidad, bien desde el territorio del sueño o de la imaginación. Un ejemplo, tal vez el que más sorprende, es el que encontramos en el cuadro titulado “En el Elíseo”. Mientras en la novela de Mann, Aschenbach no toca, ni es capaz de arrimarse a Tadzio más de la cuenta; en el ballet de Neumeier asistimos a una coreografía ideada por el personaje a modo de pas de deux que solo ocurre en su mente. Interpretada magníficamente por Lloyd Riggins (Aschenbach) y Alexandr Trusch (Tadzio) resulta de una gran belleza. Pero, también, nos encontramos con sueños puramente dionisiacos ya que la evolución del personaje oscila entre el amor puro, racional o voluntarioso (colocado en el mundo de las ideas como anunciaba Platón) y el amor irracional, volitivo, carnal. Dicho de otro modo entre lo apolineo y lo dionisiaco. Lo mismo que ocurre con el propio entorno, Venecia, que va de la belleza a la decadencia y a la muerte.

Todo esto podría parecer que complica mucho la vida al espectador y que se puede convertir en un ballet imposible de entender. Sin embargo, es todo lo contrario. Es tal la elegancia y la claridad expositiva que cualquiera puede llegar a comprender todo esto que digo con tan solo atender a lo que sucede dentro de la caja escénica.

BalletHamburgo 1410Causa gran conmoción escuchar la música elegida por John Neumeier. Se aleja del tópico que representaría una partitura de Mahler y propone a Bach y a Wagner. Lógicamente, la inclusión de Federico II de Prusia tiene mucho que ver con que Bach sea protagonista. Al mismo tiempo, Wagner (a partir del quinto cuadro) refuerza la idea de amor imposible entre los protagonistas al escucharse, por ejemplo, algún fragmento de Tristán e Isolda (trama con la que guarda cierta similitud la de Mann) y hace relevante la carga mitológica que se rescata del texto original. Pero, sobre todo, la conmoción llega de la mano de Elizabeth Cooper, una pianista que acompaña de forma primorosa el desarrollo de esta Muerte en Venecia. Impecable.

No es la primera versión de la obra a la que hemos podido asistir, pero, casi con toda seguridad, es la que nos permite una mayor comprensión de las ideas fundamentales y la que incluye las más importantes. Neumeier apuesta fuerte, no rechaza asumir riesgos y busca, en su inspirador literario, un compromiso con asuntos fundamentales para el ser humano. Porque abraza una idea fundamental de la filosofía de Platón que se resume en este texto en el que Diótima se dirige a Sócrates: “He aquí, pues, el recto método de abordar las cuestiones eróticas o de ser conducido por otro: empezar por las cosas bellas de este mundo teniendo como fin esa belleza en cuestión y, valiéndose de ellas como escalas, ir ascendiendo constantemente, yendo de un solo cuerpo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a las bellas ciencias, hasta terminar, partiendo de estas, en esa ciencia de antes, que no es ciencia de otra cosa sino de la belleza absoluta, y llegar a conocer, por fin, lo que es la belleza en sí”.

Algo que Aschenbach no puede resistir. ¿Quién sería capaz de hacerlo?