Muerte en Venecia: El viaje sin retorno

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Madrid tenía una deuda pendiente con Benjamin Britten. Ya se ha liquidado. Y no de cualquier forma. Porque el estreno de Muerte en Venecia del compositor inglés es el ejemplo extraordinario de esa unión de todas las artes escénicas que es, en realidad, la ópera.

Maravillosa la ópera de Britten.

La puesta en escena de Willy Decker es inteligente, eficaz, a la vez que atractiva y vistosa; y, con ella, se resuelve uno de los problemas por los que esta obra se ha representado tan pocas veces: su teatralización. Son diecisiete escenas repartidas en dos actos que no permiten dudas. Decker, utilizando distintos telones, es capaz de presentar la obra sin empujones, sin exigir del espectador un esfuerzo adicional y, con ello, consiguiendo que todo fluya para que en el patio de butacas la atención se centre en lo importante y no en lo accesorio. Por cierto, Decker ha realizado un trabajo de limpieza, muy de agradecer, para eliminar todo aquello que representaba una molestia por superficial e irrelevante.

Por su parte Alejo Pérez, director musical, acompaña bien. Y digo acompaña porque tampoco intenta nada más allá de lo que esto representa. Bastante trabajo supone seguir el ritmo frenético del escenario. Su dirección es correcta y algo plana. Aunque suficiente.

Estamos hablando de la última ópera de Britten. Estamos hablando de la adaptación de una de las mejores novelas de todos los tiempos firmada por Thomas Mann (Der tod in Venedig, 1912). La libretista Myfanwy Piper hizo un trabajo muy meritorio modificando el punto de vista de la novela para que todo se convirtiera en un monólogo interior del personaje central (Gustav von Aschenbach) y para que los encuentros narrados en la novela con distintos personajes, en esta adaptación, se pudiesen interpretar como parte de ese monólogo en el que el protagonista se niega a sí mismo en su zona más oscura y deprimida.

Si en la novela de Mann la grandeza de lo simbólico se deja notar desde la primera página, en la ópera de Britten ocurre lo mismo desde la primera nota. La mitología que inunda el texto original es recogida en el libreto de Piper, si no de forma explícita, en toda su esencia. Encontramos imágenes más evidentes como es la del gondolero (Caronte) y mucho menos accesibles como la del encuentro con el hombre junto al cementerio o el viejo ridículo a bordo del barco (que son, en realidad,Hermes). Pero está lo que tiene que estar. Incluso, dado el punto de vista elegido (no en el libreto sino por el director de escena), no está el escenario principal de la novela: Venecia. En esta producción queda reducida a una imagen difusa de la laguna, a un estado de opresión constante, a una jaula de la que el protagonista no podrá salir jamás después de haber elegido entrar.

Muerte en Venecia Teatro Real

La música de Britten es sobrecogedora y de una belleza aplastante. Y las voces no pasan sin pena ni gloria por el escenario. Una obra de esta dificultad en su conjunto requiere un nivel en las voces que esté a la altura de las circunstancias. No es que la exigencia sea extrema. Ni mucho menos. Pero la exactitud del trabajo primitivo de Mann, el de Britten y Piper y, ahora, el de Willy Decker, merecen esa excelencia que las voces aportan. Porque el tenor John Daszak está muy bien. Otra cosa bien distinta es que el lucimiento en esta ópera no se produzca dado que la propia partitura no invita a que suceda. Y el barítono Leigh Melrose defiende sus múltiples papeles con acierto (su interpretación dramática es muy, muy, meritoria; cosa que tantas veces se echa de menos en la ópera). Destacan, aunque de forma más discreta, Anthony Roth Costanzo y Duncan Rock.

El papel de Tadzio lo interpreta un bailarín que nos recuerda mucho al personaje de Visconti; tal vez por ese look de marinero niño que ya no lo es. Cumple bien aunque, en algunos momentos, se le podría criticar algo de frialdad en su trabajo.

El diseño del vestuario es exquisito y la solución en cada escena, para cada estado de ánimo o la representación de una clase social u otra, se solventan con aparente facilidad.

La única pega tiene que ver con la iluminación. Algunas sombras inoportunas aparecen sobre los negros. Pero es algo que no llega a molestar en ningún momento.

Muerte en Venecia es el viaje sin retorno de un escritor hacia la muerte. Pero es un viaje que se nutre de algo que cualquier artista (cualquier ser humano) necesita en algún momento de su vida: la contemplación de la belleza, la experiencia del amor como culmen de la existencia.

Joan Matabosch ha dejado estampado, al programar esta ópera, su sello personal; una forma de entender la dirección artística de un teatro como es el Real de Madrid que debería ocupar un lugar de honor entre los grandes del mundo. Ójala sea verdad.

Muerte en Venecia. La novela

Thomas Mann nos arrastra, en esta excelente novela corta, a un viaje del que conocemos el final, a un viaje de todos.

Revisa en él su concepción del mundo, de la mitología, del proceso creativo, de la muerte como meta del ser humano. Y lo hace desde una prosa exquisita, llena de matices, difícil de interpretar salvo que el esfuerzo del lector sea importante.

La lectura de esta obra, bien puede quedarse casi en lo superficial y limitarse a una historia de amor imposible entre un hombre recién llegado a su vejez y un adolescente, bien puede convertirse en un reto en el que Hermes, Apolo, Dionísio y un gran número de referencias mitológicas, son protagonistas y convierten el universo del personaje en algo que va más allá. La contraposición y el tránsito entre lo apolíneo y dionisíaco, el camino que hay entre el arte y la muerte, entre la idea y su verbalización, entre la nada de Nietzsche y la eternidad de los dioses; son los pilares de una novela que soportan una trama valiente que quiere indagar en el mundo de un personaje sorprendente y profundo.

Los sueños de Aschenbach nos llevan hasta los ritos báquicos. La propia Venecia funciona como correlato del personaje y, a la vez, como recordatorio de una Atenas idealizada que termina en desastre. El proceso creativo, el talento, la rendición del autor ante una burguesía que acepta, o no, la obra si se adapta a sus cánones o los intenta saltar, todo en La muerte en Venecia nos arrastra hasta la reflexión.