Músicas, femenino plural

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La orquesta de cuerda Almaclara, integrada únicamente por intérpretes femeninas menores de treinta años, rinde homenaje con sus propuestas a todas las mujeres que han escrito su nombre con mayúsculas en la historia de la música clásica. Conciertos basados en piezas clásicas que sirvieron de banda sonora al cine, fusión con el baile y el cante flamenco, o proyectos pedagógicos para la aproximación integral a la música clásica son algunas de las propuestas de la original formación.

Decidieron buscar una inspiración más allá del pentagrama, y la encontraron en esas otras líneas en las que los músicos escriben su propia vida: la de sus biografías. Eran mujeres y hacían música, y decidieron buscar en las vidas de otras mujeres que encontraron su esencia en el mismo arte de hacer vibrar el aire convirtiéndolo en melodía. Así nació Almaclara, una formación integrada por una veintena de intérpretes de cuerda, todas ellas menores de treinta años, que apostaron por una visión femenina de la composición; de la interpretación, de la música.

Y así es como llegaron hasta otras dos mujeres a las que obviamente conocían, Alma Mahler y Clara Schumann, y a cuyos nombres de pila deben el nombre de la formación. También llegaron hasta el descubrimiento de que habían supuesto mucho más de lo que los anales han querido contar, precisamente por su condición femenina. La vienesa, esposa de Gustav Mahler, fue conocida por sus affaires con los pintores Klimt y Kokoshcka, y sus posteriores matrimonios con el arquitecto Walter Gropius, fundador de la corriente conocida como bauhaus, o el escritor Franz Werfel. Pero además de sus relaciones sentimentales con algunos de los puntales de la cultura centroeuropea de principios del siglo XX, que decían mucho del estímulo intelectual que el espíritu creativo de Alma Mahler suponía, su figura tuvo otros muchos motivos para adquirir una notable relevancia en la época.

La faceta de Alma como compositora de música dejó para la posteridad poco más de una docena de breves canciones líricas con su propia firma, pero cada vez son más las teorías que apuntan a que su mano estuviera detrás de muchas de las líneas que convirtieron a su esposo checo en uno de los más reconocidos músicos del postromanticismo. Y puede que evitar que el mismo apellido, compartido por dos compositores que compartían lecho y confidencias, encabezara partituras en el mismo tiempo y en el mismo tempo fuera lo que hiciera que Alma abandonara su carrera musical a favor del engrandecimiento de Gustav.

Completamente distinto, aunque con agrios matices de semejanza basados en el ostracismo al que la creatividad femenina estuvo condenada en el siglo XIX, es el caso de Clara Schumann: fue conocida en la época por su música, pero en muy mayor medida por su condición de virtuosa concertista que por sus composiciones. Amiga de Brahms, de Chopin o de Paganini, se desenvolvió siempre entre los círculos de los grandes compositores, cuando el cuidado de sus ocho hijos le permitía desarrollar una agenda social en el ámbito de la alta cultura.

Pero además de Mahler y de Schumann, unidas en el homenaje que la orquesta Almaclara les rinde cada vez que se anuncian en un libreto, otros nombres de mujer asociados a los apellidos Mendelssohn, Bach o incluso Mozart despuntaron en un universo creativo en el que se permitía a los hombres desarrollar su sensibilidad a través de las notas musicales.

En cualquier caso, Almaclara no sólo incluye en su repertorio piezas compuestas por mujeres, sino que el criterio de selección tiene más en cuenta el hecho de que las composiciones fueran concebidas cuartero de cuerda o para orquesta de cámara, y sí que echan mano del tópico para hacer una discriminación positiva a favor de las compositoras contemporáneas. Hacen proselitismo de la femineidad incluso en el patrocinio de sus actividades escénicas, que encontraron en una empresa sevillana, Inés Rosales, fundada hace más de un siglo también por una mujer.

No hay batuta en la formación, sino que la directora se ubica con su chelo en el centro del arco de intérpretes, esbozando muecas con los labios, arqueos de cejas, tensión de músculos que son traducidos por el resto de la formación al lenguaje concertístico: crescendo, piano, forte, vivace... Una tensión dulce, suave, femenina, se apodera de la atmósfera del escenario, cuando veinte muchachas se unen en una interpretación, abandonando sus cuerpos de mujer para hacerse cuerda y madera.

Y en su condición de mujeres, se hacen heroínas, madres valientes, hembras guerreras, luchando por derribar todos los muros que se les pongan por delante. Innovan, con propuestas como llevar a una bailaora flamenca a arquear sus caderas tanto como las volutas de la caja del violonchelo que le marca el compás. O como acercar la música a los niños y a los públicos no iniciados en los géneros clásicos mediante un ambicioso proyecto pedagógico que seduce y engaña a través de divertimentos para entrar en todos los conceptos, los procedimientos y las actitudes de la música.

Como si el instinto maternal hubiese impregnado los arcos de sus instrumentos, cuentan cuentos a través de la música, para que la música llegue al alma. Como llega el aprendizaje con juegos al niño, como llega al hombre con requiebros el enamoramiento. Como llega al hijo la paz de la madre en el aroma de su pelo. Y tal vez con la generosidad con la que Alma Mahler y Clara Schumann renunciaron a ser iconos de la música, para que lo fueran sólo sus apellidos, abanderados por otros compositores a los que dieron aliento e inspiración.

 

Un alma, mil proyectos
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La idea de utilizar la música y la mujer en la música como vehículos para la divulgación y para la enseñanza tiene nombre… de mujer. Beatriz González Calderón (Cádiz, 1985) aprendió a leer pentagramas casi al mismo tiempo que a formar sílabas en el cuaderno de dos rayas en el colegio. De la mano de su padre, pianista, se inició en una intensa formación musical que ahora completa con estudios de Escenografía en la Escuela de Arte Dramático de Sevilla.

Entre sus tutores en la formación con el violonchelo se encuentran grandes nombres del instrumento como Israel Martínez o Ivo Cortés, además de Álvaro Fernández, Gretchen Talbot o Mick Stirling, de quienes también ha recibido clases magistrales como integrante de la Orquesta Joven de Andalucía.

Inquieta, emprendedora, creativa en lo que atañe a la dimensión de desarrollo de sus proyectos, se empeñó en crear una formación distinta, con gancho para el gran público, y con unas garantías de viabilidad basadas en hacer los espectáculos asequibles en su concepción escénica.

Enérgica, transmisora de ilusiones a través de su determinación y su convencimiento en las propuestas, ha sabido abrir puertas a las que a pocos músicos se les habría ocurrido llamar, como las de empresas privadas sin vinculación con el universo artístico en las que encontró una excusa para contar alguna idea que terminó por enamorarles. Sin miedo a la experimentación, ha sabido por ejemplo saltar las barreras del tópico purismo del flamenco, y convencer a prestigiosas intérpretes para que inauguraran el flirteo con el acompañamiento de música clásica.