Nada es verdad. Todo está permitido

servando-rocha-a-las-subculturas-actuales-las-veo-como-frankensteins_070414_1396866188_91_
Nada es verdad, todo está permitido son, según parece, las últimas palabras que pronunció Hassan i Sabbah (precursor del terrorismo islámico y posiblemente el primer distribuidor de hachís como sustancia estupefaciente), de cuyo nombre se deriva la palabra Hassishem, consumidores de hachís pero también asesinos, una doble lectura que fue muy bien aprovechada en el célebre verso de Rimbaud, Voici le temps des Assassins.

Nada es verdad, todo está permitido es también el titulo de un extenso volumen publicado recientemente por Alpha Decay en su siempre interesante catálogo, y en el que Servando Rocha realiza un recorrido por la otra historia del arte y la cultura, la menos oficiosa y más maldita, a partir del encuentro entre un octogenario William S. Burroughs, profundo admirador de Sabbah, y Kurt Cobain, veintañero rockero y profundo admirador de Burroughs, iconos de distintas épocas que compartían un espíritu inquieto y profundamente antisistema, cierta animadversión por el género humano y una prolongada etapa de autodestrucción, que si bien el escritor logró trascender hasta los 84 años, acabaría prematuramente con la vida del cantante cuando se suicidó, meses después de conocer a su ídolo literario

El episodio en cuestión  le basta al autor para establecer una genealogía de la contracultura, rastreando las pocas fotos que se conservan de aquel encuentro y analizando los mas nimios detalles de las mismas para encontrar vínculos entre dos creadores tan generacionalmente alejados como espiritualmente afines, detalles que a priori pueden pasar desapercibidos, pero que una vez leídos resultan inusitadamente convincentes. Rocha se sirve incluso de los mas anecdóticos elementos, como el disco de Leadbelly que Cobain regaló a Burroughs (que alarga la sombra de su respectivo malditismo hasta la locura alcoholizada del legendario músico blues), para realizar un recorrido por la América mas salvaje y caótica, del lejano oeste al anarquismo punk, rastreando en ella la relación intensa que la literatura y el rock and roll mantuvieron hasta la aparición del grunge a principios de los noventa. Un recorrido estudiado y convincente por los entresijos del siglo XX y su cara más desconocida, vislumbrando conexiones invisibles entre artistas diferentes y similares al mismo tiempo.

Desde una colaboración discográfica anterior entre el desaparecido músico y el autor de El almuerzo desnudo, hasta su mutua adicción a la heroína, el tratado de Rocha  intenta poner en relación a los dos juglares norteamericanos para profundizar en una más prolongada e intensa relación primordial entre literatura del desarraigo y música popular. Sitúa a Nirvana y a su líder como la última rama de un frondoso árbol, quizás cercenada por el propio éxito de la banda que terminó con la posibilidad de postergar el flujo punk independiente en el que ellos mismos habían crecido. Pero sobretodo dedica sus páginas a dignificar la figura de Burroughs como pilar fundamental de la literatura norteamericana, como voz del desarraigo y la protesta, la experimentación y la marginalidad, de la lucha contra los poderes establecidos y de la fe en el  nihilismo existencial. Dejando patente el poder de su escritura y como su alargada sombra no parece tener fin dentro y fuera de los libros.

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Atraído en el malditismo artístico.
Tipo de lectura: Absorbente y sorprendente.
Personajes: Artistas, marginados sociales, yonkis y asesinos.
¿Dónde puede leerse?: En tu habitación con Nevermind sonando a todo volumen.