Nadie está a salvo

AldousHuxleyLondon1958

Son luces y son tinieblas. Los sentimientos pueden hacernos mejores o destruirnos. Jugar con ellos es tan peligroso como hacerlo con fuego. Finalmente, nada es lo que parece. Como el rictus de La Gioconda, que tal vez sea sonrisa, o tal vez no.

Sin duda la obra más conocida de Aldous Huxley (Godalming, Surrey, Inglaterra, 1894 – Los Ángeles, California, EEUU, 1963) es «Un mundo feliz», texto irónicamente premonitorio publicado en el año 1932. No obstante, el currículo del autor incluye un buen número de otros títulos –novelas, obras teatrales, relatos cortos, ensayos- que dan cuenta de la inquietud literaria y hasta filosófica del autor, cuya trayectoria vital fue ciertamente peculiar. En su origen, «La sonrisa de la Gioconda» formaba parte de una serie de piezas narrativas reunidas bajo el título de «La envoltura humana». Sin embargo, como tal relato nunca fue demasiado conocido del gran público, a diferencia de la adaptación teatral realizada por el propio autor, mucho más popular por haber sido representada en los principales teatros del mundo. Además de esa adaptación teatral de corte seudopoliciaco, el relato fue también llevado al cine en los años 40 por Zoltan Korda, con interpretación de Charles Boyer, Ann Blyth y Jessica Tandy, y bajo el título «Venganza De Mujer». Curiosamente, el autor español Luis Racionero publicó en 2004 una novela bajo el epígrafe de «La sonrisa de la Gioconda», que poco o nada tiene que ver con el texto objeto del presente comentario.

La editorial Navona lanza en febrero pasado la primera edición de este relato en la colección Ficciones, diseñada por Eduard Serra. La traducción es del novelista Enrique de Hériz y para la portada se ha seleccionado un dibujo en gris de Douglas Pollard. Acompaña al texto una semblanza del autor firmada en diciembre de 2013 por José Ángel Juanes, biógrafo de Huxley. Pese a su disposición al final del volumen, recomiendo la lectura previa de este extracto de la vida del autor, que resulta casi tan interesante como el propio relato y, además, ayuda a contextualizarlo.

La novela, de unas 68 páginas, se ajusta formalmente a los esquemas propios de las piezas teatrales, y constituye una secuencia aparentemente circunstancial que sin embargo, retrata bien la condición humana en general y la hipocresía característica de la élite burguesa post victoriana, en particular.

El personaje central de la historia es Mr. Hutton, hombre de gustos refinados y vida acomodada, amante de la compañía femenina y de las artes -preferentemente la literatura-, que convive con su esposa, una mujer débil y de salud quebradiza, incapaz de hacer casi nada por si sola. Mr. Hutton se revela en boca del narrador omnisciente como un hombre egoísta, en ocasiones despiadado («había descubierto que no solo carecía de compasión hacia los débiles, los enfermos, los deformes: de hecho, los odiaba»), y notablemente indulgente consigo mismo, que observa el mundo desde su atalaya de cinismo y desapego glacial, mientras permite que los días discurran sumidos en esa mezcla de impaciente contrariedad y libertad robada tan propias de cualquier doble moral. Herido de irresponsabilidad y apatía, y al tiempo esclavo de sus pulsiones sexuales, el Sr. Hutton se embarca casi sin querer en episodios que a menudo le resultan rancios o le aburren mortalmente, sin que parezcan importarle, o tal vez sin reparar siquiera, en los graves daños que ocasiona en todos aquellos que le rodean. No obstante ser laxa, quizá Mr. Hutton tenga una moral; el quid de la cuestión será determinar si ese código, por precario que sea, constituye un obstáculo capaz de impedir que traspase ciertos límites, o si esa laxitud acabará por volverse contra él de forma inevitable y definitiva. Es posible también que la única moral subsistente sea la de la bella Doris, mujer joven, sin formación ni muchas luces que, sin embargo, es el único personaje capaz de cuestionarse, con auténtica desazón, la naturaleza y consecuencias de sus propios actos.

La prosa de Huxley es de una solvencia indiscutible, y se ve frecuentemente salpimentada por otras referencias literarias, preferentemente clásicas, hasta el punto de conseguir que su personaje principal –ignoro si de forma casual o deliberada-, incurra en cierta pedantería. No obstante, el planteamiento de los temas (la moral burguesa, el adulterio, la pasión, la estupidez, la desconsideración, la enfermedad y la muerte), se produce de forma hábilmente desafectada, como si los hechos fueran la consecuencia natural de una decadencia «cantada» de antemano, como si nada de lo ocurrido constituyera una verdadera novedad bajo el sol. La obra está dotada además de un fino, irónico, y en ocasiones cruel sentido del humor, muy del gusto de Huxley: «La criada de Jane Spence era tan fea –fea a propósito, le había parecido siempre, dotada de una fealdad maligna, criminal,- que no soportaba mirarla más allá de lo estrictamente necesario». Y en cuanto a Jane Spence, la mujer cuya sonrisa da título al relato ¿Quién es?, «Una virgen de treinta y seis, pero sin marchitar todavía: tenía su encanto» […] aquella dama a quien «en algún momento de lisonja semi irónica, él [en referencia a Mr. Hutton] le había dicho que era la sonrisa de la Gioconda. La señorita Spence se había tomado el cumplido en serio, y siempre se esforzaba por estar a la altura del listón establecido por Leonardo» […] «¿Había existido alguna vez alguien tan tonto como la pobre y querida Janet Spence? ».

El final del relato no comporta grandes sorpresas, pero no hace trampas y es verosímil. La conclusión es que, ciertamente y como ocurre tantas veces en la vida misma, nada es lo que parece. Mi recomendación es que no dejen de acercarse a este relato; estoy segura de que encontrarán en él más lecturas que esta que yo les apunto, y descubrirán a un Huxley que no desmerece en absoluto al autor de aquel mundo feliz tan certero en algunas de sus osadas previsiones, y que tan dudosamente feliz ha resultado en último término.