NICHOLAS RAY: EL LUGAR SOLITARIO DE UN AUTÉNTICO REBELDE

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Nicholas Ray es un director de culto que genera verdadera devoción entre sus admiradores. Su obra más recordada, Rebelde sin causa, marcó a toda una generación que se identificó con el adolescente inadaptado interpretado por James Dean. Los antihéroes de Ray, ya fueran delincuentes juveniles huyendo de la justicia o adultos enfadados atrapados por su temperamento o por la sombra alargada de sus opciones, estaban en conflicto permanente contra su entorno y contra ellos mismos.

Aun tengo presente la conmoción que me produjo de adolescente ver la opera prima de Nicholas Ray, Los amantes de la noche. La poética historia de los  fugitivos de la ley, encarnados por dos jovencísimos Farley Granger y Cathy O’Donnell, era desoladoramente romántica y apelaba como pocas a la combinación de anhelo y miedo de vivir que nos abruman cuando sólo tenemos quince años y que a medida que maduramos vamos digiriendo como buenamente podemos. Esa capacidad de conmovernos, agitarnos y de marcar nuestra memoria era la magia de Ray.

La inocencia de la juventud frente a la responsabilidad del adulto en dibujar su destino

Ray veneraba la juventud y era indulgente con ella. Los adolescentes o veinteañeros protagonistas de la que podríamos llamar su trilogía sobre los conflictos generacionales (Los amantes de la noche, Llamad a cualquier puerta y Rebelde sin causa) nunca eran para el director los culpables de sus tantas veces tristes destinos, porque estaban condicionados por todo lo que les rodeaba, ya fueran hogares conflictivos, barrios anegados en la delincuencia o una sociedad controlada por los mayores, cargada de prejuicios y desprovista de compasión.

Por el contrario, en las películas del director protagonizadas por adultos, su postura era muy distinta. Dixon Steele en En un lugar solitario, Jim Wilson en La casa en la sombra, Vienna en Johnny Guitar, Ed Avery en Más fuerte que la vida o Thomas Farrell en Chicago años 30 son seres frustrados, inadaptados y con un componente autodestructivo, pero ahora son ellos los que tienen las riendas de sus propias vidas y por lo tanto los responsables de las consecuencias de sus acciones. Aunque Ray siente aprecio por estos personajes y comparte su desagrado por el mundo que les rodea, su punto de vista denota que  no considera que sean víctimas que se puedan escudar en la fatalidad ni en la inocencia que dejaron atrás. Son ellos los que marcan su sino cuando actúan al margen de las reglas o no ponen riendas a su temperamento.     

Ray con Dennis Hopper

Una vida complicada. Reflejos de Ray en sus personajes

Siguiendo la reflexión al comienzo de Anna Karenina sobre el hecho de que, mientras las familias felices se parecen entre sí, las desgraciadas tienen su propia historia, la vida de Ray daría para escribir varias novelas. Nació en un hogar descompuesto y fue deshaciendo o viendo cómo se rompían tres de los cuatro que intentó formar en su vida adulta. El alcoholismo de su padre le arrebató su infancia, pero su temperamento turbulento y sus propias adicciones a la bebida, a las drogas y al juego robaron el sosiego de sus sucesivas esposas e hijos. Era atractivo, carismático  y sensual y no tenía reparos en seducir a quien suscitara su deseo, ignorando todo límite. Pero la vida le propinó una buena bofetada cuando fue la triste víctima de la desleal transgresión de sus seres más cercanos. Su segunda mujer, la actriz Gloria Grahame y el hijo que él había tenido con su primera esposa se hicieron amantes cuando el chico era sólo un adolescente y años después se casaron. Ray sólo tenía 52 años cuando vio terminada su carrera cinematográfica y su lucha infructuosa por recuperarla agudizó su espiral de autodestrucción. Con una vida con ecos de tragedia griega, no es raro que la visión del mundo que el cineasta reflejó en su obra tuviera un fuerte componente existencialista.

Ray dio a conocer retazos de su ser a través de los protagonistas de sus mejores películas. En parte porque sufrió la ausencia afectiva de su padre, fue un rebelde que desafió cuanto pudo a la autoridad, que en su carrera identificó principalmente con los imperiosos designios de los estudios de Hollywood. Su propia marginación e inconformismo aparecían en los jóvenes inadaptados o fuera de ley de la anteriormente mencionada “trilogía generacional, que sufrían la falta de referentes paternos sólidos.

Su mundo convulso habitaba tanto en los iracundos protagonistas de En un lugar solitario y La casa en la sombra, como en el drogadicto profesor de Más grande que la vida o en el pistolero solitario que da título a Johny Guitar. Al igual que él, todos ellos anhelaban en el fondo ser amados, pero su arraigado individualismo, sus demonios interiores y su dificultad para salir de sí mismos y entregarse al otro, les condenaban a una existencia solitaria. Tal y como él paseó su desasosiego por el mundo, a sus personajes les costaba encontrar la paz o la dicha que buscaban. Incluso en las ocasiones en que el final de sus historias era feliz, se planteaban inquietantes interrogantes sobre el futuro de los protagonistas.

Hubo una parte de él que apenas se reflejó en los seres que creó. Casi ninguno de ellos tuvo su alma poética o su vigor artístico, que le proporcionaban cierta ilusión de felicidad durante el proceso de realización. Durante algunos rodajes generó un microcosmos donde él era la figura paterna llena de energía que cuidaba de los intérpretes, que le veneraban porque supo escucharles, inspirarles, imbuirles de confianza y extraer lo mejor de su talento.

Un lenguaje cinematográfico novedoso

Ray utilizaba la cámara como un microscopio que agrandaba los procesos psicológicos de los personajes. Por ello, las elecciones que hacía de iluminación, lentes o encuadre buscaban dotar de expresividad a las imágenes y realzar el trabajo de los intérpretes.  Antes de dedicarse al cine, trabajó un tiempo junto con uno de los principales arquitectos de su tiempo, Frank Lloyd Wright. Una de las características de este artista era el diseño de amplios espacios alargados y diáfanos, donde los trazos horizontales destacaban en el conjunto. Ray se inspiraría en ello para su personal uso del Cinemascope, en el que los límites superior e inferior del encuadre parecían oprimir psicológicamente a unos personajes que se debatían contra su entorno. Los movimientos de cámara contribuían a ese efecto, dramatizando las escenas. El principio de Rebelde sin causa es una buena muestra de esta idea: un borracho Jim Stark (James Dean) está tirado en el asfalto ocupando toda la pantalla, de manera que el espectador siente que el personaje está realmente atrapado por la realidad que le envuelve.

El creador realizó la primera parte de su filmografía en blanco y negro, pero cuando comenzó a utilizar el color, encontró en él otro importante elemento de expresión de la psique de sus personajes o de los que los mismos significaban en la historia. Así por ejemplo, recurría a intensas tonalidades rojas para representar la sensación de peligro – como la icónica cazadora de James Dean en “Rebelde sin causa” o los elementos que rodean a James Mason en los momentos más delirantes de “Más grande que la vida”. Otra manifestación evidente de su empleo del color la podemos encontrar en “Johnny Guitar”, donde una mujer de oscuro pasado, Vienna (Joan Crawford), simboliza vestida de blanco la verdadera inocencia frente a los farisaicos habitantes del pueblo, trajeados de negro la noche que acuden a lincharla.

Un profeta lejos de su tierra

La crítica de su país no le consideró entre los mejores. Fueron los cineastas de Cahiers du cinema los primeros en reivindicar la importancia de su obra, afirmando que supuso para el cine norteamericano algo similar a lo que Rossellini para el europeo: una forma de narrar muy personal y dotada de un realismo que hasta entonces se había tratado de eludir. Jean Luc Godard llegó a decir “El cine es Nicholas Ray” y lo cierto es que fue un artista con un lenguaje cinematográfico innovador que imprimió auténtica pasión en sus creaciones y que nos ofreció un buen puñado de películas estremecedoras e imperecederas. Tan grandes como la vida.

En el viejo Hollywood no había lugar para los rebeldes, por muy grande que fuera su causa
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El cine es el séptimo arte en aparición, pero el primero en coste. Por ello, más que cualquier otro creador, el cineasta está obligado a hacer concesiones y a doblegar sus planteamientos para contemporizar con la visión de quienes invierten en la película. En el viejo Hollywood dominado por los grandes estudios, los directores con mayores dotes de supervivencia sabían funcionar dentro de los límites marcados por aquellos (como fue el caso de Michael Curtiz o George Cukor). Había unos poquísimos realizadores tan cotizados que gozaban de mayor libertad que el resto para reflejar su visión vital y artística (Alfred Hitchcock es un claro ejemplo). Otros eran tan astutos, que sabían cómo mantenerse dentro del sistema, forzando las reglas subversivamente, pero sin romperlas (Ernst Lubitsch o Billy Wilder, entre otros).

Y por último estaban los inconformistas. Creadores orgullosos y apasionados que, en su afán de explorar el lenguaje cinematográfico y de contar las historias a su manera, osaron enfrentarse a sus superiores. Y su valentía o inconsciencia supuso que acabaran tirados en el barro. Tachados de difíciles e incontrolables, al final de sus carreras nadie financiaba sus proyectos. Aunque estos inadaptados acabaron padeciendo el infierno que significa para el artista no poder crear, se erigieron, sin acaso proponérselo, en figuras imprescindibles para contribuir a que el cine evolucionara y fuera un verdadero arte. Aunque el más emblemático fue Orson Welles, rompamos una lanza por Nicholas Ray, el más poético y torturado de los rebeldes.