NIÑOS, DOLOR Y SILENCIO

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Durante la niñez, todo queda registrado en una memoria nueva e imprescriptible, para bien y para mal. Expulsados antes de hora de ese paraíso privativo, los niños sufren en silencio y se vuelven prematuramente juiciosos. ¿No lo creen? Escuchen a Nicolas. Pero, sobre todo, sea esta lectura mejor, peor, llevadera o dolorosa, dediquen todos sus esfuerzos a proporcionar una vida mejor y un mundo más habitable a los pequeños que tengan cerca.

En la contraportada de la edición de Anagrama se reproduce una frase extraída de la reseña de Vincent Landel en Le Magazine Littéraire que describe a la perfección la novela de Emmanuel Carrère. Dice Landel: «Con un rigor extremo, con un tacto extremo, Carrère traza una red de sutiles señales, amenazas y premoniciones, trabajando con un registro preciso, directo, casi naturalista, en la elaboración de una perfecta narración de terror». Comparto al cien por cien este dictamen al que poco podré añadir en las siguientes líneas, salvo recomendarles encarecidamente la lectura del libro.

Emmanuel Carrère nació en París en 1957. Diplomado por el Instituto de Estudios Políticos de su ciudad natal, ha ejercido el periodismo y es guionista de cine y televisión, además de director cinematográfico. Varios de sus libros han sido llevados al cine y en el año 2005 dirigió la adaptación cinematográfica de su novela El bigote (La moustache, 1986). Forman parte de su obra otras novelas como El curso de invierno (La classe de neige, 1995), y De vidas ajenas (D’autres vies que la mienne, 2009), y las biografías Werner Herzog (1982), Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos: Philip K. Dick 1928-1982 (Je suis vivant et vous êtes morts, 1993),y Limónov (2011).

Ya he comentado alguna vez que elijo mis lecturas de manera desordenada y poco ortodoxa, a veces seducida por un título o tras ojear los primeros párrafos de una obra. En Una semana en la nieve, tanto las doce líneas que preceden al primer punto y aparte como el propio epígrafe, resultan aparentemente banales, diría que incluso algo anodinos y, sin embargo, o quizá por eso mismo, consiguieron intrigarme. Ahora que también conozco el desenlace, aquellas primeras frases han cobrado todo su sentido y sin duda contienen una primera dosis de los presagios que impregnan el relato a lo largo de todo su desarrollo. Desde mi punto de vista, la  principal virtud de esta novela es esa habilidad para generar un clima muy denso a partir de un material liviano, pero sabiamente administrado.

Además de ese tono opresivo in crescendo, en Una semana en la nieve destaca la construcción de los personajes. El protagonista, Nicolas, tiene tan solo ocho años y se dispone a disfrutar con sus compañeros de clase de lo que en las escuelas francesas –y a día de hoy también en muchas de las españolas- se conoce como la Semana Blanca, días sin lecciones en los que los escolares comparten deporte y convivencia con sus maestros. Durante su estancia en una estación de esquí, nuestro protagonista es permanentemente observado por un narrador omnisciente capaz de mostrar hasta el último recoveco de su pensamiento. Para ello, el autor se sirve de un lenguaje directo que, sin parecerse remotamente al léxico propio de un niño de esa edad, consigue construir su verdadera voz. A través del narrador conocemos los miedos de Nicolas tal y como los viviría cualquier chiquillo de su edad, es decir, restando nitidez a la frontera entre lo real y lo imaginario de forma casi siempre inconsciente. Nuestro protagonista es tímido, curioso, en ocasiones también manipulador, y mientras trata de conseguir el afecto, la atención y las seguridades que necesita, revela con naturalidad y rigor las contradicciones y miserias del mundo adulto.

En cuanto al resto de los personajes, es admirable la destreza del autor para mantenerlos hasta el final en ese plano de ambigüedad en el que colocamos a las personas a las que no estamos seguros de conocer lo suficiente. A medida que avanza el relato, crece el desasosiego del lector, incapaz de precisar quiénes -de entre los que le rodean- ayudarán al niño a levantar el vuelo en ese viaje iniciático representado por su Semana Blanca, y si alguno de ellos acabará finalmente por cortarle las alas. Como no quisiera desvelarles la trama ni su desenlace, permitirán que mis comentarios no vayan más allá.

Arropados por quienes les amamos, los niños son muy fuertes; intuitivos y perspicaces,  pronto se hacen con una eficaz batería de recursos con la que llevarnos a su terreno, una y otra vez.  Sin embargo, frente a quienes son capaces del maltrato y el abuso en cualquiera de sus variadas modalidades, son de una vulnerabilidad desoladora. Así pues, si dudan ustedes acerca de cuál pueda ser la mejor obra del día, del año, o de toda su existencia, dedíquense en cuerpo y alma a dar buena vida a los críos que tengan a su alrededor.