No se puede hacer cine estando deprimido

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Lars Von Trier es un buen realizador. Lars Von Trier es un provocador. Lars Von Trier es un director de cine que se deja llevar por sus pasiones sin saber tomar distancia con ellas. Lars Von Trier confunde la provocación con el asco o el escándalo. Todo esto puede decirse de Lars Von Trier; que logra poner a la crítica en guardia o al espectador a la defensiva, con cada uno de sus trabajos. Anticristo es una excelente muestra de ello.

La gracia de una obra de arte, o de lo que aspira a serlo, es provocar. Un ejercicio de inteligencia en el observador, un cambio en la percepción de la realidad, la aparición de preguntas (tal vez sin respuesta). Porque, simplemente, provocar un respingo, una mueca de desagrado o una carcajada, se queda corto. En el mundo hay muchas cosas que provocan eso y no son obras de arte.

Por otra parte, la gracia de ser artista (entre otras cosas) consiste en, ineludiblemente, tomar una distancia suficiente con lo que se quiere contar para no dejarse contaminar por sentimientos o actitudes que pudieran convertir la obra de arte en algo tan, tan personal, que no interesase a nadie. Normalmente, ni al propio artista.

Pues bien, Lars Von Trier es un provocador. Un buen realizador (a veces) que hace oscilar su obra de las zonas más geniales a las más ramplonas y ridículas (más veces). Un hombre que se deja llevar por sus pasiones más allá de lo que debería consentirse (muchas veces) o de ejercer una mirada crítica, casi quirúrgica, y profunda, que resulta perturbadora y enriquece a cualquiera que tenga acceso a ella (a veces).

Esto no es cosa exclusiva de Von Trier. Le pasa a todo artista que se precie. Pero en el caso concreto de su obra, suele ocurrir que se pasa de la raya siendo capaz de que esa oscilación tan nociva se produzca en una sola de sus películas y en varias ocasiones. Es el caso de Anticristo (Antichrist), película filmada en 2009 y que resulta, al menos, sorprendente.

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Lars Von Trier se deprimió profundamente durante una época de su vida. Y se puso a leer. No se le ocurrió otra cosa que acercarse a la obra de Friedrich Nietzsche (una de las trituradoras de personas más aplastante de la historia de la filosofía). Sabemos que leyó El anticristo y sabemos que el realizador declaró que le había salvado la vida. Supongo que quiso decir que leyendo a Nietzsche le llegó una idea y que eso le impulsó a trabajar y, por tanto, a recuperarse. Porque ese libro, terapéutico, lo que se dice terapéutico, no resulta. Prueben a leer y sabrán a qué me refiero. Otra cosa es que Nietzsche sea un gran pensador y escriba a un altísimo nivel. Pero eso es otro asunto. Pues bien, le salvó la vida (lo daremos por bueno) y se puso a filmar su película.

Naturalmente, la filosofía de Nietzsche está presente de principio a fin en este trabajo de Von Trier. El tratamiento que hace de lo real desde lo simbólico, la dicotomía entre apolíneo y dionisiaco que propone el filósofo, el movimiento pendular que se produce entre el conocimiento trágico del caos y el fenómeno estético, el mal social que provoca una moral opresora (la cristiana) que se sostiene sobre la compasión y la debilidad (que termina transformado en violencia). Hay mucho de Nietzsche en la película de Von Trier. Y desde aquí arranca pensando que eso será suficiente para que la cosa funcione. Error. El cine se articula sobre parámetros diferentes (que, también, están aunque se evaporan como por arte de magia en muchos momentos).

El realizador danés juega al ratón y al gato con los conceptos que quiere desarrollar. Incluso, hace trampas al ocultar un dato fundamental de la trama que sólo descubre al final tratando de dar un sentido al relato de dudoso calado.

Comienza Anticristo con unas imágenes en blanco y negro de belleza aplastante. Recuerdan al Von Trier que conocimos al principio de su carrera. Suena una parte de Rinaldo (Händel contaba la historia de amor de una pareja durante la primera cruzada cristiana) que se compuso para ser interpretada por dos castrati. Entramos, directamente, en la tragedia que supone la muerte de un hijo. A partir de aquí, el sufrimiento y el dolor aparecen sin velos, sin máscaras de ningún tipo. Von Trier nos lleva de los paisajes y la estética más exquisita (lo apolineo; El Bosco parece estar presente en cada toma) a la violencia, al sexo más explícito y al dolor (dionisiaco); sin respiros para el espectador. Nos lleva de la maldad a la bondad de sus personajes; de la debilidad a la violencia porque es la causante de ella. La naturaleza resulta ser la iglesia de Satán, una iglesia de lo que emana todo (y, por tanto, hace que ese todo sea malo). Lo vamos recibiendo desde Lilith, una mujer que dice no controlar su cuerpo al ser la naturaleza la que lo hace (por tanto, es mala); una mujer que teme a la naturaleza aunque terminamos sabiendo que es la naturaleza la que le repele a ella; una mujer que automutila su sexo (de forma explícita; siendo esta escena completamente terrible al situarse en el extremo de ese movimiento pendular del que hablaba). Las atrocidades de esta mujer (que representa a todas las mujeres, que encarna a la Eva del Edén y lleva a cuestas el pecado original con el que ha cargado a la humanidad entera) hace que la película parezca un monumento a la misoginia. Trata de arreglarlo Von Trier cuando el personaje masculino (ante la debilidad y el miedo) es capaz de llegar a los mismos extremos. Lo que él (terapeuta) pensaba que era ansiedad en su mujer resulta ser violencia extrema por la angustia vivida; algo común a ambos sexos. Por eso, el final de la película nos enseña a una multitud de mujeres que suben un cerro en el que está él (nuestro Adán) que las ha liberado de la culpa convirtiendo el pecado en algo universal. Al fin y al cabo todos somos iguales de malos. ¿A que no saben cómo se llama la casa de campo en la que se desarrolla buena parte de la película? Exacto, Edén. Von Trier va de este tipo de ramplonerías (lo explícito en la metáfora) a la imagen más extraordinaria por su belleza. Va de lo ramplón a la combinación más precisa de fotografía, música, tiempo narrativo y tempos que desemboca en una mezcla de formatos muy bien explotados. Y, de forma inexplicable, va del drama psicológico en la primera mitad al terror (como si no pasara nada, incluye una trama policial, quedándose tan ancho), lo que provoca un desconcierto importante en el espectador.

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Tanto Willem Dafoe como Charlotte Gainsbourg están soberbios. Se lanzan a interpretar sin pensar en nada que no sea jugarse todo para defender sus papeles lo que provoca una gran fatiga en el que observa lo que sucede (no hay pausa alguna; todo debe ser y termina siendo por muy doloroso o tremendo que resulte). Dafoe muy bien. Gainsbourg espléndida, arrebatadora. La fotografía de Anthony Dod Mantle es, sencillamente, lo mejor del trabajo junto al trabajo de la actriz.

Pero ¿merece la pena ver esta película (repetir si ya está vista)? Claro que sí. Entre otras cosas porque lo que trata de ventilar Lars Von Trier es algo que sí debe preocupar al ser humano: la violencia es algo tan propio de la persona como su propia existencia. Y si no es así ¿por qué somos tan violentos? Si no es así ¿por qué nos repele y nos asusta lo que vemos en Anticristo? El resto (casi todo) lo podemos tomar como anecdótico en la película.