Nueva vida para una muñeca rota

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¿Hablan ustedes catalán? Incluso aquellos que desconocen ese idioma pueden llegar a comprenderlo por su similitud con otras lenguas latinas. Poniendo un poco de voluntad. Para intentarlo no hay ningún espacio mejor que el del teatro. Alejado de lo técnico de la televisión, de la agresividad del mensaje publicitario, fuera de la rapidez con la que se habla habitualmente en el ámbito privado, la escena es una caja de resonancia privilegiada para este idioma suave, melódico, sonoro. Los matices que se pueden perder se compensan con los que aporta la gestualidad de los actores, habituados a actuar como mediadores y que se expresan también a través de su cuerpo, de sus movimientos, de la alteración de los tonos de voz y la modificación de su estado de ánimo. Puede facilitar la comprensión el hecho de que el teatro admite e incluso solicita la lectura previa de los textos para entenderlos en toda su plenitud.
Carmen Conesa desborda la sala pequeña del Teatro Nacional de Cataluña en la composición de un personaje rico en matices, donde confluyen la mujer burguesa que se debe a su papel en la sociedad, la madre dispuesta a comprender y aceptar, la muñeca que –quizá- no se entera de nada y la inteligencia intuitiva de una avispada cabeza de familia. Es la señora enferma a la que hay que evitar cualquier sofoco pero que sin embargo lo sabe todo. La actriz crea desde el diálogo una especie de miss Dalloway entrañable cuyo mundo se resume en sus pájaros enjaulados, presentes en el escenario durante toda la función, pero la compensa con la mujer desgarrada por los conflictos larvados que van a ir proyectando sus hijos en una espiral de relaciones irregulares, de secretos vergonzantes y de taimadas trampas que acabarán con ella, dinamitando el núcleo familiar. Todo el peso de la función descansa en esa Lucrecia que avanza desde la elegancia de señora de mundo, muy poco a poco, hacia el abismo de la enfermedad y el desencanto. En algunos momentos Carmen Conesa parece que defienda sola una función en la que sus hijos escénicos van por libre.
Aborto, homosexualidad, chantaje, codicia, son los lobos que José María de Sagarra sacó aullando al bosque moral de una dictadura franquista habitada por aves cautivas. La directora, Lurdes Barba, mantiene el ambiente de época, pero consigue crear una historia fuera del tiempo, fácilmente trasladable a nuestra época, en una familia que se descompone y en la que podría haber sido un acierto actualizar el decorado y la caracterización, trayéndola a la contemporaneidad. Puesto que esos jóvenes lobos nacidos en la ficción de la posguerra, son los progenitores de los lobeznos de la gauche divine que despertó la conciencia de la ciudad condal.
El escenario en el centro de la sala, entre dos gradas enfrentadas, es más una decisión administrativa debida a los ajustes económicos, que una opción de la directora y por ello debemos criticar con comedimiento esa solución de la que se tiende a abusar en la actualidad, en la persecución de una modernidad mal entendida, porque funciona en escasas ocasiones. Aquí es un error, venga de quien venga, puesto que derriba la cuarta pared dejando desvalidos a los actores y enfrenta al público consigo mismo en un juicio paralelo que debería de tener lugar en la oscuridad, en un montaje que entendemos íntimo y atmosférico.
José María de Sagarra pasa por ser un escritor poco comprometido en lo político, incluso colaborador por omisión, con una carrera enfocada hacia el éxito público y la explotación comercial. Un dramaturgo que se saltó la vanguardia y contemporizó con el régimen. Pero aquí se descubre una de las tres obras que fueron destacadas por él mismo como significativas de su ética de creador, Ocells i llops, que tradujo al castellano como La muñeca sangrienta es una de ellas, tuvo una presentación desastrosa y efímera; las otras dos, influenciadas por su estancia en París y el contacto con la moderna dramaturgia -Williams, Steinbeck, Wilder, Sartre, Camus, el último Anouilh de las Piezas negras– se titulan Galatea y La fortuna de Silvia.
Y es que con esa apuesta simbolista por los títulos y por la jaula en el escenario, el escritor crea una textura dramática, una vuelta de tuerca muy jamesiana, en la que los personajes saben –o quizá no saben-, averiguan, revelan o se esconden en un juego de ambigüedad del que debe salir el propio espectador. Una sutil referencia a la burguesía barcelonesa –parece- que abandonó al dramaturgo a los pies de los censores, una sociedad que tampoco quiso enterarse de lo que estaba pasando porque no le convenía. Los espectadores astutos querrán buscar otras comparaciones más actuales que no están en la intención de la directora.
La muñeca sangrienta es un montaje que sería interesante de ver –por qué no- en Córdoba o en Sevilla. El Teatro Nacional de Cataluña programa esta obra junto con un Lorca en castellano, la presenta con un desplegable con textos en la lengua común y en catalán, son del propio autor, de Borja de Riquer, de Xavier Albertí, flamante director de ese centro dramático. Eso es lo que hay en Cataluña hoy, les digan lo que les digan. Porque para poder entendernos unos con otros la barrera nunca serán los idiomas sino la ignorancia, que favorece la manipulación, contra el teatro, que debe de ser entendimiento y es cultura.