Orfeo y Eurídice: El lenguaje universal

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Arrancando desde la ópera de Christoph W. Gluck (1714 – 1787), la coreógrafa Pina Bausch creó un ballet muy cercano a las intenciones del compositor aunque incluyendo ideas originales que buscaban mayor intensidad en los encuentros entre Orfeo y Eurídice, así como el camino a transitar para lograr convertir el arte en algo accesible a través de la encarnación necesaria. Pina Bausch se arrima al clasicismo para no topar con un final feliz ante el que sucumbió Gluck en su ópera.

Pina Bausch (1940 – 2009) dijo que «la danza es el único lenguaje verdadero». Esta es una afirmación que podríamos discutir aunque lo cierto es que lo que sí conseguía, en cada una de sus obras, es que pareciera una verdad absoluta.

La puesta en escena de su Orfeo y Eurídice (danza – ópera en cuatro cuadros) es, sencillamente, colosal. El encuentro con las sensaciones y los sentimientos humanos como característica universal del ser humano (de aquí procede la afirmación de Bausch) es absoluta, rotunda y casi perturbadora.

Para conseguir algo de esta categoría, la coreógrafa utiliza personajes desdoblados en sus facetas vocales e interpretativas que dotan al conjunto escénico de una fuerza expresiva y narrativa de la que la ópera de Christoph W. Gluck carecía. Ambos autores iban al encuentro de convertir en carne lo que era arte, pero es Bausch la que consigue el objetivo de forma primorosa acercando lo más primitivo, eso que nos ancla a la realidad más inmediata a través de cualquier manifestación artística, eso que no puede disfrazarse o arroparse con lo que forma parte de lo superficial en la existencia del ser humano. Durante el desarrollo de los cuatro cuadros que dibujan un círculo expositivo (diablo, violencia, paz y muerte), cada gesto, cada movimiento de los bailarines por el escenario, el minimalismo instalado en el escenario dejando espacio a una expresividad desbordante de los personajes; emociona y hace que el espectador experimente un conjunto de sensaciones fuera de lo común. Lógicamente, hay que añadir la partitura de Gluck, la dirección musical de Thomas Hengelbrock y el trabajo de músicos y coro. El conjunto es de una belleza aplastante. Aun sin la traducción del libreto (al que el público no tuvo acceso de forma incomprensible) se logra un resultado magnífico. Sobresale la fuerza que desprende un segundo cuadro (violencia) lleno de referencias a otras obras dirigidas por la propia Pina Bausch y de llamadas a la historia contemporánea (a la época nazi en Alemania, por ejemplo) y en el que se logra una conjunción entre teatralidad, danza y música, que representan el infierno y el sufrimiento de Orfeo como pocas veces se ha conseguido.

La delicadeza de Hengelbrock al acompañar lo que va sucediendo en el escenario es digna de admirar. No es posible percibir un solo momento de duda o descoordinación. Lo mismo ocurre con un coro que encaja a la perfección en la propuesta.

La voz de Orfeo la defiende María Riccarda Wesseling con solvencia. Nicolas Paul, el bailarín que interpreta este papel demuestra tener una técnica depuradísima, un rigor interpretativo tan necesario como digno de agradecer y una capacidad de empatía con su Orfeo que provoca una emoción extraordinaria.

Aunque a gran altura, se muestran más discretas al cantar Yun Jung Choi y Jaël Azzaretti (Eurídice y Amor, respectivamente). Lo mismo ocurre con las bailarinas Alice Renavand y Charlotte Ranson.

El resto de bailarines del Ballet de la Ópera de París no decepcionan en absoluto.

La única pega importante que se puede añadir a lo dicho es que la iluminación no termina de convencer. No es algo que pase desapercibido para un espectador sin grandes conocimientos sobre el asunto. Una pena puesto que desmerece ligeramente el espectáculo.

Todo parece que es casi perfecto en el Teatro Real de Madrid. Y ya iba siendo hora de recibir un espectáculo como este.

La danza es tan importante como la ópera y si interesa que el público vaya formando un criterio sólido y duradero es necesario acercar lo mejor al patio de butacas. En Madrid, en Sevilla o en Barcelona. La danza no puede ser el relleno de una temporada artística. Merece algo más.

Orfeo representa el poder del arte. Y este no es otro que la convivencia en paz que genera cuando se hace presente. Orfeo todo lo pudo: modificar el mundo y a las personas. Aunque la tragedia del hijo de Calíope y Oiagros es una de las más terribles jamás narrada.

Orfeo, tras la muerte de su joven esposa Eurídice, intenta rescatarla del mundo de los muertos. Era tal su capacidad para crear arte que conmueve a Hades y a todas las almas que encuentra en el infierno. Logra su objetivo aunque con una condición impuesta: no mirar a la mujer hasta llegar a la luz del día. Aunque lucha por conseguir cumplir, finalmente, no puede resistir la tentación. Mira a su amada y esta desaparece para siempre. La desolación es ordenada por la deidad se convierte en compañera de Orfeo (única hasta morir a manos de la Ménades).

El mito de Orfeo es uno de los que más obras de arte ha inspirado. Mantiene toda su fuerza y modernidad hoy en día.