Patrick Bard: El tiempo tras el objetivo

pb_001_w Un agente fronterizo norteamericano detiene a un ‘espalda mojada’ en el paso de Caléxico. (Fotografía cedida por Patrick Bard)

Su trabajo de años en el Amazonas, en Centroamérica y en la frontera de Estados Unidos con México le han hecho cosechar, al mismo tiempo, el reconocimiento mundial y una importante colección de amenazas y situaciones de riesgo. Patrick Bard se lamenta de la actual situación del periodismo pero actúa, y crea una agencia de fotografías de autor, que aportan una visión personal y comprometida de los problemas del mundo a través de sus cámaras. Libros, documentales y exposiciones son los nuevos formatos de difusión del ‘hilo de voz’ del fotoperiodismo.

Su imagen no es la del arquetipo que Hollywood vende de los reporteros. No carga de su cuello con aparatosas cámaras y objetivos abollados. No lleva ropas de lona adusta, en todos verdes y tierra, como uniforme de guardia de urgencias de la noticia. Ni barba descuidada, ni facciones duras, como si la tensión hubiera querido refugiarse en algún momento difícil en los músculos del rostro, congelándolos para siempre en un rictus que impide la sonrisa. Patrick Bard es, en el primer encuentro, sencillamente, precisamente, una sonrisa que no sólo se dibuja en sus labios y en su mirada inquieta. También sonríe con el apretón de manos, con los tonos agudos de su voz de un francés de suave acento normando, heredado de la pequeña localidad de Préaux-du-Perche, a 150 km de París, donde vive, y con la suavidad con la que desliza cada uno de sus movimientos y sus posturas.

No se hace notar. No capitaliza ni  una sola de las conversaciones en las que participa, aunque las experiencias que atesora bajo esa negación del tópico que es su propia imagen le legitimarían para ser el más acreditado protagonista de todas las charlas. Habla un correcto y preciso inglés, y un sencillo pero suficiente castellano, disculpándose siempre por los deslices de términos franceses que aportan una exótica veladura a la charla con el fotógrafo.

Llegó al mundo del periodismo profesional de la mano de Robert Doisneau, que se fijó en el talento de aquel joven fotoreportero de apenas veinte años y le abrió las puertas de la agencia Rapho. El primer consejo del director de la agencia se convirtió en un mantra que ha presidido como filosofía cada uno de los trabajos durante más de cuarenta años: «Todo está hecho ya, pero no con tus ojos. Lo que queremos es que nos muestres el mundo con tu mirada», y eso significaba implicarse como lo ha hecho durante toda su carrera. «Todavía hoy creo que es el mejor consejo que se puede dar a alguien que comienza en el fotoperiodismo», reconoce el propio Bard.

Pero la implicación necesaria  para ofrecer una visión objetiva y neutral de las historias implica disparar la cámara desde las mismas fronteras del peligro en muchas ocasiones. «Cuando parto para contar una historia, nunca pienso que voy a ser amenazado, ni mucho menos herido o asesinado. No soy particularmente valiente, y ninguna foto merece morir por ella. Suelo ser bastante cuidadoso sobre el terreno, porque soy consciente de que valgo más como testigo vivo que como periodista muerto». Pero a pesar de que el legendario fotógrafo se define prudente, su integridad se ha visto comprometida en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera: fue secuestrado por unos leñadores ilegales en el Amazonas, tuvo que pasar a la clandestinidad en Guatemala por las amenazas que sufrió, y en una ocasión se vio obligado a huir precipitadamente de Ciudad Juárez, en México, advertido de que habían puesto precio a su vida. «Aún así, siempre corro menos riesgo que quien trabaja en esas realidades en el día a día», recuerda inundando sus ojos de lágrimas, pensando en su colega Christian Poveda, asesinado por las maras salvadoreñas. Para Bard, «las situaciones de peligro son siempre como consecuencia de haber descuidado el riesgo calculado: el deseo de informar más allá de lo necesario, no haber sido consciente del verdadero peligro o, en otras ocasiones, no haber tenido otra opción que traspasar las líneas de la prudencia».

La templanza con la que ha sabido enfrentarse a los momentos de tensión en el desempeño de su trabajo también le ha ayudado a encarar los envites de la crisis del periodismo. «Estaba en México, revisando el correo electrónico en el hotel, y me encontré con un mensaje en el que me notificaban el cierre de la agencia Editing, para la que llevaba trabajando diecisiete años. Fui al bar, me tomé un tequila doble, y comencé a pensar cómo solucionar aquel problema. En cuanto llegué a París, ya tuve la primera reunión para fundar una ‘casa de fotógrafos’». El resultado de aquella finta al duro golpe profesional fue Signatures, un colectivo de fotógrafos que aportan una visión propia del mundo, y que funcionan con una mentalidad a medio camino entre el romanticismo y la mentalidad empresarial, buscando al mismo tiempo satisfacción y eficiencia. El hecho de poder gestionar todos los procesos del trabajo se traduce en libertad, en ausencia de injerencias, y en tiempo.

De hecho, Patrick Bard se inclina por los trabajos fotográficos de amplio recorrido, de larga exposición. «La fotografía tiene una relación especial con el tiempo. Informa el paso del tiempo mejor que otros medios. Permanecer mucho tiempo en algún lugar es entender los cambios, controlar los cambios, cavar más profundo. En la imagen se puede apreciar el tiempo, el grado de familiaridad con el tema y con los personajes que el fotógrafo ha llegado a adquirir», sentencia con la legitimidad de haber pasado periodos de cuatro años en los Andes, en el Amazonas, o en la frontera de Estados Unidos y México. Pero su trabajo de mayor duración es una persona que ha cambiado de sexo en dos ocasiones, y a la que lleva 35 años fotografiando de forma regular en Francia.

De vuelta al debate sobre el futuro del negocio periodístico, y de cómo ha afectado a la profesión, Bard muestra una franca —franca por verdadera y por propia del carácter francés—desesperanza: «Muchos jóvenes periodistas con talento se ven forzados a vivir de otra cosa, hoy en día. Si subes al metro en Shangai, nadie lleva un periódico en las manos, y en Nueva York, menos de la mitad de los viajeros lo hace. Y eso es más adquiere mayor relevancia para los anunciantes que para los lectores. Además, nos han vendido la pseudolibertad de la web, en la que realmente no hay negocio, salvo para quienes comercian con el ancho de banda». Por ello, el enfoque deSignatures sobre el trabajo del fotoperiodista es el de diversificar los medios por los que se expone el trabajo avalado por la firma única, personal, de sus integrantes. De cada tema que han trabajado realizan webs, documentales, exposiciones y, con suerte, algún reportaje para una o dos revistas, en contraposición con la docena de publicaciones en las que en los tiempos de oro del periodismo francés eran difundidos sus trabajos.

pb_004_w Durante una sesión de retrato a Danielle Mitterrand, en el despacho de la fundación de la exprimera dama francesa. / Marie-Bertha Ferrer

«Ahora no tiene sentido enviar un fotógrafo a las manifestaciones de Kiev», se lamenta Patrick Bard, «porque si hay 30.000 manifestantes hay 30.000 fotógrafos que publican sus imágenes de forma inmediata, gratuita y de libre acceso.». De nuevo, le vienen a la memoria las palabras de su mentor, Raymond Grossert: «Todo se ha hecho, pero no por usted». Critica el periodista francés que las publicaciones hayan ido abandonando su papel crítico, de aporte de argumentos a la sociedad para el debate democrático de los asuntos que preocupan e interesan a los ciudadanos. Con los gestos de sus manos, inclinándose sobre la mesa con una pose de impostada agresividad, perfila la contundencia de una metáfora: «Hay menos recursos y los esfuerzos se centran en los aspectos económicos: las grandes revistas se preocupan ahora más por dejar espacio libre en la mente de los lectores para que compren los zapatos y los relojes de los anunciantes. Cada vez se hace más difícil contar una historia en imágenes, pero nuestra obligación es la de tomarlas, y mostrarlas».

Al margen de las lamentaciones y de los recuerdos de momentos de preocupación, la charla con el periodista también da para descubrirle en la mirada un brillo travieso pero inocente, ajeno a la templanza de sus casi sesenta años, más propio de la picardía infantil, cuando relata las anécdotas de una cobertura en La Habana. «Es una historia que dice mucho del frenesí de los medios.», relata, «En 2007 llegué a Cuba como enviado especial para un semanario francés de gran tirada, porque corría el rumor de que Fidel Castro estaba agonizando, y que su muerte era cuestión de horas. Estuve quince días dedicado a tomar mojitos y a enviar mensajes diarios a la redacción diciendo que el rumor no tenía consistencia. Las calles de la ciudad estaban llenas de pancartas felicitando a Fidel por su ochenta cumpleaños. Acaba de cumplir 88…».

Se puede decir, y así lo dice también su expresión cuando habla de su pasión por el fotoperiodismo, que Patrick Bard está satisfecho con sus más de cuarenta años de profesión. Cita a William Eugene Smith, una de las leyendas del reporterismo, y hace suya su frase que dice que «la fotografía es un pequeño hilo de voz, pero que a veces, esa voz llega a escucharse». Se considera modestamente responsable, junto a sus compañeros y especialmente junto a su esposa Marie-Bertha Ferrer, con la que trabaja a menudo en grandes proyectos, de haber contribuido a cambiar algunas cosas en Francia y en América Latina. «El fotoperiodismo es una herramienta para la democracia, nuestras imágenes están ahí para hacer preguntas. No para responderlas», concluye, y mira a un horizonte imaginado, buscando un fondo neutro en el que fijar la frase para la posteridad, como si las palabras fueran aún un negativo recién revelado.

@oscar_gomez