Perdonando a Polanski

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Si una película de Polanski es bella, esa es Tess. Si una película está bien fotografiada, esa es Tess. Si Polanski quería demostrar que sabe hacer cine, independientemente del tema que se quiere ventilar, lo consiguió con Tess. Pero esta película es, al mismo tiempo, el espejo en el que se refleja una incapacidad íntima. No es bueno unir la vida privada de los autores con su obra, pero resulta imposible en un caso como este.

El cine de Roman Polanski suele indagar en las zonas más oscuras del ser humano. El realizador se encuentra cómodo dando una última vuelta de tuerca a los espíritus que aparecen blancos y transparentes y que esconden trazos negruzcos. Siempre encontramos en sus trabajos esos cambios que nos llevan a conocer lo extraño, lo miedoso, lo sucio, el desconcierto de las personas.

En Tess lo hace con todo aquel que no es su personaje principal. Tess es la pureza, el sacrificio, la honestidad, la capacidad de sacrificio. Tess es esa mujer que pone a los hombres en su sitio porque no se doblega ante la maldad, ante el machismo más terrible o ante una doble moral lesiva (esta moral tan odiosa es cosa de la sociedad entera). Pero no es que luche o reivindique sus derechos; lo que hace Tess es no cambiar su modo de ser, su forma de enfrentar los problemas, su capacidad para perdonar. Mientras los hombres la machacan, ella sigue sin modificar su esencia. Un detalle significativo, que puede ayudar a entender las intenciones de Polanski, es que la película está dedicada a uno de los grandes amores del realizador: Sharon Tate. Es posible que le pareciese un homenaje único a su mujer, a las mujeres.

Sin embargo, aun contando con una trama tan triste como era necesario, a pesar de contar con un trabajo fotográfico impecable (firmado por Ghislain Cloquet y Geoffrey Unsworth que murió en pleno rodaje y fue sustituido por el primero), una banda sonora de belleza aplastante (Philippe Sarde) y un vestuario cuidado hasta el detalle imposible en su diseño; la película no termina de ser redonda.

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Quizás el problema es que Polanski no se cree lo que cuenta, no llega a creer que sea posible algo así ni siquiera en la imaginación. Él, como casi todos, no tiene el alma blanca, pero, además, él (y sólo algunos más) no llega a entender qué es eso de un alma blanca porque la suya tiene zonas oscuras e inquietantes. No hace falta recordar el pasado de un tipo que ha tenido problemas con las mujeres (adolescentes y adultas) un día sí y otro también. Te lo pueden contar, lo puedes leer, lo puedes imaginar, pero no puedes interiorizar algo tan alejado, tan ajeno, tan desconocido, como es la bondad auténtica.

Tess es una historia triste. Polanski coloca la acción en parajes bucólicos de extraordinaria belleza (la fotografía impresionista de Unsworth y Cloquet inspirada en la pintura del siglo XIX, en pintores como Fiedrich o Turner, es admirable); utiliza el color como forma narrativa, yendo de los blancos a los tonos más oscuros para matizar el estado de ánimo de sus personajes y lo que representan; la puesta en escena y el diseño de los decorados es exquisito y, posiblemente, lo mejor en la carrera de Polanski; habla de la injusticia que siempre supuso el trato a las mujeres obligadas a salir del paso solas por el hecho de ser mujeres; de la moral cicatera; de la religión como muro infranqueable para los más pobres. Aunque, tal vez, lo más brutal de la película es el retrato del hombre que aparece como macho dominante, que marca su territorio pase lo pase, sea como sea. El amante de Tess representa al hombre egoísta que caza amores, que desprecia a su mujer porque es su presa y puede, por tanto, hacer lo que quiera con ella. Desea la belleza a su lado aunque se marchite por ello. El que termina siendo su esposo es, aparentemente, lo contrario. Inteligencia, sensibilidad y capacidad de amar. Es un hombre que ha elegido pertenecer al proletariado de forma voluntaria. Pero, esto que parece tan amable, le dura hasta que sabe que su amada (¿?) ha sido pareja (a regañadientes, obligada por unas circunstancias feroces) de otro, ha sido tocada por otro, mirada por otro. Ya no sirve para practicar el amor puro e intransigente de biblioteca o parroquia del que hace gala el sujeto. Provoca un daño mucho más profundo porque todo lo que cabía esperar se diluye entre falta de comprensión y arrogancia. Y Tess, mientras, es vapuleada sin compasión por unos y otros.

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Tess es Nastassja Kinski. Siempre se habló especialmente bien de su trabajo en este película. Y no está mal. Pero Polanski confunde bondad con quietud, con sumisión y hace que la actriz (aun haciendo bien lo que se le dice) cruce esa línea que divide la coherencia narrativa que afecta al personaje. Dicho de otro modo más sencillo: hay momentos en los que su personaje roza el ridículo por los excesos interpretativos. La película consiguió tres premios Óscar y ella no optó a premio alguno. Se dijo que era injusto aunque fue algo que debía ocurrir. Razones había.

Sería injusto no decir que, a pesar de todo, la dirección de Polanski es sobresaliente y que el resultado final merece la pena puesto que el trabajo de planificación y los encuadres que podemos disfrutar son únicos. Es una película pausada, bella, inquietante, terroríficamente triste, bien contada (salvo un final algo precipitado y resuelto con un breve aviso escrito en la pantalla). Todo esto es verdad. Tanto como que el alma de la película se desvanece porque el corazón de Polanski se queda a medio camino. Inevitablemente a medio camino. Y sería injusto no decir todo esto porque después de ver la película uno tiende a olvidar algunas cosas. Tres horas después de asistir a un espectáculo en el que el perdón es el verdadero protagonista, algo queda en el espectador.