PINTURAS ACADÉMICAS DEL SALÓN DE PARÍS. MUSEO D’ORSAY

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La Sala Recoletos de la Fundación Mapfre en Madrid ofrece hasta el 3 de mayo una exposición que en su conjunto y concepción podría parecer carente de lo esencial y es que, tal vez, falta algo de sal o estilo en este planteamiento, quizás demasiado convencional. No obstante, algunas pinturas las salvaríamos sin duda, de la quema. Aladar se lo desgrana.

Canto del cisne: dícese de la última obra o acción de una persona; también, y a pesar de que el cisne no canta ya que tan sólo emite un ronquido sordo, existe una leyenda de la que se hicieron eco Marcial y Virgilio, según la cual el animal emite un bello sonido como premonición de su muerte. Aclaramos estos términos por el hecho, tal vez decepcionante, de la propuesta que realiza la Fundación MAPFRE con respecto al concepto, pues se trata de un conglomerado de cuadros (donde siquiera, de diez a quince, responden menos claramente de lo que pudiéramos creer a la idea que tenemos del museo parisino, conocido por el gran público al albergar grandes obras impresionistas) provenientes de un entorno al que no pertenecieron grandes pintores de la época como Degas o Auguste Renoir, y, por lo tanto, cuyo nexo estilístico es la pertenencia de sus autores a una institución que nos figuramos, resulta parecida en su recorrido a la de los pintores que van por el Prado intentando copiar detalles de lienzos clásicos de Velázquez, Goya o Rubens; labor que, por otro lado, es menos desdeñable de lo que parece. Muchos de estos lienzos están además ejecutados sobre tabla, lo que quizás los haga susceptibles de encontrarse en el salón, sí, pero de la casa de un amigo.

En todas las obras encontramos un dominio claro del dibujo sobre el color, composiciones equilibradas que pretenden reivindicar el clasicismo y la mitología antiguas sin pasar por el tamiz del XVIII (habida cuenta de que estamos en la segunda mitad del XIX), corrección estilística (lo que a expensas de este artículo puede querer decir ausencia de estilo), importancia del desnudo y por último, como vemos en casos muy aislados, seguimiento del orientalismo, entendido como temas provenientes de Egipto, Marruecos o Argelia.

De entre la nómina de artistas son conocidos por el público español apenas Courbet e Ingres, siendo este último homenajeado con El manantial que supone todo un paradigma de las Venus más académicas, ejecutado entre 1820 y 1856; pero antes podemos ver La pelea de gallos, una imagen de 1846, de Jean Leon Gerome que junto a Alfarero romano, de Lawrence Alma Tadema, nos van impregnando de ese sabor del clasicismo y ese gusto por la historia al que remiten Augusto en la tumba de Alejandro, de E. Buland, Escena de la Inquisición española de Gabriel Ferrier o la sobria Peste en Roma de Delaunay.

El puntillismo aparece someramente inducido en Vencido de George Hitchcock, pintado casi en el XX, encontrando un claro ejemplo que resalto por lo significativo del tema, más que por el virtuosismo técnico; Campaña de Francia, obra de Meissonier donde aparece retratado Napoleón acompañado y a caballo. Destacar también La fortuna y el niño de Paul Baudry.

Pero si hay una imagen o lienzo en el que posiblemente piensen quienes han llamado a la exposición El canto del cisne, esa es Ninfa y Baco, en ella una de las figuras desnudas sostiene un pajarillo moribundo en su mano derecha, mientras juega con un niño.

Interesante resulta la evolución con respecto a Ninfa raptada por un fauno, de A. Cabanel y la peculiar broma con las texturas La araña, de Leon Comere, quizás atrevido en relación hasta lo ahora visto. Deja bastante indiferente Nacimiento de Venus de Cabanel, donde la superación de la visión renacentista de Botticcelli viene tan sólo sugerida por el hecho de pintar la figura principal tumbada, en vez de adorando en pie a los ángeles. Llama al igual que ello la atención la presencia de Ninfas de Nisa, probablemente el cuadro que deba más a Renoir por su juego con la luz y el color, y que sin embargo, fue pintado por quién podríamos suponer de la escuela de Turner, J. L. Stewart en 1898.

800px-JEAN-LÉON_GÉRÔME_-_Jóvenes_griegos_presenciando_una_pelea_de_gallos_(Museo_de_Orsay,_París,_1846._Óleo_sobre_lienzo,_143_x_204_cm)

Se nos advierte más como declaración de intenciones que como objeto de estudio que Gervex y Courbet se parecen a Rubens; Cabanel encontraba inspiración en Veronés y Baudry quiso aunar más los estilos de Leonardo y Tiziano.

Más adelante, encontramos retratos de personajes significativos, algunos demasiado aristocráticos; y así vemos en el batiburrillo a personajes como Marcel Proust y Victor Hugo, junto con monseñor León Benoit, la rojiza vizcondesa de Poilloue de Saint Perier, Madame de Loines,…

En cuanto a pintura religiosa, Cristo atado a la columna recuerda por su atrevimiento a La araña, y son dignos de resaltar El ángel de Tobías de Gutave Doré y la proverbial y bíblica pintura Job de Bonnat, en que vemos al santo captado en un gesto doliente parecido al del conde de Montecristo.

Entre los paisajes soñados, una microsala alberga Sahara una panorámica del desierto que en primer plano muestra el esqueleto de un camello, siendo importantes también Peregrinos yendo a la meca y Odalisca recostada, éste último ejecutado por Benjamin-Constant en 1870 y donde el ejemplo orientalista difumina la idea de figurativismo a la que hasta ahora estábamos acostumbrados.

Más sumergidos en el mito, Dante y Virgilio y Calamidad dan paso a una pieza que al igual que Vencido es como un pequeño jingle publicitario del impresionismo que hay en la calle, se titula El adiós al sol, de Alphonse Osbert.

Hacemos, así, digna mención de una exposición como decíamos no sólo caótica, sino atrabiliaria y esperemos a pesar de todo que en su concepción sirva, al menos, para descubrir al viandante, sino el canto del cisne (algo además reservado a unos pocos), sí un lugar agradable donde pasar la tarde.