Poesía en los tres amores de Cardenal

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Óscar Gómez / GRANADA, Nicaragua

Cada mes de octubre, cuando la Academia Sueca anuncia el ganador del Premio Nobel de Literatura, la tierra tiembla en Nicaragua con su propia voz interior. No es uno de los sismos en los que manifiesta su energía telúrica la patria de Rubén Darío. Es el nombre vibrante y sonoro de otro de sus poetas, nacido en Granada hace casi noventa años, el que hace estremecerse al istmo, que reclama el máximo galardón de las letras para un Ernesto Cardenal que siempre suena en las quinielas.

Cruza el jardín de hotel en el que se realiza la entrevista con la lentitud que el tiempo ha conferido a sus pasos pequeños y sin embargo ágiles, aunque las sandalias no lleguen nunca a levantar del todo de las baldosas de barro cocido. «No hablo sin necesidad. No me gusta hablar. Si puedo estar en silencio, lo prefiero», susurra, dando valor al esfuerzo con el que concede la entrevista.

Los saludos respetuosos de quienes franquean su paso en la galería colonial empujan suavemente a Cardenal hacia su destino en un butacón de mimbre: «Poeta, bienvenido», «Buenos días, poeta». Siempre pantalón vaquero amplio, del azul oscuro del Lago Cocibolca que baña la orilla de la ciudad que le vio nacer y el archipiélago de islotes que inspiró una de sus obras más conocidas, El Evangelio de Solentiname. Siempre camisola que confunde su blancura con la de barba larga y la de la melena. Siempre boina negra. Siempre voz que agoniza en un lamento cavernoso e impostado de solemnidad. Siempre ojos pequeños llenos de vida. Siempre habla, y siempre escribe, del amor. De los tres amores que ha conocido en una vida que acaricia el siglo.

«Mi primer amor fue cuando yo tenía nueve años. Fue una diosa. Algo sobrenatural. Siempre he sentido fascinación por las muchachas como algo divino. Por las niñas, porque yo era un niño y ellas eran niñas. También Helena de Grecia y Julieta tenían como catorce años. No existía la pedofilia». Así habla Cardenal del amor infantil, porque defiende el escritor nicaragüense citando a pensadores españoles como Gregorio Marañón, al que leía con avidez, que sólo existe un gran amor para cada etapa de la vida. Y el suyo de niño tuvo el nombre de Carmen. «Fue mi primer amor humano, y también el último. Carmen, una niña de Granada. Ese no era su nombre familiar, era un nombre solo para mí, como su enamorado».

Sin abrir los ojos menudos, el poeta gesticula con la amplitud de un ademán de brazos abiertos, arqueando las cejas por encima de las gafas, para denotar la lejanía de un recuerdo de ocho décadas: Carmen. El mismo tiempo que le ha concedido la prebenda de la vida sin prisa, también ha otorgado al poeta granadino, como a todos los ancianos, la valentía para contar verdades sin filtro ni mordaza. «Alguna vez estuve tentado de casarme con una buena muchacha, tal vez con dinero porque yo no lo tenía. Era estudiante, que es una profesión muy bonita, pero no es una profesión lucrativa», confiesa Cardenal, cerrando con ello el capítulo del amor carnal, el primero de sus amores.

Después de formarse como escritor en México, viajó por Europa ya sin el enamoramiento como parte del equipaje, pero con las pasiones que ubica dentro del comportamiento lógico de sus circunstancias: «Borracheras prostitución… lo normal de un joven de la época en Nicaragua. En París me sorprendió que la prostitución estuviese prohibida, y sin embargo, en España Franco la protegía para el ejército por cuestiones de salud pública. Frente a cada cuartel había una casa de putas. Las contradicciones de Franco, y su catolicismo atrasado: aunque sepas que vas a pecar, di que no vas a hacerlo».

Cardenal volvió a Nicaragua tras una vida que reconoce y justifica como disoluta para entregarse a otro de sus grandes amores: la patria. Así llega de nuevo al país para integrarse en la Revolución de Abril, de 1954, que intentó derrocar a Somoza del poder. El poeta, a pesar de sus fuertes convicciones religiosas, aún sorprende cuando justifica incluso teológicamente el tiranicidio con un rosario de citas: «Cristo dijo que no era táctico vencer al Imperio con una espada, pero no impedía usarla para defenderse. Santo Tomás dice que es inmoral confundir la violencia lícita con la ilícita. Si te vienen a querer matar, te puedes defender. Al que ha desobedecido la ley de no matar, hay que matarlo. Y si el tirano mata…» Los puntos suspensivos quedan en el aire de la sala, y retroalimentan la gravedad con su eco. El momento gana en tensión, la atmósfera en densidad, y Cardenal prosigue: «Pablo VI justificó la lucha armada en caso de tiranía evidente y prolongada, y en Nicaragua teníamos la más evidente y más prolongada tiranía de toda América Latina. Por eso había guerrilleros en las montañas».  Una rotunda palmada coordinada de ambas manos sobre los muslos delgados pone el punto y final. Gesto de desprecio en la mirada.

Hay una dualidad moral en los posos del alma de Ernesto Cardenal. Su propio abuelo luchó contra los filibusteros del norteamericano William Walker, que trató de hacerse con el poder en Nicaragua. Thomas Merton, su maestro de novicios en el monasterio trapense en el que ingresó, sin embargo, le inoculó el mayor antídoto conocido contra el veneno de la violencia: la doctrina de Gandhi. «Pero hasta Gandhi decía que la no violencia habría sido imposible en la Alemania de Hitler, y a mí me habrían recluido en un campo de concentración, porque llevo la sangre judía de mi bisabuelo». Así justifica el poeta sus dualidades morales, políticas y de creencia, que están igualmente presentes en su obra literaria.

«Quise luchar haciendo poesía bíblica. Convirtiendo la biblia en un texto actual plagado de campos de concentración, tortura, policía secretas… lo que era el contexto del mundo, de manera que así los republicanos españoles entendían que yo hablaba de Franco, los rusos que habla de Stalin, y de todo ello hablaba realmente, sin mencionarlo, en esta poesía bíblica del siglo XX», dice Cardenal, refiriéndose a sus obras más celebradas: los Salmos o Gethsemaní Ky, de temática religiosa.

«Me enamoré de Dios. Algo sin materia, espiritual, en lo que no intervienen los sentidos, aunque hay sexualidad, hasta el punto de que cuando el hombre está en oración puede llegar a tener una erección con Dios, porque el cuerpo se equivoca: está sintiendo la excitación de un cuerpo con otro cuerpo con Dios, que no es cuerpo. Una sensación fisiológica, natural y casta, que uno no fomenta, pero que sucede». El poeta aparta la mirada, asumiendo la provocación de sus palabras. Justificándola, en la mentalidad abierta que considera que debe presidir la Fe. «En la Iglesia Católica tiene que haber grandes cambios, y el Papa Francisco debe ir preparando el camino. Uno de ellos debe ser que el celibato sea voluntario. El sacerdocio tiene que ver con el culto, y no debe tener que ver con casarse o no. Francisco tiene por delante la Iglesia del futuro, que será una iglesia de revolucionarios, comenzando con el Papa, que ya lo es. Y lo mejor incluso sería que no hubiera sacerdocio… si alguien es un líder natural, también puede ser un líder espiritual dentro de una comunidad, como fue en los primeros años del Cristianismo», pontifica.

Una vez ordenado sacerdote, Ernesto Cardenal se erigió en Centroamérica en un icono de la Teología de la Liberación, que define como «la liberación de los pobres a través de la Fe», y ahora asegura que, sin pronunciarse sobre esta doctrina, el propio Obispo de Roma la practica con sus hechos y sus acciones simbólicas.

El amor a Dios y a su patria nicaragüense confluyeron para el escritor granadino en el episodio que llevó su nombre alrededor del mundo. Ernesto Cardenal había asumido la responsabilidad del Ministerio de Cultura del gobierno sandinista, y por ello fue reprendido públicamente por Juan Pablo II, en el mismo aeropuerto de Managua. «Sé que Wojtyla se arrepintió y que quiso pedirme perdón.  Un  sacerdote no puede hacer eso a otro sacerdote. Me dijo varias veces, mientras yo escuchaba arrodillado, que debía regularizar mi situación». Un brillo aparece en los ojos del anciano, y una energía que parece reservada durante toda la conversación para este momento brota en una gesticulación soberbia y contundente: «¡Poder popular! ¡Queremos la paz!», grita Cardenal alzando los brazos al cielo, erguido sobre el butacón, rememorando las soflamas de los fieles nicaragüenses que asistían a la misa de un Wojtyla que tuvo que pedir silencio en varias ocasiones. «El pueblo empezó a gritarle al Papa, porque el Papa le había faltado al respeto al pueblo, que quería un gobierno marxista, cristiano y popular», concluye.

Hoy, Ernesto Cardenal cuestiona sus tres amores para reafirmarse en ellos en su propia obra literaria. «Con mi frialdad y mi vejez, que son lo mismo», sentencia. Se cuestionó a sí mismo y sus pasiones humanas de adolescente. Negó las creencias de las que se había imbuido para llegar a su propia forma de enamorarse de Dios. Rechazó la visión del sandinismo de Daniel Ortega en el que también creyó como manifestación del amor a la patria. «Digo lo que pienso. Y eso no es malo».

@oscar_gomez