Poesía reunida. Philip Larkin

Philip Larkin
Junto con el norteamericano Robert Lowell, el poeta inglés Philip Larkin (1922.1985) es quizá uno de los escritores extranjeros más leídos por las generaciones de poetas españoles que empezaron a salir a la luz a partir de la década de 1980. Puede que ello fuera debido a las coincidencias de visión estética entre la poética de lo cotidiano de Larkin y los intereses líricos de los entonces jóvenes ochentistas españoles que pasaban por las poéticas de la experiencia; o a algo quizá menos evidente, pero puede que más definitivo: la reinvención de la mirada realista que en aquel tiempo se empezó a fraguar tras el antirrealismo que dominó desde finales de la década de 1960.

El caso es que el solitario y antipático poeta-bibliotecario encontró su sitio precisamente en la exploración de las vidas modestas, los aconteceres cotidianos y un discurso directo, natural y alejado de todo lo que no fuese una escritura antiornamental. A la altura de 1955, sus Engaños retaron a la santísima trinidad de la poesía en inglés (Yeats, Eliot y Pound) y buscaron el sentido precisamente al otro lado de la poesía, en la calle y en las vidas rutinarias de los habitantes de la ciudad. Poesía de clase media, sin alturas sublimes ni hondas simas de desesperación, sin otra aventura que no fuese la de seguir adelante con el día a día, sin más tragedias que las del vecindario, que curiosamente le llevó a la celebridad convirtiéndolo en uno de los escritores más leídos y populares de su tiempo.

Hemos hablado de «reinvención del realismo» y esto de reinventar es más que evidente en la poesía que aspira a explorar la vida de la gente corriente y en el poeta que también construye su autoría como hombre corriente, sin concederse más importancia que al lechero. Pero el hálito subjetivista que anima toda poesía rechaza de natural la dimensión representativa de los realismos narrativos. Larkin lo sabía y, por eso no huye de la trascendencia, simplemente se fija en objetos humildes y persigue esa comprensión estética del mundo que nos da la poesía más cerca de las vidas sin nada especial que contar, por eso es tan grande su salto en la lírica inglesa: cualquier motivo, la insatisfacción en el trabajo, el matrimonio aburrido, la vida anodina de las calles de la ciudad,  vale para empujar al poeta a volar más allá de lo convencional. Su aguda mirada, tremendamente escéptica, amarga en muchas ocasiones, feliz a veces, encuentra sus lecciones en cualquier parte, casi al modo de Duchamp (aunque Larkin seguro que me reprochaba esta comparación) y su arte de reciclaje de objetos tirados en la calle. Lo mismo que Duchamp treinta años antes de Engaños nos hizo descubrir la belleza geométrica de un urinario,  la poesía de Philip Larkin piensa acerca del sentido del vivir desde la más modesta rutina. Hay que ser muy bueno para eso, no cabe duda.

La reciente edición bilingüe que presenta Lumen de su Poesía reunida, al cuidado de Damiá Alou, que traduce también la mayor parte de los textos, recoge, amén de algunos poemas dispersos, los tres grandes libros de Larkin: Engaños (1955), Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). Los dos últimos ya habían sido publicados en edición exenta por Lumen y aquí se recogen sin cambios la versión de Marcelo Cohen de Ventanas y revisada por Alou su propia traducción anterior de Las bodas. La útil introducción, las notas a cada poemario y la presencia del texto inglés de cada poema permiten al lector disfrutar de la hondura de este poeta huraño que va camino de convertirse en un clásico.

Calificación: Casi un clásico.
Tipo de lectura: Una mirada tras los visillos de lo real.
Tipo de lector: El que gusta de los valores seguros.
¿Dónde puede leerse?: En casa, después del trabajo.