Porgy and Bess: Papá, parece que estamos en Broadway

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El pasado 10 de junio se ha estrenado en el Teatro Real de Madrid la ópera de George Gershwin, Porgy and Bess. El jazz, el blues, los ritmos africanos casi arcaicos, el gospel y un claro eco vanguardista de la Europa de los años treinta, hacen de esta obra un verdadero placer para el espectador.

Lo voy a decir ya: si tienen oportunidad, no dejen de asistir a cualquiera de las funciones que están programadas de esta ópera en el Teatro Real de Madrid. Como mínimo les gustará mucho.

A los que no son aficionados a la ópera les diré una cosa (también sirve para los que sí lo son). Mi compañera de butaca, una señorita de ocho años, no pudo resistir la tentación de decir, diez o quince minutos después de comenzar el espectáculo; papá, parece que estamos en Broadway. Al finalizar; ya fuera del teatro; caminando por la calle arenal; llovía en Madrid y hacía fresco; dijo emocionada: cómo me pican las manos de tanto aplaudir.

El asunto que trata la obra de George Gershwin es uno de los grandes temas que traen de cabeza al ser humano. Ni más ni menos que el amor. Pero lo hace utilizando vehículos bastante poco convencionales: las drogas, la muerte, la discapacidad, la pobreza, la marginación o la religión. Porque, claro, los pobres también aman, los drogadictos lo mismo e, incluso, y aunque le parezca mentira a unos cuantos, los malos saben y pueden amar de lo lindo aunque sea a sí mismos. También, Gershwin ataca el asunto desde la solidaridad, desde la celebración en comunidad, desde la pareja como unión espiritual que puede desmoronarse en el terreno carnal aunque nunca desaparece. El libreto que, generalmente, en las óperas suele ser bastante flojo, no está mal construido y se desarrolla con claridad y coherencia. Y la partitura, damas y caballeros, es una auténtica maravilla. Jazz, blues, gospel, ecos de la vanguardia europea de los años treinta. Esta mezcla hace que Porgy and Bess reúna erudición y material popular, clasicismo y zonas rompedoras con lo establecido. Esto hace que la ópera quede en una especie de tierra media en la que estarían las óperas que se salen de las fronteras que no sabemos aún quién dejó dibujadas y que seguimos respetando sin saber, tampoco, la razón.

La producción de la Cape Town Opera Company (algún día dedicaré este espacio a hablar de este proyecto fascinante porque destila ilusión, entusiasmo y profesionalidad) presenta una puesta en escena sencilla y efectiva; traslada la acción al gueto de Soweto de los años setenta. Algunos de los elementos colocados en el escenario se mueven a lo largo de la representación con el fin de encajar las diferentes escenas que van desarrollándose en distintos lugares. No es gran cosa aunque es suficiente; no se busca la espectacularidad sino una ambientación precisa. Sí es verdad que, aunque la directora de escena Christine Crouse, se esfuerza en mover al numerosísimo número de personas que ocupa el escenario con cierto orden, en algún momento parece que es un pequeño caos y un ruido excesivo (del que se escucha y del que distrae aunque no suene) lo que se instala en ese espacio. Y, por otra parte, en algún momento parece que alguno de los cantantes solistas y componentes del coro no saben muy bien qué hacer mientras esperan a que se vaya desarrollando la acción. Pero es algo circunstancial. En general, las coreografías son muy vistosas y el conjunto funciona. Todo recuerda, aunque sea ligeramente, a los musicales de Brodway. Eso es verdad. Los niños suelen tener razón.

Tim Murray, el director musical, se muestra cuidadoso en el acompañamiento de los cantantes e impetuoso cuando la música debe tener el protagonismo debido. Disfruta mucho haciendo que la Orquesta Titular del Teatro Real se enfrente a las zonas en las que la partitura roza la atonalidad, disfruta haciendo que resalten los fraseos emparejando libreto y música, sus tempos.

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El coro está estupendo. Y los solistas. Tan solo nos encontramos con una pega. El tenor Makudupanyane Senaoana (Sportin’ Life sobre el escenario) anda justo, justo, de voz. Baila muy bien, se mueve por el escenario con gracia y soltura, pero tendrá que mejorar su faceta vocal si quiere continuar cantando en los teatros importantes.

Porgy and Bess contiene temas famosísimos que los aficionados a la ópera y al jazz conocen de sobra. Summertime, además de ser una canción preciosa, funciona casi como vertebrador del relato; I love you, Porgy que con el tiempo se convirtió en un estándar del jazz; y There´s a Boat Dat´s Leavin Soon for New York, tal vez la zona más arrimada a ese jazz, son los ejemplos más claros. Los amantes del blues más rural tienen en Bess You Is My Woman Now (cuando se escucha en el momento en que Porgy regresa a casa) una muestra de la integración perfecta que consiguió Gershwin de distintos estilos musicales en una sola obra.  Crean si les digo que si buscan a Berg también lo encuentran. Porgy and Bess se construye, así, para convertirse en una obra completamente norteamericana.

Espléndido el rato que se pasa en el Teatro Real. No se lo pierdan.

(Fotografías de Javier del real)

George Gershwin

Nació el 26 de septiembre de 1898 en Brooklyn, Nueva York.

Desarrolló un sentido musical muy intenso, muy exclusivo. El contacto con la música callejera tuvo, seguramente, mucho que ver. Llegó a los teatros de Broadway con rapidez y triunfó.

El famosísimo Paul Whiteman fue quién le sugirió que dedicara sus esfuerzos a componer jazz sinfónico y la propuesta se materializó en la deliciosa Rhapsody in Blue.
George Gershwin
Para componer Porgy and Bess se desplazó a los estados del sur de Estados Unidos con el fin de entender las raíces de la música popular afroamericana. En cualquier caso, lo que incluye su ópera de este tipo de música fue compuesto por él mismo. Ninguna de las piezas corresponde a canciones ya existentes.

Vivió una estrecha relación con la vanguardia europea. Schönberg fue su amigo personal.

Murió el 11 de julio de 1937. Nunca sabremos hasta dónde hubiera podido llegar un hombre de semejante talento.