Poseida por sí misma

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LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA
Teatro de La Abadía
Madrid, 8 de mayo a 1 de junio

Durante el reestreno de La violación de Lucrecia en Madrid, Nuria Espert titubeó una vez, imperceptiblemente, quizás para demostrarnos con ello que es humana. Lo demás fue un trance desde el principio hasta el final. Una suspensión sobrenatural de hora y media en la que el poema dramático manó como una fuente imparable con el chorro de su voz, modulada y precisa.

Ser grande arrastra la maldición de estar siempre a la altura de las circunstancias, de gestionar el mito, de elegir con acierto textos y colaboradores; mostrarse con señorío ante la prensa y flirtear con diletantes e intelectuales, permaneciendo siempre en un lugar diferenciado. Investigar. Pero sobre todo es el sacrificio del trabajo, de la repetición extenuante, de la composición, de esa memorización prodigiosa que nunca deja de aturdirnos: la del libreto, la de los movimientos escénicos, la retentiva de los sentimientos -sin simulación- sobre las tablas de un escenario, sin derecho a equivocarse, delante de cientos de ojos que juzgan sin concesiones. Nuria Espert es grande. Pero más allá de la grandeza y los honores están las dudas en la creación de un personaje –o de muchos como en este caso- el dominio de la técnica, la experiencia y la sabiduría, la generosidad de ponerse sin reservas en manos de un director. Por eso la actriz es también trabajadora, humilde y astuta. El resultado es una de las representaciones teatrales más importantes en muchos años.

La violación de Lucrecia provocó la caída del régimen. El hijo de un rey fue acusado de ese acto infame, porque la mujer, abusando del último acto de dignidad que le quedaba, se quitó la vida. Los ciudadanos de Roma, deshonrados por aquella vergonzosa acción se levantaron en armas contra Tarquino el Soberbio y derribaron la monarquía. Lucrecia se convirtió así en el paradigma de la honestidad de la mujer romana y ejemplo de los valores morales de la república. Un tema que se ha perpetuado desde entonces en la pintura, la literatura y la música con la fuerza que solo tienen los instrumentos poderosos. Porque en el fondo de la historia está la reflexión sobre un acto que la humanidad dice aborrecer pero que se perpetua para vergüenza colectiva, la violación. En ese sentido, la oportunidad del montaje es provocar una reflexión sobre esa violencia que se ejerce contra la mujer, cada minuto en el mundo. Para intentar comprender el funcionamiento de esos cuerpos que se prevalen de su poder para satisfacer sus deseos, de esas mentes violentadas por la humillación, pero resplandecientes de inocencia. La importancia de enfrentar la injusticia.

El director Miguel del Arco y la actriz Nuria Espert retoman esta función después de dos años en los que –dicen- no han podido desprenderse de ella y encuentran en la sala grande del Teatro de La Abadía la estructura perfecta para la cámara de Lucrecia. En ésta, solamente, hay un gran lecho con colgaduras, una mesita con una lámpara, algunos focos; telas, que ayudan a la protagonista a envolverse en la textura de los diferentes personajes y a permitir la continuidad de la voz narrativa con la exactitud de un reloj. Existe quizá la posibilidad de cerrar la gira en Londres o Buenos Aires. La actriz destaca en sus conversaciones con la prensa la belleza de la traducción de José Luis Rivas Vélez como la piedra angular de este proceso artístico, germen y espíritu de un reto de dramaturgia. Y es cierto que la versión es de una brillantez inhabitual, las palabras se escanden como enigmas revelados a los que el espectador asiste como a la resolución de un misterio, el de la palabra, celebrado por una diosa tutelar. El director consigue con ciertas músicas, con pocos objetos, con sombras y sonidos, crear un clima sutil, rematado con los efectos lumínicos que, desafortunadamente, incomodan desde alguna de las butacas del teatro.

Willian Shakespeare registró este poema dramático en 1595; recoge la leyenda de Tito Livio, de Ovidio, de la Eneida virgiliana. Sobre este texto levantó Benjamin Britten una ópera con el mismo título, estrenada en 1946. Su tema más profundo es el del abuso de poder, la indignidad de los aforados, la terquedad de la razón y la resolución de la sociedad de dotarse de la justicia que le niegan los poderosos. Asuntos que puede ser que el espectador conozca y requiera.
Nuria Espert declara haberse enfrentado con este trabajo a uno de los retos más importantes de su carrera en la que están, recordemos, personajes femeninos decisivos en el teatro universal, Medea, Celestina, Bernarda o Salomé. Lo excepcional de convertirse aquí en narrador, al mismo tiempo que se encarna sucesivamente en todos los personajes del drama, convierte esta violación de Lucrecia en un ejercicio vertiginoso de dramaturgia en el que todo está meditado, diseñado y actuado para que funcione como un mecanismo de relojería ante cuyo proceso, el espectador queda durante noventa minutos con el aliento contenido por las emociones que se desprenden de una obra maestra. De la literatura y de la interpretación.