¿Qué tal si nos paramos a pensar durante al menos treinta minutos?

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El escritor y naturalista Joaquín Araujo dice en el epílogo de este libro: «… si algún día conseguimos un Bosque de bosques, también habremos logrado una Humanidad más humana». Esta semana, la lectora imprevisible quiere presentarte a un buen amigo, el pastor Elzéard Bouffier, y te invita a descubrir si solo plantando árboles es posible poner remedio a tanta insensatez.

Desde luego, no resulta frecuente que la lectura de la reseña de un libro ocupe al lector el mismo o quizá más tiempo que la lectura del propio libro. No obstante, esta premisa poco habitual se puede llegar a cumplir en este caso. El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono,  es un cuentecito alegórico de apenas cincuenta páginas que se lee en un rato muy corto y da para pensar toda una vida.

El sello Duomo Ediciones publicó en septiembre de 2009 la primera edición de este relato en la traducción de Palmira Feixas, ilustrado en blanco y negro de forma sencilla y eficaz por  Simona Mulazzani, con prólogo de José Saramago y epílogo de Joaquín Araujo. El libro se presenta en un formato pequeño de pastas duras, con portada en tonos sepia y un aire naif que sirve muy bien al objetivo de realzar la dulce sabiduría que destila el texto. Incluye además una brevísima pero suficiente y muy atinada semblanza del autor, nacido en 1895 en la Provenza francesa en el  seno de una familia humilde, circunstancia que sin duda determinó el carácter autodidacta de su importante bagaje cultural.

Tras la primera publicación del relato en la revista Vogue de los Estados Unidos en 1954, el autor cedió todos sus derechos sobre la obra, que ha sido traducida a más de quince idiomas, inspirando incluso un corto de animación realizado por Frédéric Back que obtuvo el Óscar de la Academia de Cine de Hollywood en el año 1987.

La historia comienza en 1913 y termina en el año 1947, de modo que abarca tres décadas y dos guerras, la del 14 y la del 39 (designadas así en la obra, con solo dos dígitos), acontecimientos de los que se sirve el narrador, un hombre cuya identidad desconocemos, para ubicar temporalmente el relato y hacer visible un importante contraste entre dos modos de vida totalmente opuestos. El personaje principal, Elzéard Bouffier es, en palabras de  Saramago en su prólogo, «alguien a quien estamos esperando, antes de que sea demasiado tarde para el mundo». Es curioso porque, según parece, la publicación de esta historia generó en su día tal cantidad de especulaciones acerca de la existencia real del Sr. Bouffier, que el autor hubo de escribir en 1957 una carta al Director del Departamento de Aguas y Bosques de su país, con el siguiente texto:«Siento mucho decepcionarle, pero Elzéard Bouffier es un personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor precisión, hacer amar plantar árboles, lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas».Con razón pues, el epílogo de esta edición ha sido encomendado a Joaquín Araujo, uno de nuestros más apasionados defensores del amor y el respeto por la Naturaleza.

No obstante, salvo que su misiva admita alguna otra interpretación en clave metafórica, creo que Jean Giono se mostró poco ambicioso a la hora de expresar el objetivo de esta obra, pues su pequeña parábola sugiere mucho más que el amor a plantar árboles, con no ser este un objetivo modesto. La autenticidad de la vida sencilla, bien organizada y apegada a lo esencial, en contraste con el fragor y la inutilidad de la ambición y la guerra; el poder de la voluntad y la perseverancia; la inoportunidad y estupidez de algunos políticos frente al verdadero compromiso; la generación y generalización del bien a partir del propio bien; la soledad, la muerte, la inteligencia, son temas presentes en el texto de forma extraordinariamente sutil, aparentemente sencilla, en ocasiones casi candorosa, en una obra de madurez del autor, que es, como también apunta Saramago, «una indiscutible proeza del arte de contar».

En El hombre que plantaba árboles todo parece fácil. El título, que es una obviedad, la historia, el lenguaje, la selección del material literario y del narrador, la creación de los personajes,  todo. El relato fluye así ante nuestros ojos como un regatillo transparente, ágil y fresco. Siempre he pensado que todo aquello que resulta tan fácil de leer, que dice tanto con tan poco, tiene que haber sido extraordinariamente difícil de escribir, y revela el talento, el orden mental, la profundidad y hasta la astucia del autor. En ese sentido, este cuento es un ejemplo magnífico de lo que es escribir con las palabras justas y la estrategia exacta, de modo que a través de una prosa ciertamente austera, la historia desborda en contenido y profundidad. Sirvan de ejemplo de lo anterior algunos de los párrafos que el narrador dedica a describir al protagonista. En muy pocas líneas y con un lenguaje diáfano y sencillo, el narrador facilita información más que suficiente acerca de quién es, cómo va vestido, de qué forma vive, las heridas de su pasado y los rasgos primordiales de su carácter. No resisto la tentación de transcribir algunos de esos párrafos para que conozcan ustedes a Elzéard Bouffier, porque sé que después de hacerlo, no podrán dejar de leer su historia:

«Era un hombre parco en palabras. Es propio de los solitarios, pero parecía seguro de sí mismo, con un convencimiento absoluto. Algo insólito en esta tierra despojada de todo. No vivía en una cabaña, sino en una verdadera casa de piedra, que demostraba todo el esfuerzo realizado para reconstruir la ruina que había encontrado a su llegada» [… ]

«Tenía todo ordenado, la vajilla limpia, el parqué barrido, el fusil engrasado. En el fuego hervía sopa. Advertí entonces que iba recién afeitado, que llevaba todos los botones sólidamente cosidos, y la ropa remendada con tanto esmero que los remiendos parecían invisibles» […]

«La compañía de este hombre daba paz. Al día siguiente le pedí permiso para quedarme un día más en su casa a descansar. Le pareció muy natural, o, para ser exactos, me dio la impresión de que nada podía desconcertarlo. No es que necesitara imperiosamente reposar, pero estaba intrigado y quería saber más de él» […]

«Había perdido a su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado a la soledad y se deleitaba viviendo sin prisas, con sus ovejas y su perro. Consideraba que esas tierras estaban muriendo por falta de árboles. Y añadió que, como carecía de ocupaciones más importantes, había decidido poner remedio a ese estado de cosas».

Casi todos hemos pensado alguna vez que llevamos una vida absurda en la que lo principal subsiste a duras penas, enterrado bajo la gruesa capa de lo banal, lo accesorio, toda esa parafernalia a la que damos mucha más cancha de la precisa. Las apariencias, la ambición enloquecida, la creación progresiva y artificial de nuevas necesidades, la brutal represión a la que sometemos con demasiada frecuencia nuestro universo afectivo, el silencio cobarde sobre la muerte, la falta de respeto por la Naturaleza, la violencia, el caos. Vivimos en un mundo convulso, incómodo, extraordinariamente hostil, sobre todo con los más débiles. No obstante, existen razones para alimentar cierto optimismo no exento de cordura. Jean Giono lo sabía. Hay por ahí un buen montón de seres como Elzéard Bouffier. No todos plantan árboles. Algunos viven en mitad del asfalto, y transforman infiernos que se esconden detrás de un ascensor. Casi siempre trabajan en silencio y son muy eficaces, tanto como nuestro protagonista, al que según el narrador, «más de diez mil personas deben su felicidad». Y es que el bien y la inteligencia son muy fértiles, y cuando se aparean, persiguen siempre tener descendencia.