Radiografía del otro cine de Ray

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Todos los grandes directores de cine dejan películas memorables. Y todos los directores de cine dejan algún tostón por el camino o lo que pudiera parecer una mala película. Nicholas Ray no se libró de esta lacra. Algunos de sus trabajos se consideran menores; otros, directamente, un paquete. Aunque todos contienen ese toque personal del genio y podemos señalar los aciertos como alegrías para los aficionados al cine. Ray fue un director muy irregular. Él mismo lo dijo alguna vez.

Aunque la filmografía de Nicholas Ray no es tan extensa como nos gustaría a muchos, se pueden encontrar distintos tipos de miradas entre sus trabajos. Todas ellas de Ray aunque con los matices necesarios para que se complementen unas a las otras.

Las diferencias entre sus películas en blanco y negro y las rodadas en color, son enormes y relevantes. El Ray seco y milimétrico de su etapa primera se esconde tras la grandilocuencia innecesaria de algunos trabajos en color. Incluso para un director como él, escapar de las garras del dinero y del entramado comercial impuesto por las grandes productoras, era difícil. Casi un suicidio artístico.

Nacida para el mal (Born to be bad, 1950). Denostada por muchos, esta no es, efectivamente, la mejor película de Ray. Sin embargo, conviene echar un vistazo al trabajo porque lo fácil es acudir en busca de ayuda hasta lo mejor de un autor del que se quiere hablar bien. En Nacida para el mal, la fotografía de Nicholas Musuraca es excelente. Ray decide encerrar a sus personajes durante buena parte de la trama. En apartamentos, en grandes salas. Intenta que los personajes vayan formando una sola cosa con esos decorados, que veamos una cárcel en la que ellos se sienten presos. Con una iluminación muy bien planificada se marca el tempo de la evolución de cada uno de ellos. Y esto es hacer cine. Entre otras cosas, esto forma parte de un cine que pocas veces vemos y, tal vez, no sabemos valorar al quedarnos en lo blando de la trama o en los efectos especiales. Es verdad que en esta película se abusa algo de los subrayados de los primeros planos que intentan explicar lo que sucede cuando el espectador lo tiene claro desde mucho antes, es verdad que algunos tramos del guión de despegan de lo que nos importa para edulcorar el conjunto, pero lo bueno es lo bueno y no podemos ocultarlo.

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Nicholas Ray dijo que la película no le terminaba de convencer y que perdió el control sobre ella en algunos aspectos. Y es verdad que no es una obra de arte, que ese final que nos presentan abarata todo lo anterior y está a punto de vaciarse por los cuatro costados. Sin embargo, podemos hacer otra lectura: de un guión lleno de personajes estereotipados instalados en zonas comunes e insípidas, de un guión que tiende a quedarse en la superficie de la realidad que se dibuja, Ray es capaz de construir y sacar adelante un proyecto que en manos de cualquier otro hubiera resultado ridículo e insultante.

Christabel Caine (Joan Fontaine; como de costumbre intentando ese papel que la liberase de su pinta de alma cándida aunque, otra vez, sin éxito alguno) llega a casa de su amiga Donna (Joan Leslie). Usando artimañas logra quedarse unos días; el tiempo suficiente para destrozar la pareja formada por Donna y Curtis (Zachary Scott), un millonario que quiere para sí nuestra Christabel. No se conforma con eso y, al mismo tiempo, mantendrá una relación con el escritor Nick Bradley (Robert Ryan; estupendo) que le servirá para aparentar otra cosa. Ella lo que quiere es dinero, un lugar privilegiado en la sociedad. Del resto de la trama no desvelaré más.

¿No termina de emocionar esta película? Tal vez. ¿Le falta pasión al rodaje y algún gesto en el que Ray se deje ver? Quizás. Pero es cine. Ray sabía cómo hacerlo. Me temo que estamos tan acostumbrados a la violencia, a la brutalidad y al espectáculo que la inocencia, lo inofensivo, nos resulta aburrido y falto de interés.

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Amarga victoria (Bitter victory, 1957). Guerra y sentimientos. La gran batalla del mundo desde sus orígenes frente a las pequeñas disputas personales. La violencia que no podrá nunca con la belleza. Los valores que, a pesar de la muerte, sobrepasan a los vicios y a las actitudes más oscuras del ser humano. Esto es Amarga victoria.

Ray le echa pasión y lirismo a una trama bélica que es, en realidad, una excusa para retratar el miedo, las carencias del hombre convertidas en envidias. Se olvida en el desarrollo de cuidar detalles que hacen imposible un desarrollo de la trama. Pero Ray era así. Le importaba más el fondo que la forma. No quiero decir con esto que las formas fueran chapuceras, no; lo que digo es que los detalles los aparta y hace que los apartemos (es imposible que el grupo de hombres que camina por el desierto lo haga de ese modo y que sobreviva, pero eso es accesorio; no es importante la estética de la batalla). Lo fundamental es cómo el hombre sobrevive y el precio que paga por ello.

Desierto de Libia; Segunda Guerra Mundial. El Mayor Brand (Curd Jürgens), recibe el encargo de una misión importante y peligrosa. Entre sus hombres se encuentra el Capitán Leith (Richard Burton), antiguo novio de la mujer de Brand. La guerra dentro de la guerra. Brand pierde la confianza de sus hombres y para evitar parecer un cobarde va liquidando a todos los que representan un peligro para su prestigio como militar. Consigue el honor entre los que no saben nada de lo sucedido aunque los supervivientes saben que no lo merece. Y el espectador descubre que esa victoria de Brand le hace más daño a él que a los muertos.

Ray cuenta muy bien lo que le interesa. Los actores principales resultan convincentes y el objetivo que se marca el realizador se cumple con creces. Los conflictos personales internos y con el entorno se dibujan de forma minuciosa. La guerra queda instalada en cada uno de nosotros de forma definitiva. Allá donde siempre estuvo.

Amarga victoria es una de esas películas que mantienen la tensión de principio a fin y que, sin aplicar criterios modernos de rodaje o técnicos, resulta una delicia para cualquiera. Deberíamos colocarnos frente a la pantalla intentando valorar cada obra en su justa medida.

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Rey de reyes (King of Kings, 1961). Si una película resulta ser admirable por el uso del scope esa es Rey de reyes. Nicholas Ray consigue encuadres maravillosos con los que el formato se convierte en una herramienta estupenda. Muchos huyeron del scope por parecerles una especie de cajón en el que solo pudieran entrar imágenes alargadas y paticortas. Ray se arrimó al formato para dar una lección tras otra de cómo podía utilizarse sacando el mayor partido.

La fotografía es espléndida. Toda la película parece una sucesión de cuadros en los que los rojos intensos y los dorados imponentes soportan el desarrollo de la trama. Si a esto le sumamos una partitura honda firmada por Miklós Rózsa que nos traslada a una época histórica tan difícil de entender, tenemos el armazón perfecto para que un director de la talla de Ray pudiera entregar su película.

Ray aporta a la historia ya conocida de Jesús de Nazaret un enfoque social más que interesante. Los primeros minutos de la cinta los dedica a mostrarnos lo que supuso la invasión romana para los judíos, la humillación que representó la llegada de nuevos ídolos con las legiones, la incomprensión del ser humano frente a las creencias más íntimas que le resultan ajenas. Ray va detallando los conflictos de una fricción de culturas. El centurión romano rasgando la seda para encontrarse con el gran tesoro judío, que es su literatura religiosa, es un prodigio narrativo. Es posible que, además, fuera el primer intento serio de no pintar a los judíos como un pueblo que escupía a los dioses extraños sin ton ni son. Estas son las grandes aportaciones de la película.

Porque la interpretaciones son algo frías, algo distantes. Salvo la escena en que Salomé pide la cabeza de Juan el Bautista o el calvario, el resto deja algo frío al espectador que no entiende como el personaje de Jesucristo, por ejemplo, no desprende una magia que muchos le otorgan de antemano. Jeffrey Hunter parece transitar otro mundo (digo él y no su personaje porque ese ya sabemos que andaba a lo suyo), parece ajeno a la película. Los secundarios no aportan gran cosa al principal y los diálogos parecen forzados en exceso para encontrar una profundidad que no tienen. Son las cosas de las superproducciones de la época. Espectáculo visual para un público que buscaba el entretenimiento. Es lo que vendía.

Este es una de las películas en las que Ray deja a medio camino su interés por lo que siempre quiso contar. Desaparecen los temas recurrentes de su obra (asuntos que ya han sido tratados en los distintos artículos de este especial) para realizar una película de encargo. No deja se tener un toque muy personal de Ray, pero el trabajo no es de Ray. Aquí prima la forma y menos el fondo. Como el anunciado Reino de Dios por Cristo cuando decía que no era de este mundo; Rey de reyes no es de Ray. Al menos del todo.