RAY O EL POETA DEL CINE NEGRO AMERICANO

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Uno de los géneros en los que más sobresalió el talento de Nicholas Ray fue el cine negro. Los amantes de la noche, En un lugar solitario y La casa en la sombra son tres películas magníficas más allá de sus excelentes tramas y de su atmósfera inquietante. Destaca en ellas lo que siempre interesó más al cineasta: el manejo del lenguaje cinematográfico y de la interpretación para construir los personajes, retratar sus conflictos y expresar la evolución de la relación amorosa.

Ray empezó su filmografía con una obra de gran talla, Los amantes de la noche (They live by night, 1948), que recogía el interés del autor por la juventud y todo lo que la misma representa: la inocencia, el deseo de plenitud y el desconcierto e impotencia ante un mundo dominado por los adultos. El protagonista, Bowie (Farley Granger), ha pasado siete de sus veintitrés años entre rejas, por un delito que no cometió. Acaba de huir de la cárcel en compañía de otros dos presidiarios con los que se refugia en una casa en la que vive la joven Keechie (Cathy O’Donnell), que desprecia al trío hasta que va descubriendo las cualidades de Bowie. Ambos  se enamoran e intentarán escapar juntos de la banda y de la justicia, que les pisa los talones.

Hay algo en esta historia que recuerda a Romeo y Julieta y es la contraposición entre el amor puro que sienten los jóvenes protagonistas y la dificultad de que el mismo sobreviva a un entorno imperfecto y amenazador. Bowie y Keechie no tienen ninguna posibilidad de salvarse porque, a cada paso que dan, hay personajes adultos que van a enredarles, fallarles o traicionarles. Los objetos elegidos por el realizador para representar la fatalidad que persigue a los protagonistas son los coches y los relojes. En las sucesivas huidas que se producen a lo largo del metraje, los veloces vehículos son fotografiados desde la distancia, de forma que se ven empequeñecidos, proporcionándonos la impresión de que pueden ser fácilmente aplastados por el puño del destino. Bowie le regala a Keechie un reloj que simboliza el tiempo que se les escapa de las manos, a medida que el cerco que les rodea se va estrechando.

Todas las escenas de la pareja están impregnadas de delicadeza y ternura. Farley Granger y sobre todo Cathy O’Donnell tenían ambas cualidades pero Ray las realzó acercando la cámara a sus rostros, encuadrándoles de forma intimista e iluminándoles como si ambos irradiaran luz en medio de un  mundo sombrío y acechante. Obtuvo así el cineasta un resultado de desbordante lirismo.

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En un lugar solitario (In a lonely place, 1950) es un largometraje aún más notable. Aparecen en esta obra todas las claves del género negro y es además una de las cintas que mejor retrata el mundo del cine. Ray se dio el gusto de poner en evidencia la dificultad para el artista de mantener su entusiasmo creativo en un Hollywood dominado por magnates que, en su mayoría, no sabían reconocer el verdadero talento ni  aun cuando se lo encontraran de bruces. El protagonista, Dixon Steele (Humphrey Bogart), es un guionista harto de las renuncias que supone escribir para los estudios y un hombre iracundo, que salta con facilidad ante la menor provocación. Por ello, es el principal sospechoso del asesinato de una joven que aparece muerta poco después de haber abandonado el apartamento de él. La policía no detiene a Steele gracias a la coartada que le proporciona el testimonio de una vecina muy atractiva, Laurel Gray (Gloria Grahame). Ambos comienzan una relación apasionada, que se va deteriorando a medida que ella va descubriendo las turbulencias de él y su enamoramiento empieza a transformarse en temor.

Probablemente, había en Dixon Steele más de Nicholas Ray que en cualquier otro de los personajes de su filmografía. Ambos se encontraban en el mismo lugar solitario, el de los creadores inadaptados que no acaban de encajar en el medio que han escogido. Los dos bebían y vivían más de lo aconsejable. También ocultaban bajo un barniz de corrección un espíritu inflamable y pretendían que una mujer les salvara de sí mismos. Sin embargo, ambos pedían demasiado a cambio de lo poco que estaban dispuestos a ofrecer a su pareja. Para más coincidencias, el objeto de su pasión era Gloria Grahame, infelizmente casada con Ray en la vida real.

Bogart estuvo extraordinario como Steele. El protagonista pulsaba también muchas claves cercanas a la realidad de este actor, otro ser enfadado con el mundo, y podemos palpar la tensión del personaje en las miradas torvas, los labios fruncidos y el cuerpo crispado del intérprete. Por su parte, Grahame bordó el papel de la enigmática vecina del protagonista, aportando al mismo ironía, seducción y misterio. En este caso, la realidad era sin embargo mucho más turbia que la ficción, ya que mientras que Laurel era una joven positiva y psicológicamente sana, la esposa de Ray tenía cierto desequilibrio mental y la reputación de ser más fatal que cualquiera de las mujeres que encarnó en pantalla.

Dentro de un conjunto extraordinariamente inspirado, hay algunas escenas particularmente inolvidables, como el encuentro de la pareja en la comisaría en el que descaradamente muestran su mutua atracción, la discusión en la playa que culmina en un recorrido en coche en el que se desatan todos los demonios de Steele o las secuencias de la última parte que se encadenan para conducir a los personajes a un final de gran fuerza dramática. Debió ser duro para Ray realizar una película tan próxima a su ser y a su vida, pero  transformó en pulsión creativa su dolor y del mismo brotó una composición de tono elegíaco que se ha erigido en todo un clásico.

Annex - Lupino, Ida (On Dangerous Ground)_02

La casa en la sombra (On dangerous ground, 1951) es una de las películas menos conocidas del cineasta, lo cual es una lástima porque, pese a distar de ser una obra redonda, es una historia emotiva y sumamente interesante.  Ajena a muchos de los elementos más típicos del género negro, se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la primera conocemos a Jim Wilson (Robert Ryan), otro de los insatisfechos antihéroes “rayanos”, un policía asqueado de una profesión que le obliga a lidiar con el lumpen de la sociedad. Ser testigo directo día tras día de niveles inusitados de miseria moral ha endurecido su corazón y agriado su carácter. A sus superiores les preocupa contar en la brigada con un policía díscolo que llega al extremo de maltratar a los sospechosos y para alejarle una temporada, le encomiendan una misión fuera de la ciudad. Así comienza el segundo acto de la película. Wilson deja atrás la amenazadora noche urbanita para adentrarse en un paisaje rural recubierto de nieve, que tal vez, sólo tal vez, represente la esperanza de una etapa más luminosa. En esta zona pastoral, el policía debe colaborar en la persecución de un delincuente y durante la misma conoce a una solitaria mujer, encarnada por esa actriz tan interesante que fue Ida Lupino. Se produce la atracción entre opuestos: él es un hombre físicamente fuerte pero con gravísimas taras de carácter mientras que ella es ciega pero mucho más dotada que él para afrontar la vida, gracias a su sorprendente lucidez y a su bondad natural. Dentro del juego de contrastes de la película, él le explica que ser policía significa desconfiar de las personas y ella le replica que ser ciega significa tener que confiar. ¿No es cierto que Ray era un poeta?

En estas tres películas y en otras del realizador, las protagonistas eran físicamente más frágiles que sus compañeros, pero mostraban una mayor madurez, una fortaleza de carácter que les ayudaba a salir adelante y la generosidad suficiente para proporcionar ánimo, consuelo y esperanza a unos hombres moralmente más débiles. Esto suponía que ellas asumían un rol con un claro componente maternal en su relación con sus galanes, cuya incapacidad para adaptarse al mundo y para apaciguar su agitado interior, era fuente de gran sufrimiento. La comprensiva mujer de La casa en la sombra profirió una de las frases de la filmografía de Ray que mejor resumió la esencia de sus personajes masculinos y del propio realizador: “A veces, las personas que nunca están solas son las más solitarias”.

PARALELISMOS ENTRE NICHOLAS RAY Y ELIA KAZAN

Tal vez, debemos a Elia Kazan que Nicholas Ray se convirtiera en cineasta. Ambos eran amigos desde sus inicios en el teatro, pero mientras que Kazan llegó a ser uno de los directores de escena más importantes de su tiempo, el paso de Ray por ese medio fue discreto.  Cuando Kazan fue a la costa Oeste a dirigir su primera película, “Lazos humanos”, le dio la oportunidad a Ray de ser su asistente, lo que permitió a éste descubrir el medio cinematográfico y entusiasmarse por el mismo. Nicholas aprendió de Elia cómo conseguir extraer interpretaciones de oro de los actores. Cuando Kazan descubrió el talento de James Dean para encarnar adolescentes angustiados en “Al Este del Edén”, le avisó a Ray, quien se animó a contratar al joven actor para darle el papel protagonista de “Rebelde sin causa”.

Mientras que Kazan llegó a lo más alto también en el medio cinematográfico, Ray nunca alcanzó el mismo nivel de reconocimiento en Hollywood y su gloria en vida fue efímera. Sin embargo, el paso del tiempo y la labor de “Cahiers du cinema” han rodeado a Nicholas de un halo mítico del que a día de hoy parece carecer Elia. Probablemente haya contribuido a ello el menosprecio generalizado por las actuaciones delatoras de éste en la caza de brujas de McCarthy. Lo curioso es que, pese a que es mucho menos públicamente conocido, Ray también fue citado por el Comité de Actividades Antiamericanas. Y según su biógrafo Patrick McGilligan también sucumbió a la presión y dio algún nombre. Lo que no sabemos es hasta qué punto influiría esta claudicación moral en acrecentar los demonios interiores que llevaron al realizador a una vida cada vez más autodestructiva.