REBECA: EL INICIO DE LA ETAPA AMERICANA DE HITCHCOCK

rebecca

Rebeca, la fascinante novela de Daphne du Maurier sobre la pareja que habita una lúgubre mansión inglesa, amenazada por el  recuerdo fantasmal de una bella mujer muerta, dio lugar a una de las grandes películas de la década de los 40. Fue el fruto de la difícil primera colaboración entre dos superdotados del séptimo arte, el productor norteamericano David O. Selznick y el cineasta británico Alfred Hitchcock. Supuso otro colosal éxito para quien había producido Lo que el viento se llevó e inauguró la etapa americana del mago del suspense.

El comienzo de Rebeca (Rebecca, 1940), con la evocadora  frase «Anoche soñé que volvía a Manderley» nos sumerge en una historia llena de misterio, en la que confluyeron dos talentos británicos expertos en crear atmósferas inquietantes: la autora de novelas góticas, Daphne du Maurier y el gran Alfred Hitchcock.

A finales de la década de los 30, «Hitch», como le llamaban sus allegados, era un director muy reconocido en Gran Bretaña. Sin embargo, anhelaba conseguir trabajo en Estados Unidos, temeroso de los vientos de guerra que se avecinaban en Europa y cansado del trato condescendiente que los autores cinematográficos recibían en la elitista sociedad inglesa. Por ello, fue providencial que el productor  David O. Selznick le contratara y le propusiera rodar en Hollywood la adaptación de una novela que había despertado gran entusiasmo.

En la misma, la protagonista (cuyo nombre y apellido de soltera nunca son mencionados) relata cómo, trabajando de dama de compañía de una acaudalada mujer, se enamora de un viudo, Maximiliam de Winter. Se casan y van a vivir a Manderley, la sombría mansión de él en Cornwall. La insegura joven se siente fuera de lugar en el majestuoso entorno y se obsesiona con la figura de la anterior esposa, la bellísima Rebeca, convencida de que su marido no se resigna a haberla perdido. La siniestra ama de llaves, la señora Danvers, alimenta cruelmente los miedos de la joven heroína, mientras que se va  desentrañando el misterio que envuelve a la fallecida.

El papel de Maxim recayó sin demasiadas dudas en Laurence Olivier, en pleno auge hollywoodense gracias al éxito de Cumbres borrascosas. Su aspecto distinguido, su expresión atormentada cuando recuerda a Rebeca y el matiz de esperanza que se atisba en la forma de mirar a su segunda mujer, revistieron su interpretación de la melancolía que requería el personaje.

rebecca1

Más complicado resultó encontrar a la actriz que diera vida a la protagonista. Olivier estaba empeñado en que fuera su amante, Vivien Leigh, que era la actriz más solicitada del momento, gracias a Lo que el viento se llevó. Pese a ser una buena intérprete, la prueba de cámara de Vivien fue inadecuada, pues parecía estar todavía imbuida del carácter obstinado y seductor de Escarlata O’Hara, personaje opuesto a la apocada y vulnerable segunda señora de Winter.

Tras barajarse otras candidatas, la entonces inexperta y desconocida  Joan Fontaine, consiguió el papel. Era una actriz de registro muy limitado – de la expresión de agobio a la de ensoñación…y vuelta…- , pero tuvo la buena suerte de encajar perfectamente en el personaje. Para propiciar que la Fontaine conectara con el estado de inseguridad y desconfianza permanentes de la protagonista, el método de Hitchcok fue malicioso, ya que buscó el aislamiento de la joven, comentándole que el resto del reparto tenía pésima opinión de ella. Esto era cierto en el caso de Laurence Olivier, pero pese a que la relación de los actores no fue buena, supieron recrear convincentemente en pantalla la profundidad de los sentimientos que unen a la pareja.

La mujer que da título a la historia no aparece nunca en pantalla, pero se erige en una presencia ominosa que se cierne sobre la pareja. Judith Anderson encarnó a la señora Danvers aportando el aura funesta que requería el ama de llaves con tal acierto, que todavía hoy está considerada como una de las villanas más temibles del séptimo arte. Manderley, situada junto a escarpados acantilados cubiertos de niebla, se erige con sus solemnes salones y sus sombríos senderos en otro personaje más de la historia. No se pudo recurrir a una verdadera mansión, ya que en Estados Unidos no había caserones de estilo inglés y el estallido de la segunda Guerra Mundial imposibilitaba rodar exteriores en Europa, por lo que la solución fue construir una gran maqueta.

La realización de la película fue dura para los implicados en la misma. Se palpaba una tristeza de fondo por el inicio de la conflagración bélica al otro lado del océano, acentuada porque gran parte del equipo técnico y artístico era inglés. A esto se sumó que la relación entre Selznick y Hitch fue difícil. Ambos compartían un certero olfato sobre lo que funcionaba en taquilla, pero sus acusados puntos de vista sobre el proceso creativo eran muchas veces divergentes. Por ejemplo, Selznick pretendía la mayor fidelidad posible a la novela, mientras que, en el caso del director inglés, la trama solía ser una excusa para reflejar su percepción de la condición humana.

rebeca1

Sin embargo, aunque en las facetas de pre y postproducción O. Selznick llevara la batuta, el rotundo Alfred logró imprimir su sello único en la fase de rodaje. Cuando Selznick entraba en el plató, Hitchcock paraba la cámara con cualquier excusa, para evitar sus injerencias. Además, su claridad mental y su dominio único del medio le permitían «montar con la cámara», es decir, rodar lo estrictamente necesario para condicionar el montaje que él deseaba. El británico contó con colaboradores excepcionales en apartados como la fotografía (George Barnes) y la banda sonora (Franz Waxman), que resultaron esenciales para contribuir a la turbadora atmósfera de ensoñación que envuelve la historia.

Si bien Rebeca obtuvo los Oscars de 1940 a las mejores película y fotografía en blanco y negro, el de dirección se lo llevó John Ford por Qué verde era mi valle (otra maravilla), pese a que Hitchcock estuvo nominado. Nunca consideró Rebeca entre sus obras preferidas ya que tachaba la trama de anticuada y acusaba la ausencia de humor en el guión. Puede que también influyeran los tristes recuerdos del inicio de la guerra, temiendo por sus seres queridos al otro lado del océano y sintiéndose culpable por no colaborar con su país.

Sin embargo, lo cierto es que colaboró de forma probablemente eficaz. El presidente Roosevelt consideraba que películas tan esencialmente inglesas como Rebeca eran la mejor propaganda pro-británica y le ayudaron a ir cambiando el estado de opinión norteamericano, que en 1940 era todavía mayoritariamente contrario a intervenir en una segunda guerra en Europa.