Retrato del artista que fue un raro adolescente

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Thomas Bernhard es, sin duda, uno de los autores más interesantes del siglo XX. Su obra es extraordinaria. Su personalidad, la forma que tuvo de enfrentar la vida fue extraordinaria. Pep Tosar presenta, en el Teatro de la Abadía de Madrid, su obra Con la claridad aumenta el frío, una producción que se sostiene sobre la literatura del autor austriaco; fundamentalmente, sobre Mis premios (obra póstuma de Bernhard). Lógicamente, con todo ello, el resultado es, también, extraordinario.

Conozco la obra de Thomas Bernhard desde hace muchos años. A estas alturas, demasiados para mi gusto. Y, desde el primer momento, me sentí irremediablemente atraído por cada uno de sus libros. Será esta la razón por la que acudí a ver la representación de Con la claridad aumenta el frío arrastrando ciertas reticencias. Ni siquiera saber que la adaptación de Mis premios era cosa de Pep Tosar (un excelente autor y director) y Évelyn Arévalo, me hacía sentir seguro. Amo la obra de Bernhard y si hablamos de amor lo hacemos, al mismo tiempo, de inseguridad, de (por qué no decirlo) celos o de miedo a perder, a saber o a descubrir. Es lo que tiene andar enamorado a mi edad.

La sala del Teatro de la Abadía de Madrid no estaba llena. Más butacas vacías de las deseadas. Algo incomprensible tratándose de una propuesta tan atractiva. Nunca terminaré de asimilar que el mundo de la cultura se haya convertido en un islote abandonado y que se confunda el ocio y el divertimento con ella. Nunca terminaré de entender que no dejemos de encontrar excusas para despegarnos de lo que nos hace, realmente, importantes; del conocimiento y de la búsqueda de sentido. ¿Cómo es posible que esta obra se representara sólo cuatro días en Barcelona aun recibiendo buenas críticas? ¿Tan lejos estamos?

Ahora, dicho esto con toda la amargura posible, me permitirán que comience por el final. Un aplauso verdadero del público, la sensación de recibir una verdad pegada al cuerpo. Después de asistir a una actuación sobresaliente de Pep Tosar (excelente durante toda la obra y muy grande interpretando un discurso final), de disfrutar con la delicadeza de Inma Colomer (Carlos Olalla tiene un papel muy secundario y no puede destacar gran cosa); después de experimentar la potencia de una puesta en escena sobria y efectiva (para hacer teatro de calidad no hace falta gran cosa en el escenario; el exceso de artificio suele ser maquillaje que intenta disimular la mediocridad); un aplauso sincero para un trabajo honesto.

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El repaso a la figura de Thomas Bernhard arranca desde la adaptación de su obra póstuma Mis premios. Resulta profundo, muy divertido y retrata con bastante exactitud a un escritor que siempre estuvo enfrente de aquello que convertía la cultura en un circo y una ridiculez. Tosar, al que no le falta astucia, toma fragmentos de otras obras de Bernhard para acentuar los rasgos más característicos del personaje. El sobrino de Wittgenstein está, El malogrado (se lee un texto de forma literal) está, y, afortunadamente, el resto de su obra también; si no de forma explícita, sí en esencia (desde El frío a El origen pasando por Helada). Tosar sabe que el público es diverso y esa astucia a la que me refería consiste en buscar anclajes para que el público que no conoce al autor austriaco no se encuentre perdido. De paso, el espectador que sí conoce y reconoce lo que escucha no tiene más remedio que disfrutar con cada frase, con cada referencia, con lo que Tosar ha preparado con mimo. Por ello, no sería de extrañar que, en cada representación, alguno tome nota y se acerque a la literatura de Bernhard o vuelva a su encuentro.

La iluminación, lo sencillo del escenario y la música que acompaña la representación (un audiovisual hace las veces de telón; por cierto, una delicia escuchar las variaciones Goldberg con Glenn Gould al piano; posiblemente, la mejor versión de todos los tiempos); iluminación, escenografía y música, decía, dotan a la obra de un sólido carácter intimista que ayuda a profundizar en lo que se pretende, esto es, descubrir a Bernhard. Y, algo importantísimo, deja a Tosar un margen de maniobra muy amplio para no ser explícito en el texto y sugerir con elegancia. Por ejemplo, un eufemismo maravilloso (dejo que lo descubran ustedes cuando acudan al teatro) y el lenguaje corporal de Inma Colomer son suficientes para conocer, para intuir, la relación de Bernhard (un joven extraño, sensible, demacrado, enfermo y genial) con la mujer a la que llamaba tía.

Voy a decir lo mejor que se puede decir de este trabajo: Bernhard hubiera aguantado en su butaca hasta el final. Y, al salir, no hubiera podido decir nada. Ni una queja, ni una ironía. Le hubiera escrito algo a Pep Tosar. Y yo, desde luego, no faltaría al estreno.