Rock psicodélico fermentado en experiencia

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Explosivos, con un aire de rock clásico y atrevido, los ingleses de The Brew se han consolidado en seis discos y como una de las bandas de referencia del sonido de los setenta.

Esta es la crónica de una segunda oportunidad. De una segunda oportunidad en el mundo de la música, así que no es una historia común, sino algo absolutamente extraordinario. Tim Smith quería ser estrella del rock, pero la pequeña ciudad portuaria de Grimsby, abierta al Mar del Norte no era desde luego el mejor escenario posible para sus pretensiones de adolescente. No al menos a mediados de los años setenta, cuando además todos los adolescentes ingleses querían ser estrellas del rock. Tim no dejó nunca las cuatro cuerdas de su m bajo. Se hizo un hombre y siguió tocando. Tuvo un trabajo, casa, hipoteca, esposa, y siguió tocando. Tuvo un hijo y siguió tocando hasta convertirlo en su único seguidor. Quiso que tocara, pero al chaval le interesaron más las baquetas de la batería. Tim siguió tocando, con un batería al que le sacaba treinta años de experiencia, y que llevaba su misma sangre. Entonces, Tim Smith quiso que Kurtis Smith fuera una estrella del rock del siglo XXI. Y siguió tocando. Con él. Para él. Y decidió montar una banda.

El verbo inglés to brew tiene ocho traducciones posibles al castellano. Alguna tan british como infusionar (el té) o elaborar cerveza. Otras, contrarias en su sentido, como promocionar, reposar, fabricar o amenazar. Pero el que alude al proceso de fermentación es el que mejor define a la banda británica, que en sólo seis años ya ha ingresado en la categoría de leyenda del revival rock. Eso es lo que hizo Tim Smith: hacer fermentar su experiencia sobre una base de talento, veinte años después de lo que podría haber sido una frustración.

Esta es una crónica imposible, de una segunda oportunidad en la música. Tenían bajista veterano, elegante y templado. Tenían batería joven, enérgico, agresivo y brillante. Faltaba una voz, un rostro sexy que poner en los carteles, y a ser posible que supiera tocar la guitarra. Un par de años después, la firma Gibson decidiría patrocinar a ese guitarrista de dieciocho años, llamado Jason Barwick, por considerarlo uno de los mejores del mundo, en una lista en la que estaban Eric Clapton o B.B. King o Mark Knopfler, pero eso es adelantar acontecimientos.

Necesitaban un cantante guaperas y un guitarrista solvente. Fue entonces cuando por el garaje de Tim Smith apareció un chaval con cazadora ajustada de cuero y con un pañuelo estampado al cuello que caía por debajo de sus caderas. Rostro perfilado y marcado de ojeras que hablaban de horas tocando la guitarra. La conectó al amplificador y de entre los miles de canciones que podía haber escogido para la audición, la púa dibujó los arpegios de Pinball Wizard, de The Who. Era el guitarrista solvente. Era el cantante guaperas. Era el toque psicodélico. Era la personalidad, el encanto canalla. Sería uno de los mejores guitarristas del mundo, para Gibson. Ni más ni menos que para Gibson.

Tim descubrió en ese mismo instante que la banda estaba empezando a fermentar. Tocaba componer temas en los que encerrar la impulsividad adolescente de dos tipos que sólo pensaban en divertirse tocando. Tim Smith quería convertirlos en estrellas del rock, haciendo que se divirtieran en el camino.

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Sobre el escenario, The Brew cuenta con una solidez inquebrantable, con una unidad incuestionable. Nadie podría reemplazar a ninguno de ellos, aunque algún directivo de discográfica sin escrúpulos haya planteado la posibilidad de sustituir al veterano mentor por otro par de adolescentes para remedar el fenómeno tantas veces elevado a la categoría de mito con fecha de caducidad. El bajista crea el espacio para que su hijo se marque un solo de batería de ocho minutos, hasta romper las baquetas y continuar golpeando cajas y platos con las manos., mientras que él toma una cerveza en el camerino junto a Jason. También para que Jason, después de apurar la cerveza, destroce un arco de violín contra las cuerdas de su Les Paul, como hicieron Hendrix o Page.

Tim Smith es ya una estrella del rock. La paciencia le ha granjeado una segunda oportunidad entre inusual e imposible en el mundo de la música. Desde el escenario, hace del manager que no quiere ser (sólo quiere ser estrella del rock, cuando sea tan mayor como dice su partida de bautismo, y ahora que el escenario le ha devuelto a los psicodélicos setenta). Parapetado en su bajo, vigila amenazante al técnico de sonido, para que suba o baje. Mientras, Jason salta en estilo libre, dando una nota agresiva al mismo tiempo que sus pies retumban sobre las tablas. Tim marca los tiempos del tema en el directo. Mientras, su hijo se encierra en la atmósfera vibrante delimitada por la batería, ajeno al resto del mundo.

The Brew van por libre. Seis discos y tres dvd’s de sus directos editados en siete años, en un contexto de supuesta crisis de la industria discográfica. Solo tres músicos sobre el escenario, llenando las salas de un sonido que reproduce con alta fidelidad el ambiente de los garitos de Hamburgo o de Liverpool en los que renació la música. Un guitarrista que es infiel a Gibson haciendo media tocata con una Stratocaster de la más directa competencia. Un padre que se convierte en estrella con la banda de su hijo y un colega adolescente. Rock que suena a gramola, pero con la violencia incontenible de quienes tocaban cuando el rock sonaba en las gramolas. Adolescentes que enamoran a adolescentes, cuando consiguen evadirse de su obsesión por la música, que les hace destrozar instrumentos y disparar su rabia en saltos imposibles.