Roger Moore: Bond sepultado bajo la idiotez

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Que Roger Moore ha sido el peor James Bond de todos es algo que pocos se atreverán a discutir. Y que las películas protagonizadas por él (las de la saga 007) son entre pésimas y lastimosas tampoco es algo que se aleje en exceso de la verdad. Coincide la llegada a la serie de Moore con un giro de producción y en los guiones que consistió en dar un aire más juvenil y otro aire más irónico. El resultado es una ventisca llena de mal cine, llena de estupideces que nada tienen de juvenil y llena de un humor casposo propio de cualquier personaje añejo y soso.

Un vistazo a un par de películas protagonizadas por Roger Moore. La cosa no da para más.

La espía que me amó. Roger Moore es el actor que menos ha hecho por el bien de James Bond. Ni fue un buen 007, ni se pareció nuca a él. Quizás, La espía que me amó sea, de las películas que protagonizó, la única en la que Bond-Moore no parece tonto de remate. Bond en manos de Moore siempre fue una parodia.
De todos modos y pase lo que pase, los amantes de James Bond lo son al precio que sea. De la excelencia de Connery, de la inseguridad de Lazbury, de la frivolidad estúpida de Moore, de la sobriedad de Dalton o de la profesionalidad de Brosnan o Craig, son capaces de sacar el máximo rendimiento.
La espia que me amó fue dirigida por Lewis Gilbert en 1977. Con un presupuesto extraordinario, consiguió una película con grandes lagunas en todos los aspectos. Se trata de una película que, a diferencia de las de Connery, ha envejecido muy mal y, vista hoy, el sabor anejo no deja disfrutar de lo que se ve.
Lo mejor de la película es el trabajo de Derek Meddings. Sus maquetas y efectos especiales fueron asombrosos en su momento y todavía hoy gustan al verlos. También la música de Marvin Hamlisch (por debajo de las partituras de John Barry) está a buen nivel. El tema principal de la película es extraordinario. Lo interpreta Carly Simon. En el apartado de cosas buenas de verdad entra el diseño de producción de Ken Adam. Francamente, notable.
La espía que me amó es la décima entrega de la serie Bond. Y fue la tercera aparición de Moore como 007. Le acompaña una flojita Bárbara Bach. Guapa, pero sosa y forzada. Desde luego, no le ayuda un guión que presenta a su personaje (Mayor Anya Amosoja, alias xxx) como una mujer meticulosa, valiente, intuitiva y feroz, para dejar que se convierta en una chica Bond más según avanza la trama. Su faceta de profesional del espionaje desaparece en favor de 007. A veces, parece un perrito asustado que depende del agente británico. Y, desde luego, la idea primitiva es otra.

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Los villanos son Curd Jürgens (un loco que quiere provocar una guerra nuclear con el fin de que el ser humano comience una nueva vida en los fondos oceánicos) y Richard Kiel (un secuaz del loco Stromberg que tiene una dentadura metálica, la fuerza de un gorila y la inteligencia de un mosquito; se le conoce como Tiburón). Son villanos, pero menos. La eficacia de Stromberg eliminando enemigos es relativa y la ferocidad de Tiburón es casi cómica (el guionista le utiliza en las fases de autoparodia características de la serie Bond).
Y 007 en manos de Moore. Como en esta película se limita ese humor tan irritante de las anteriores entregas protagonizadas por este hombre, la cosa se hace más llevadera. Pero vaya, que una pelea de este Bond es de risa si la comparamos con alguna de Connery (¿Recuerdan el enfrentamiento de Bond con el villano viajando en el tren en Desde Rusia con amor?), que una ironía en boca de este 007 suena a chistecito barato y facilón, que el galán es como de cartón piedra.

Los amantes de los ingenios de la serie pueden disfrutar de varios aunque sobresale el Lotus acuático. Está muy logrado y resulta hasta creíble.
La escena de inicio es espectacular a pesar de que el montaje deja mucho que desear. Es una persecución sobre la nieve en la que tan pronto los perseguidores están encima del perseguido o a dos kilómetros para dar algo de recorrido a la escena.
Una última cosa. Forma parte del equipo de los villanos una tal Naomi. Encarnada por Carolina Munro. Siempre pensé que hubiera sido una agente xxx mucho más apropiada.
La espía que me amó es una película entretenida con localizaciones espléndidas y es una excusa de primera para pasar una tarde cualquiera frente al televisor. Y es que es de James Bond. Y eso es muy, pero que muy importante.

Octopussy

Octopussy. En 1983, cuando se estrena Octopussy, el nivel se eleva hasta límites asombrosos. Un 007 al que le falta un andador, una idiotez en el guión fuera de lo normal y unos diálogos lamentables. Alguien dijo que la película es entretenida y se deja ver. Pues no. Es un tostón y no hay quien, siendo seguidor de Bond y amante del cine, pueda mirar la pantalla sin ruborizarse.
Octopussy nace de la lectura de dos relatos breves firmados por Fleming. Octopussy y Property of a lady. De ahí sale la primera idea que, más tarde, se mezcla con un guión que nada tiene que ver. Un refrito espantoso. Esta es la 13ª entrega de la serie y la sexta en la que aparece, por desgracia, Roger Moore. En ese momento, 1983, Indiana Jones se mueve con fuerza por las pantallas y se trata, con esta película, de emular las aventuras del héroe. Lógicamente, sin resultado alguno. Para que ustedes se hagan una idea, James Bond aparece gritando como Tarzán y se lanza de liana en liana. Pero, además, va de un lado a otro a caballo (¿recuerdan a Indiana?) tratando de parodiar las persecuciones propias de los westerms; y, si se trata de agua, se traslada dentro de un cocodrilo mecánico. Como remate, Bond se disfraza de payaso en un auténtico climax de patetismo (una excelente metáfora de la época Moore).

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Con estos mimbres, John Glen hace lo que puede. Sin resultado positivo, tampoco. Vemos una persecución en la jungla india que está mal rodada, mal montada y mal rematada. Una constante en la película. Y es que cuando no hay de donde sacar es mejor dejarlo estar. Por otra parte, la credibilidad narrativa es nula. El circo femenino de Octopussy es, no solamente poco creíble, es un desastre interpretativo.
Los villanos, Louis Jordan y Kabir Bedi, no son más que secundarios planos que si los cambiasen por otros distintos, sería lo mismo. Y las chicas Bond, Maud Adams (la única que repitió durante la serie) y Kristina Wayborn, son como floreros en la trama. Por cierto, Bond vuelve a ser el de La espía que me amó, en cuanto a su relación con la protagonista que queda reducida a una especie de caniche desvalido y necesitado de un amo protector.
Se salva del desastre la escena inicial en la que Bond escapa a bordo de un avión muy curioso y no está mal la escena final que se desarrolla en otro avión más convencional (esta vez es una pelea en el exterior de la nave y en pleno vuelo).
Desmontar un personaje con el carisma de James Bond ya parece una herejía. Hacerlo para convertirlo en un fantoche debería ser un delito con posibilidad de grandes penas. Porque hacer una mala película de aventuras, no tener gracia o querer ganar dinero ofreciendo un pastiche, tiene cierta justificación y lo han hecho muchos y muchas veces; pero hacer esto con un personaje como el de Fleming no tiene perdón alguno.