Salinger

En un tono periodístico, muchas veces testimonial (hay más de doscientas personas participando en un proyecto de investigación que llevó nueve años y medio el realizarlo), se entregó el año pasado, aprovechando la reciente desaparición del homenajeado, la última biografía, que se pretende rigurosa, en cuanto a multifocal, del autor de El guardián entre el centeno, aquella novela considerada por muchos algo más que un adalid de la contracultura norteamericana y por otros, como novela antisistema contada por un niño pijo.

Salinger es Salinger, sí. Y no lo sería tanto si no se hubiese alistado antes de los dieciocho en el Ejército y no hubiese participado en hechos tan trascendentes como el desembarco en la playa de Utah en Francia o la batalla de las Árdenas, cerca de Alemania. También es verdad que lo hizo desde el contraespionaje, pero ello no le salvo de ser un especial testigo de aquella masacre. Al final del libro se insiste también en un dato interesante y es que Jerry tenía un único testículo y esa tara, al parecer de nacimiento, producto de un problema genético adquirido de su familia, le hizo estar a conciencia en segundo plano, más de lo que hubiese podido imaginar.

Antes de llegar al Frente, J.D. vivió una vida intensa en el Upper East neoyorkino; las contradicciones religiosas de sus padres (ella católica, él judío) hicieron que conociese a través de su afición escolar al teatro, a Oona O’Neill, hija del dramaturgo Eugene, que tras probar su elegancia en paseos que a él deslumbraron, acabó primero exhibiéndose en clubs que Jerome consideraba desaconsejables y luego casándose nada más y nada menos que con Charlie Chaplin. Esto causaría un trauma en nuestro escritor, pero hubo otras muchas chicas en su vida.

El asunto de las mujeres y Salinger, así como su decisión de desaparecer a intervalos para acabar siempre fotografiado durante los últimos cincuenta años de su vida, resulta controvertido. Parece cierto que a raíz de que acabara la Guerra, se enamoró y vivió con una alemana que también le plantó para ejercer la medicina en Suiza, sin embargo el acontecimiento que más le marcaría sería su estancia en un hospital psiquiátrico militar, diagnosticado de un trastorno por estrés postraumático, que se haría crónico debido al total cúmulo de circunstancias que vivió y que aparecen aquí documentadas desde el respeto.

Ya durante la guerra le empezó a obsesionar Holden Caulfield, aquel guardián que muchos consideraron cazador, debido a las ulteriores consecuencias sociales que la publicación del libro tuvo en el asesinato de John Lennon y, también, en la muerte de Ronald Reagan.

Convenientemente distanciado de Holden, Salinger niega la posibilidad de llevar al cine su historia (Billy Wilder y los grandes dialoguistas de Casablanca lo intentaron), pero se adapta uno de sus Nueve cuentos, la historia del tío Wiggily en Connecticut con un resultado (Mi loco corazón) del que abominó el autor, convirtiendo una historia de perdedores alcoholizados en un melodrama sentimentaloide.

Acostumbrado a ser una firma habitual del New Yorker, vivirá el desafío a su editor por parte de Tom Wolfe en otro diario, de una manera desgarradora, pero esto será una vez publicados no sólo sus primeros cuentos, sino también Franny y Zooey, Levantad carpinteros la viga del tejado y “Seymour, una introducción” .

La ambivalencia de sus personajes, así como la deriva hacia el gnosticismo Vedanta; religión que empezó a practicar a partir del zen y que su hija Margaret definió como secta en su posterior libro de memorias en contra de él; hizo ser vilipendiado en sus tres últimos títulos por los críticos que antes le agasajaban. Periodistas que intentaban seducirlo y que no consiguieron más que monosílabos como respuesta a sus preguntas, fotógrafos paparazzi que se sentaban horas a esperarlo en su gasolinera o supermercado habitual, hicieron posible que el escritor no cayese en el olvido en su propio país. Sin embargo, su metafórico búnker de New Hampsphire estaba bien acorazado.

Se dice también que después de editar sus Nueve cuentos, J.D. perdió el sentido de la realidad, al querer desembarzarse de su ego, ese que le permitió a su vez, seguir trabajando sobre sus criaturas sin necesidad de seguir publicando.

En cualquier caso y dado que los Caulfield y los Glass fueron su obsesión, se prometen desde la industria editorial norteamericana nuevas vicisitudes que harán las delicias de sus lectores para antes de acabar 2015.

Calificación: Muy interesante.
Tipo de lector: Salingeriano o interesado en su leyenda.
Tipo de lectura: Muy documentada.
Argumento: Vida y obra de…
Personajes: Algunos realmente curiosos.
¿Dónde leerlo?: En una pinacoteca donde exhiban cuadros de Hopper.