Sin novedad en el frente: Cine bélico… antibélico

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«Sin novedad en el frente», excelente película de Lewis Milestone sobre la Primera Guerra Mundial, mostró el sufrimiento de los militares del bando alemán, lo cual resultaba inusitado en el cine norteamericano, que habitualmente les representaba como seres deshumanizados. Generó sorpresa, pero también un gran reconocimiento y obtuvo los Oscars a la mejor película y dirección de 1930.  

Mientras que la lucha en la Segunda Guerra Mundial se nos antoja inevitable, como única vía para parar los pies a Hitler y su voluntad de transformar el mundo según su espantosa concepción, la Primera Guerra Mundial puede resultar innecesaria según la sensibilidad actual, al tratarse esencialmente de una colisión entre imperios expansionistas para mejorar sus posiciones geopolíticas. Por eso, la I Guerra es un trasfondo mucho más propicio para proyectar un mensaje antibelicista que la segunda, como evidencia Sin novedad en el frente (All quiet on the western front), extraordinario largometraje norteamericano de 1930 sobre los soldados alemanes en la batalla, dirigida por un emigrante ruso judío (Lewis Milestone).

Lo original de la historia radica en que fue la primera película producida en Hollywood que estaba narrada desde la perspectiva alemana y que no presentaba a los militares teutones como máquinas de matar, sino que ofrecía una visión profundamente humana de los mismos, mostrando su miedo, su desconcierto y su dolor. Curiosamente, mientras que algunos países que habían luchado en el bando Aliado se indignaron porque tacharon la película de germanófila, el régimen nazi la condenó años después por su potencial para desalentar a sus tropas. Lo cierto es que el mensaje pacifista de la historia era universal, por lo que era irrelevante de qué nacionalidad fueran los soldados que protagonizaban la trama.

El guión de Maxwell Anderson se basó en la novela más famosa del reconocido autor germano antibelicista Erich Maria Remarque, que volvió del frente con la psique muy afectada y logró ir exorcizando sus demonios a través de una serie de novelas. El protagonista, Paul (Lew Ayres) y sus compañeros de clase cuentan sólo 18 o 19 años cuando deciden alistarse en la infantería alemana en 1914, plenos de exaltación patriótica. Paul va viviendo cómo a lo largo de los cuatro años en la guerra de trincheras, sus amigos van muriendo víctimas de la metralla en el campo de batalla o de terribles mutilaciones mal tratadas debido a las pésimas condiciones sanitarias de los hospitales de campaña y va aprendiendo que la guerra destroza a los seres humanos porque no sólo acaba con la vida de millares sino que aniquila la esperanza y la paz de espíritu de los supervivientes.

Milestone retrató con mano maestra las sensaciones y emociones experimentadas en el frente: el miedo, el valor, el hambre, el dolor, el compañerismo, la soledad, el asco, la compasión, la rabia, el tedio, el HORROR… EL HORROR. También mostró, a través de las vivencias de Paul en un permiso, la dificultad de los soldados para readaptarse a la vida civil, donde generan incomodidad y son víctimas de la incomprensión de aquellos que no han participado en la batalla.

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Lew Ayres, joven actor norteamericano que entonces contaba apenas veintidós años, fue una elección muy acertada para encarnar a Paul, ya que su rostro aniñado y expresivo transparentaba un sinfín de emociones, provocando la identificación del espectador o al menos su empatía. Con Sin novedad en el frente alcanzó la cumbre de su carrera y se involucró tanto con su papel, que se hizo objetor.

Por su parte, Lewis Milestone hizo en la década de los 40 una serie de películas sobre la segunda guerra mundial que, lejos de ser pacifistas, pretendían concienciar sobre la necesidad de combatir el nazismo. Posiblemente, el director no había cambiado su postura en lo esencial sino que consideró que participar en este conflicto era irrenunciable si se quería evitar que el mundo quedara dominado por quienes creían en la supremacía racial y el genocidio sistemático. Era un hombre sensible que había sufrido duros avatares, pues tuvo que emigrar de la convulsa Rusia a Estados Unidos a principios del siglo XX buscando el sueño americano. Encontró trabajo en el medio cinematográfico, empezando como ayudante de fotografía y luego como montador, antes de su salto a la dirección. Su sólida preparación técnica se aprecia en la iluminación de la película y en lo efectivo de su montaje.

Hay momentos extraordinarios a lo largo del metraje, como aquel diálogo en que un soldado expresa con desconcierto que no sabe por qué está luchando dado que no tiene nada contra sus supuestos enemigos. O aquel en que Paul se reencuentra con el maduro militar que le ha enseñado a sobrevivir en las trincheras y con el que ha desarrollado una profunda amistad. O aquel en que el protagonista se sorprende al ver cómo la naturaleza, representada por una mariposa sobrevolando el campo de batalla, permanece impertérrita en medio de la desolación causada por los hombres.

Pero probablemente una de las escenas más poderosas de la película es aquella en que Paul vuelve a su instituto y se sincera con los adolescentes de dieciséis años que esperan aliento para enrolarse, en un alegato estremecedor: «Allá en el frente vives o mueres y eso es todo. No se puede engañar a nadie al respecto por mucho tiempo. Y allí sabemos que estamos perdidos y acabados, ya muramos o vivamos. Más de tres años hemos sufrido esto, ¡cuatro años ya! Y cada día un año, ¡y cada noche un siglo! Y nuestros cuerpos son tierra y nuestros pensamientos barro ¡y dormimos y comemos con la muerte! Y estamos acabados porque no se puede vivir así y preservar nada dentro de ti!» Sobrecogedor, ¿verdad? La capacidad del talento creador de artistas como Remarque o Milestone para extraer poesía del sufrimiento es una rara y admirable cualidad.

Este largometraje obtuvo el Oscar a la mejor película y a la mejor dirección de 1930. Para muchos, Sin novedad en el frente es junto con Senderos de gloria (Paths of glory) de Stanley Kubrick, la más conmovedora película sobre la Gran Guerra. Comparten idéntico punto de vista pacifista, la misma humanidad profunda, la misma compasión por el soldado que padece en primera línea y similar distancia crítica respecto a quienes deciden poner en juego la vida de sus hombres sin jugarse la propia. En Senderos de gloria sufrían los militares franceses, en Sin novedad en el frente los alemanes. Situados a un lado y otro del campo de batalla, pero todos unidos por una realidad irrefutable, la condición humana… con sus deslumbrantes luces y sus  inquietantes sombras.