Sobre el sentido de ser cultos

La Boheme

La cultura no es cosa de snobs, ni de locos bohemios. La cultura no puede despreciarse porque eso supone lanzar un torpedo a la línea de flotación de la condición humana. La cultura es la herramienta que nos permite comprender lo que sucede a lo largo de nuestra existencia, el único camino posible para un ser humano que tiene vocación de ser infinito aun siendo mortal.

Todo en la vida tiene un sentido, un porqué. Nada es por nada. Por eso, cuando algo parece no tener un fin determinado o no se le encuentra con facilidad, perdemos el interés por ello.

Las personas buscamos todo aquello que nos facilita o explica la existencia. Puede ser esta la razón por la que muchos no se interesan por ser cultos en absoluto. El esfuerzo suele ser sinónimo de dificultad y nunca de facilidad. Y, al mismo tiempo, puede que sea esta la razón por la que algunos quieren dibujar la cultura como algo insignificante y propia de un grupo de descamisados o locos. La explicación del universo podría abrir los ojos de muchos y eso no interesa demasiado en algunos sectores sociales y políticos. Sea como sea, llegar a la cultura parece un camino difícil, lleno de obstáculos que colocamos unos y otros. Podría parecer mentira, pero sucede que algunos grupos de intelectuales, artistas y personas que creen serlo, tratan de impedir que la cultura sea un bien común al servicio del ser humano.

Ser culto no es fácil, requiere un esfuerzo intelectual considerable que no todo el mundo está dispuesto a realizar. Si a eso le sumamos que tener una cultura media parece no servir de nada, la cosa se complica. Aunque, por supuesto, esto último es una percepción errónea. Al fin y al cabo, la cultura es saber vivir, es entender nuestro papel y el de los otros, el de todos.

Ni es duro ser culto ni es inservible. Todo lo contrario. Del mismo modo que sucede al practicar un deporte, al cocinar o al poner enchufes en una pared, la práctica es fundamental. Sí, con la cabeza también se entrena. Ganando experiencia, las cosas se hacen mejor, más rápidamente; y suponen una satisfacción mayor. En el terreno de la cultura ocurre lo mismo. Poco a poco, se aprende a base de leer, de pensar, de escuchar música, de analizar cuadros o de lo que sea. Pero, llegado el momento, todo es más ágil, todo se recibe sin casi percibir el esfuerzo y lo que resultaba molesto cuando los conocimientos eran pocos se transforma en una catarata que inunda la existencia. Eso por un lado. El esfuerzo recibe una recompensa inmensa.

Pero, además, lo importante es que ser culto significa ser libre y, por tanto, nos otorga el poder de modificar la realidad sin miedos, con criterios claros y poderosos. Tal vez alguien pudiera pensar que el mundo ha evolucionado por las buenas o porque nos visitaron unos seres extraterrestres llegados desde el planeta Gamiteco hace unos miles de años. Y no. El mundo es como es gracias a los grandes pensadores y artistas de todos los tiempos, gracias a los avances que provocaron en todos y cada uno de los estratos sociales de cada época. Unos pocos pensaron el cambio y todos consiguieron hacerlo realidad. Porque el sentido de la cultura es poder entender y poder entendernos para saber tomar las decisiones correctas y marcar el mejor de los caminos; el sentido de la cultura se encuentra en saber cómo evolucionar sin desaparecer del mapa antes del tiempo (me refiero a la humanidad y no a las personas, claro). Si algo tiene sentido para el ser humano es ser culto. Si algo le hace grande es eso y no otra cosa. Si alguien se pregunta para qué tiene que ser culto y sigue al frente del televisor porque le parece un esfuerzo innecesario está condenado a pasar por este mundo de puntillas y sin pintar demasiado.

Y aquí conectamos con la idea que lanzan desde hace años algunos a través de los medios de comunicación: la cultura es cosa de unos petardos que quieren vivir de las subvenciones estatales, que no pagan impuestos y que están como una cabra; todo el día fumando, bebiendo y comiendo la sopa boba. Y es que el poder siempre tuvo un miedo atroz a todo lo que tiene que ver con la inteligencia, la reflexión, con el universo cultural. La libertad no le hace gracia a ningún gobernante. Y cuando digo a ninguno digo a ninguno de ellos. Ni a los de siempre ni a los que llegan.

La cultura es universal, la cultura nos hace fuertes. Por eso el desprestigiar todo y a todos los que están inmersos en los sistemas culturales siempre fue una actividad muy aplaudida por los poderosos y sus acólitos.

Si dejamos que nos engañen con la importancia vital del dinero, con lo fundamental que resulta consumir y tener, si nos dejamos engañar con estas monsergas, terminaremos despreciando (todavía más) la cultura, no buscaremos el sentido necesario de nuestra vida y nos iremos haciendo enanos. Irremediablemente pequeños.

Hay que ser culto para vivir, para lograr pasar por la vida dejando huella por pequeña que sea. Hay que ser culto para disfrutar, para construir una vida desde un criterio claro y no como pollo sin cabeza. Hay que ser culto para no intentar inventar lo que otros superaron hace siglos, para no hacer el ridículo rebosando ignorancia por los cuatro costados. Hay que ser culto para ser persona.