Sobre la buena salud de las “vírgenes consagradas”

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Hace ya más de trescientos años de la primera edición del Tratado de las enfermedades de los artesanos de Bernardino Ramazzini. Una obra exhaustiva, magnífica, que ilustra como pocos la vida y las costumbres de esa época. Minuciosa, tremendamente descriptiva y agudísima en sus observaciones, deja traslucir en sus páginas no ya la preocupación de un médico por sus pacientes, sino una concepción auténticamente social de la medicina. Avanzadísimo para su época (y para esta) estudia pormenorizadamente todos los aspectos relativos a la salud, vinculados con el ejercicio de cada oficio y forma de vida de quienes lo ejercen, preocupado no solo por sanarlos, sino por procurar que vivan lo mejor posible. Más de 50 profesiones, desde los cloaqueros hasta los hombres de letras, a las que se añadieron las vírgenes consagradas en su segunda edición. El primer tratado de medicina del trabajo. Hasta 1999, el único en el que se abordaban las condiciones de trabajo de las religiosas. Ese año, la Prevención llegó al convento.

Tengo que reconocer que, cuando me prestaron el «Tratado de las enfermedades de los artesanos», no imaginaba hasta qué punto tenían razón al decir que me iba a gustar. Con ese título, y habiendo sido publicado en 1700, suponía que iba a resultar una lectura instructiva, pero no estaba nada convencida de que pudiera resultar amena. A fin de cuentas, yo no soy experta en la materia. Desde la visión profana, imaginaba un tomo en el que se enumerasen las enfermedades, definición de las mismas, síntomatología, diagnóstico y tratamiento. Un libro para médicos, escrito por un médico. De hace tres siglos, eso sí. Pero, como neófita y todo, reconozco que es un tema que me atrae, lo cogí encantada. Además, uno de sus capítulos tenía relación con un librito que acababa de leer, «La prevención llega al convento», el cual me había parecido francamente curioso e interesante. De modo que empecé directamente por dicho capítulo…y a continuación, me puse a leerlo desde el principio, totalmente sorprendida con lo que había resultado ser. Además de médico y filósofo, Bernardino Ramazzini era un escritor magnífico. El libro tiene un estilo ágil y didáctico, salpicado de anécdotas, reflexiones, observaciones y citas (de Hipócrates, principalmente), en las que se apoya y con las que defiende su postura, sabedor de que para los médicos, que «se las dan de limpios y aseados», pasar a las letrinas, bajar a las cloacas, entrar en los talleres y en las minas, es, además de algo inconcebible, un desdoro. No así para él, que lo considera una obligación, ya que solo el conocimiento de cómo trabajan los artesanos puede hacerle saber cómo evitar, o paliar, las enfermedades contraídas por razón de su ocupación. Y considera que, dado el servicio que estos prestan a la sociedad, es justo que esta, y quienes, en ella, se ocupan de procurar su salud, se impliquen al máximo para lograrlo.

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Por supuesto, de los oficios citados, algunos ya no existen. En cuanto a los que perviven, los tiempos han cambiado, y, con ellos, los procedimientos y materias primas, si bien muchas cosas se mantienen tal cual. La prescripción a los deportistas de abstenerse de sexo, sin ir más lejos, que tan innovadora parece, ya fue estudiada por Ramazzini. Algunos han cambiado tanto en su forma de ejecutarse (en este lado del mundo), que prácticamente se han transformado en oficios distintos, como puede ser el caso de los notarios, los farmacéuticos, o las comadronas. Y otros, sencillamente, parecen haberse vuelto invisibles, vividos de puertas cerradas al mundo. Es el caso de las monjas, a las que Ramazzini dedica un capítulo completo, bajo el título «Disertación sobre el cuidado de la salud de las vírgenes consagradas», que introduce en la segunda edición (1713) y uno de los más extensos. Es, además, uno de los apartados en los que más claramente se expone esa visión preventiva del autor, cuya intención inicial era – afirma – «disertar acerca de las enfermedades de las monjas y su tratamiento»; pero que estimó «más conveniente adelantar esta disertación sobre la conservación de sus salud, por considerar que tiene mucho más mérito preservar de las enfermedades que curarlas». Son una serie de directrices básicas que «estima conveniente proponer a las vírgenes consagradas para su buena salud, a fin de que con más alegría perseveren en la institución que tan generosamente han abrazado. Y es que el autor considera que es obra grande, comparable al más duro martirio, el que una muchacha virgen se obligue con voto a guardar perpetua castidad, pues, como decía elegantemente San Jerónimo: es contra la naturaleza, y está más incluso más allá de la naturaleza, el no ejercitar aquello para lo que ha nacido, matar en sí misma la propia raíz, y coger solamente los frutos de la virginidad». El respeto hacia aquellas mujeres que han decidido entregar de esta manera su vida a Dios, y la preocupación por su salud, impregnan el capítulo. Pues considera el autor «reservada únicamente a la religión cristiana , el tener reservada la gloria y el ornato de las vírgenes consagradas» (solo las vestales podían equipararse, y éstas, a los 30 años de servicio a Vesta, podían casarse y transferir las jubiladas arrugas al lecho nupcial), y, al ser la vida de las monjas en sus claustros una especie de milicia sagrada en campamentos fijos, a pie firme, considera que «deben tener, igual que el ejército regular, médicos doctos y peritos que miren por su buena salud». Ciertamente, Ramazzini lo hace. De hecho, en el capítulo dedicado a las nodrizas, también aparecen mencionadas, ya que comparten con éstas, si bien por motivos diferentes (en el caso de las nodrizas, parece ser que era una costumbre del oficio, con la que Ramazzini estaba en desacuerdo), la vida en castidad, lo que, en su opininón, dada la relación del útero con el pecho, aumentaba la posibilidad de tener cáncer de mama. Ramazzini considera que el no poder dar el útero rienda suelta a sus instintos, es la primera causa de dicho mal, y observaba cómo en las monjas, que guardan celibato, tiene una prevalencia mucho mayor que en el resto de las mujeres. Especialmente, afirma, «en monjas de buen aspecto y con menstruaciones normales, pero dotadas de naturaleza lasciva». En cuanto a las recomendaciones que hace en su «Disertación sobre el cuidado…», abarcan desde la ubicación de los conventos, hasta el sueño, pasando por la bebida y alimentación. Vigilar la limpieza del aire, consumir vinos viejos, y saludables, no rebajarlos con agua hasta el momento de servirlos, abstenerse de legumbres, «que provocan flatulencias y fantasías afrodisíacas», y no mantener ayunos prolongados, Procurar un buen sueño, cuya carencia, por las condiciones de las estancias y los horarios, hacen que sea lo que encuentra que más daña a la salud de las monjas, junto con la falta de ejercicio físico, «desde que a Bonifacio VIII le pareció más conveniente que estuvieran encerradas en sus monasterios». Y, por supuesto, tener debidamente ordenados los movimientos del alma, recomendando vivamente a las vírgenes consagradas guardarse de las pasiones de la misma. Consejos básicos, pero fundamentales.

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Como son también básicas las recomendaciones que se hacen desde «La prevención llega al convento. Aprende Ergonomía con Sor Alegría». La ergonomía (es decir, la adecuación del entorno – laboral – al usuario), que hace años ya que entró en los centros de trabajo, y tanto ha contribuido a mejorar la salud, y a evitar o minimizar patologías derivadas del mismo, aún no había entrado en los conventos, a pesar de lo indudablemente beneficiosa que resultaría para el mejor desempeño de sus labores. Porque, al carecer de consideración de trabajadoras, están fuera del ámbito de aplicación, por ejemplo, de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. Lo que no impide la alta incidencia entre las religiosas de enfermedades degenerativas, sobre todo de columna vertebral y rodillas. Los conventos no son centros de trabajo como tal. No tienen servicio de prevención, no se realizan evaluaciones iniciales de riesgos, ni planes preventivos o de formación. Algo en lo que se reparó durante el curso «Las Buenas Prácticas Ergonómicas en la empresa», de verano de la Universidad de Laredo, allá por junio de 1999, celebrado muy cerca del convento de las Hermanas Trinitarias de dicha localidad. Con él, los autores (un equipo multidisciplinar formado por Ángel María Moya, Elena Bartol y José Manuel Corbelle, al que se incorpora la visión como teólogo y filósofo de JMA) pretendían hacer un sencillo documento divulgativo para que las religiosas pudieran tener conocimiento de lo que es la ergonomía y cómo aplicarla en sus quehaceres diarios. Indican en el prólogo que respetando la creencia de algunas culturas de que el sufrimiento y la mortificación son formas de ponerse en contacto con Dios, lo que plantean es que puedan ser conscientes de las enfermedades que pueden derivarse de los trabajos realizados de forma incorrecta, o de malas posturas. Cambiar los malos hábitos. Era necesario, no obstante la buena intención, tener un conocimiento preciso de cuáles son las tareas más habituales en un convento, así como del entorno en que se realizan. Había que entrar. Lo que supuso pedir, por supuesto, permiso al Obispado de Santander, que lo autorizó gracias que Angel María Moya, Eli, es,a pesar de la inmediata asociación del nombre con el masculino, una mujer. Una mujer especialista en ergonomía. Afortunadamente, porque fue la única del grupo de trabajo que pudo penetrar en el convento, y, sin ello, hubiera sido imposible realizar este manual. En él se enumeran las tareas realizadas, y con pequeños textos, se dan las pautas básicas para hacerlas de modo que incidan lo menos posible en la salud. Dos personajes se ocupan de servir de ejemplo: Sor Alegría y Sor Angustias. En el librito, además de las explicaciones teóricas, aparece en cada apartado una ilustración de cada una, mostrando la forma correcta e incorrecta de ejecutar cada labor. Sor Angustias, las realiza del modo erróneo, lo que ha perjudicado su salud, pese a lo cual, y a sus dolores, «sigue haciéndolas con un gran amor». Sor Alegría también ha dado su vida por Dios, pero, gracias a las lecciones de ergonomía que ha podido adquirir, se ha dedicado a ayudar a sus compañeras, mostrándoles la forma correcta de hacer las labores. La enumeración de los trabajos se corresponde a las realizadas concretamente por las Hermanas Trinitarias de Laredo, pero son comunes a la práctica totalidad de comunidades religiosas. Trabajo en la huerta, transporte de cargas, trabajos domésticos, estudio, manejo de ordenadores, y, por supuesto, la oración. De esta forma, de la mano de Sor Alegría, todas ellas podrán beneficiarse de lo aprendido. Y, como indicaba la madre M.Concepción Arribas, en la frase con que se cierra el libro, «con un poco de ergonomía, mantener los cuerpos en celestial armonía».