Solos ante el peligro

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El valor del individuo que se enfrenta sólo a un colectivo moralmente deteriorado, ya sea una banda de delincuentes, un pueblo decadente o una institución corrupta, es una de las temáticas más fructíferamente tratadas por el cinematógrafo. Pocas profesiones son tan adecuadas como la de policía para profundizar en este tipo de material, por la combinación de rasgos de carácter que requiere este trabajo (coraje y conocimiento de las personas) con las circunstancias en que se desarrolla (contacto con criminales y proximidad a altas instancias de poder).

En una de las mejores obras de Fritz Lang, Los sobornados (The big heat, 1953) Glenn Ford interpreta a un agente de la ley obsesionado con desarticular una banda de delincuentes que tiene sometidos mediante el chantaje o la violencia a numerosos habitantes de la localidad, incluidos algunos cargos públicos. Como consecuencia de ciertos acontecimientos muy dramáticos, Ford pasa a lo largo del metraje de ser un profesional íntegro y respetuoso con las normas a un justiciero sediento de venganza. De esta forma, Lang concentró en una misma película dos de los prototipos que más se han repetido en el género policíaco, el agente del orden ortodoxo y el que se basa en la premisa de que el fin justifica los medios.

Tal vez el máximo exponente del policía honrado fue el que retrató admirablemente Al Pacino en Serpico (Sidney Lumet, 1973), basada en la historia real del italoamericano Frank Serpico, quien se atrevió a denunciar la corrupción generalizada en la policía neoyorquina de los 60 y principios de los 70. La institución estaba plagada de agentes que aceptaban sistemáticamente dinero de los delincuentes con la tácita aquiescencia de sus superiores. Cuando uno de los mandos que prefieren mirar hacia el otro lado, le afea al protagonista que no haga lo mismo y le espeta que la ropa sucia se lava en casa, Pacino responde certeramente “La verdad es que no la lavamos, simplemente está cada vez más sucia”. Lumet era un maestro tanto de la puesta en escena como de la dirección de actores.

Para permitir a los íntérpretes construir la curva emocional del personaje, este director dedicaba varias semanas antes de iniciar el rodaje a ensayos respetando el orden secuencial de la narración. Hay que tener en cuenta que una desventaja de la actuación en el medio cinematográfico es que no se graba respetando cronológicamente la historia sino en función de condicionantes de rodaje, lo que provoca la dificultad para el artista de interpretar la emoción que corresponda en cada momento, sin un hilo evolutivo. El sistema de Lumet contribuyó a que Pacino lograra expresar impecablemente el sentimiento creciente de  impotencia, la rabia y el miedo contenido del personaje.

Otros agentes de la ley íntegros que descubren que la corrupción está asentada en el seno de la institución de la que forman parte y se atreven a combatirla jugándose la vida son Harrison Ford en Único testigo (Witness, Peter Weir, 1985)  y Russell Crowe en L.A. Confidential (Curtis Hanson, 1997).

En la primera, Ford encarna al detective de homicidios de Filadelfia que se ve obligado a refugiarse en el pueblo de un niño amish (Lukas Haas) que ha presenciado el asesinato de un agente a manos de otros oficiales. Con un excelente pulso narrativo y basado en un guión muy inteligente, Weir no sólo nos regala un thriller lleno de suspense sino que además retrata el contraste entre dos modos de vida muy distintos y relata una de las más bellas historias de amor imposible del cine, entre el valiente Ford y la ingenua y bondadosa amish madre del único testigo (Kelly McGillis). En L.A. Confidential, ambientada en la década de los 50, Crowe da vida a un policía embrutecido por la faceta oscura de su trabajo hasta el punto de que propina palizas a los sospechosos para que declaren. No obstante, tiene un buen fondo que se evidencia en su defensa de las mujeres maltratadas y en la vulnerabilidad con la que se enamora de la serena prostituta interpretada por Kim Bassinger. El protagonista no es el listo de la clase, pero sí el más valiente y junto con otro compañero menos bravo pero más inteligente (Guy Pearce) va deshilvanando una intrincada trama de corrupción que llega hasta las altas esferas del departamento de policía de Los Angeles. Ambas películas representan cumbres del género policíaco por la riqueza de sus tramas y personajes.

Hay otros extraordinarios largometrajes en los que los agentes de la ley únicamente se enfrentan a los delincuentes y no  a sus propios compañeros. Recordemos algunas de ellas.

Dana Andrews es el lacónico detective de homicidios en Laura (Otto Preminger, 1944), al que le encargan investigar el presunto asesinato de una bellísima mujer, Laura Hunt (Gene Tierney). Mientras realiza sus averiguaciones, se siente cada vez más atraido por la personalidad de la víctima, a la que va conociendo a través de los ojos de quienes le quisieron. En un giro sorprendente de la trama, la mujer pasa de ser víctima a sospechosa, por lo que el enamorado policía se ve obligado a interrogarle como tal. En la década dorada del cine negro, Laura destaca como una de sus obras más emblemáticas y fascinantes.

Otro policía obsesionado por el objeto de su investigación es el protagonista de La vida de los otros, (extraordinaria opera prima de Das Leben der Anderen, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006), un agente de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana, dedicado en cuerpo y alma a desenmascarar a quienes se cuestionen el sistema comunista, en los años previos a la caída del Muro. Ulrich Mühe interpretó a este personaje, un hombre inicialmente convencido de la licitud de una sociedad basada en el pensamiento único y en la delación, pero cuya concepción del mundo cambia, ennobleciéndose, durante la labor de espionaje de una pareja de artistas que anhela la libertad.

Kirk Douglas es el jefe de escuadrón en Brigada 21 (Detective story, Willliam Wyler, 1951) con un historial impecable. Es un personaje complejo pues en el conviven una verdadera vocación de proteger a la sociedad con una intolerancia radical con la falibilidad humana (“Odio a los criminales. No creo en tratarles con contemplaciones”) que preocupa a sus compañeros de trabajo y llena de angustia a su mujer,  interpretada con notable sensibilidad por Eleanor Parker.

Jodie Foster está inmensa como la valerosísima agente del FBI Clarice Starling dispuesta a poner en peligro su salud mental y su vida con tal de atrapar a un temible asesino en serie en la sobrecogedora El silencio de los corderos (The silence of the lambs, Jonathan Demme, 1991). Sus duelos verbales con el psicópata encarcelado interpretado por Anthony Hopkins, que es el único que puede darle pistas para encontrar al otro criminal, son hipnóticos y aterradores a un tiempo. La película adaptó de forma extraordinaria la brillante novela de Thomas Harris y obtuvo el logro de ser la tercera en ganar el oscar en las cinco categorías consideradas principales (película, dirección, actriz y actor principales y guión), lo cual sólo había ocurrido con Sucedió una noche, en 1934 y Alguien voló sobre el nido del cuco, en 1991.

Frances MacDormand es Marge en Fargo (Joel y Ethan Cohen, 1996), brillante película sobre la estupidez humana, la intuitiva oficial de  un tranquilo pueblo de la América profunda en el que nunca pasa nada, hasta que aparecen varios cadáveres en la localidad. Con simpática flema, la agente va deshilvanando el misterio, no sin que antes se produzcan un número significativo de muertes adicionales.

Frente a la honradez de los oficiales mencionados, las películas policíacas también han sido a veces protagonizadas por la figura siniestra del profesional que se ha pasado al lado oscuro. Podemos recordar así a un retorcido Orson Welles en la obra que él mismo dirigió, Sed de mal (Touch of evil, 1958), capaz de inculpar con pruebas falsas a quien se le antoje, ya sea para apuntarse otro tanto en su historial de casos resueltos, ya sea para deshacerse de quien pueda desbaratar sus planes.

Como hemos anticipado, el cine nos ha regalado, además de polis buenos y polis malos, la figura del agente de la ley justiciero, verdaderamente entregado a la causa de la lucha contra el crimen pero maquiavélico en sus métodos. Cuando Harry el Sucio se salta las normas, nos podemos regocijar como espectadores con actuaciones que nos escandalizarían como ciudadanos. Y con ello el cine se erige en vía de escape para realizar nuestro anhelo de justicia, que al estar basado en la idea de la reparación inmediata, se ve tantas veces frustrado por la lentitud de la burocracia y los errores del sistema.