Sombras de Grey: Cincuenta, Más oscuras y Liberadas. La Trilogía

50 sombras grey
El Diario de una lectora imprevisible hace honor a su título y aborda esta semana el comentario de la que fue trilogía de moda, ahora que los tres gruesos tomos y los demás libros secuela publicados a rebufo de aquel fenómeno literario, se apilan perezosos en las secciones de libros de los hipermercados y en los expositores de las grandes cadenas de librerías, de donde volaban en pocas horas hace menos de dos años.
El lector que aun no haya abandonado la lectura de estas líneas por su falta de interés en estos títulos, sentirá la tentación de despachar las inefables Sombras de Grey en todas sus modalidades: Cincuenta, Mas oscuras y Liberadas, con algún calificativo rotundo y expeditivo, como libros basura, literatura de consumo, o simplemente best sellers, que es término importado que goza de muy escaso prestigio en nuestro universo literario. No seré yo quien lleve la contraria a quienes se expresen en esos términos; en mi opinión, los tres libros van, por su orden, de mal a fatal, y desde ahí, a peor todavía. Es, por tanto, difícil aventurar cuales son los motivos por los que el gran público se engancha –nos enganchamos- a productos tan previsibles, desdeñando la mejor literatura con la misma arbitrariedad con la que el niño rechaza la verdura, pese a no haberla probado jamás.
Debo reconocer que, con esfuerzo, finalmente conseguí acabar la trilogía. Inicié la lectura por el principio, es decir, por el volumen titulado Cincuenta sombras de Grey, y es cierto que logró engancharme como enganchan los libros que se pueden leer tomando el sol en un lugar muy ruidoso, que no son todos y casi nunca los mejores. No deja de ser un misterio que alguien aficionado a leer desde la tierna infancia, y que ha disfrutado de auténticas obras maestras (¿qué tal, por ejemplo, Mientras agonizo, de Faulkner?), pueda enfrascarse con semejante sucesión de lugares comunes, mezcolanza infantil entre la Cenicienta en versión Pretty Woman y la Emmanuelle Sosa como el Agua de la Calabaza, si se me permite la boutade, ya que, por suerte, la Sra. Arsan jamás dio vida a un personaje digno de este último apelativo.
Por extraño que resulte, lo cierto es que devoré las 541 páginas de la primera entrega con una mezcla de descreimiento y fruición, aun a pesar de la planicie de la narración y de estar el texto profusamente salpicado de aburridos correos electrónicos, absolutamente prescindibles. Los diálogos -siempre pretendidamente rompedores, siempre tópicos- no logran ocultar el rancio machismo que inspira toda la obra y que más parece transparentar las preferencias de la propia autora que las de su insípida protagonista, la joven Ana, a la que por edad y formación se le supondrían unas relaciones de pareja menos príncipeazulescas.
A medida que avanza el relato uno comprende que tendrá que aceptarlo todo como si de un dogma de fe se tratara; el protagonista, Christian Grey, es guapísimo porque la narradora así lo afirma, es cruel y dominante porque le gusta el sexo duro, y es frágil y tiene mucho misterio porque –y con esto se completa el resto de su perfil- no se deja acariciar ni muerto. La meliflua Ana se supone que es encantadora a base de mostrarse todo el tiempo como un dibujito flaco, deslavazado y complaciente, con un único y vanguardista objetivo en la vida: casarse con el guapo, millonario, maravilloso Grey, y ser la madre de sus lindos cachorrillos. Hay algunos personajes más cuya existencia se limita casi a su enunciado; fantasmas estereotipados y sin carne que aparecen a ratitos y apenas aportan nada. La amiga de Ana es la clásica amiga de la chica, un poquito petarda, un poquito reticente con el novio de su colega; los padres adoptivos de Grey son de manual, y habrían pasado con sobresaliente la prueba de idoneidad para la adopción, y la amante de mediana edad de Grey es el molde de todas las amantes de mediana edad de las novelas románticas con aires modernillos. Todo muy terrible.
En cuanto a las híper jaleadas escenas de sexo, con sus larguísimos y ociosos contratos previos, resultan más sádicas por su reiteración, y su falta de espontaneidad y frescura, que por la pretendida dureza de las escenas, y tienen mucho más que ver con las clásicas convenciones estéticas de las escenas de sexo en el cine, que con la auténtica sexualidad femenina.
Como el primer volumen no desvela el misterio del guapo protagonista, uno se adentra casi sin querer en las escasas y delirantes tramas de los tomos II y III, donde se detectan  momentos en los que la historia degenera hasta el punto de provocar la carcajada en pasajes que no pretenden ser en absoluto humorísticos; al llegar trabajosamente a la página 651, última del tercer tomo, el aburrimiento deja paso a una cierta irritación, consecuencia del convencionalismo empalagoso del final.
Es obvio que nunca recomendaría la lectura de esta trilogía, como tampoco sugeriría un restaurante de comida rápida a quien quiera disfrutar de una cena exquisita. No obstante, siempre es mejor comerse una hamburguesa que pasar hambre. El paladar del lector también se educa, se hace progresivamente más exigente. Quizá el primer paso en ese apasionante proceso es tener habitualmente entre las manos un libro; cualquier libro.