Splendide Hotel: Un acuario fuera de tiempo

splendide hotel

SPLENDIDE HOTEL
Dominique Gonzalez-Foerster
Palacio de Cristal
13 de marzo a 31 de agosto de 2014

El arte debe mover a la reflexión. Provocar sensaciones. Utilizar, a veces, la llave de lo inesperado. Dominique Gonzalez-Foerster convierte el madrileño Palacio de Cristal en la emoción sorpresiva de uno de los grandes hoteles de la Belle Époque con una instalación sucinta pero provocadora. El espacio en sí mismo aporta muchos de los ingredientes: la luz, que atraviesa los vidrios del recinto creando una caja irregular y luminosa; la vegetación que la envuelve y nos traslada a un ambiente eternamente primaveral y suntuoso. Integrado pero aislado de la naturaleza, un privilegiado mirador. Ese lugar es portentoso para la impresión de lo artístico, sobre todo cuando se recogen estas cualidades con humildad en vez de esconderse de ellas.

Añade la artista una sola habitación cerrada, imitando los materiales del edificio, hierro y estuco, con una fantasiosa alfombra inglesa de inspiración oriental y motivos haussmanianos, un espacio aislado al que no se puede acceder, aunque el letrero luminoso que cuelga sobre el atrio del invernadero nos da ha dado su tono y su lectura: Splendide Hotel. Lujoso, encantado, inaccesible y remoto. Exótico por su desmesura e inesperado en el corazón del parque del Retiro. Por aquí y por allá, al público se puede acomodar –y se acomoda- como en una veranda, en las mecedoras Rock Chair de Thonet para acunarse. Cada una de ellas lleva prendido un volumen que es una recopilación de lecturas en diferentes idiomas. Similares sillones se encontraban en el apartamento de Dostoievski.

La clave de la exposición gira en torno a una fecha: 1887, en ese año Ricardo Velázquez Bosco diseñó y construyó el Palacio de Cristal para la Exposición General de las Islas Filipinas como un invernadero de aclimatación para las plantas originarias de aquel territorio español. Ese mismo año, José Rizal escribe su obra más renombrada, Noli me tangere, un romántico alegato nacionalista que fue considerado subversivo, prohibido y que sembró en aquel archipiélago la semilla del resentimiento y de la independencia que llegaría un año más tarde. La obra de Rizal -bastante olvidada- es una de las que aletean en el silencio de las cúpulas de cristal.

En 1887 se inaugura en la localidad suiza de Lugano el Hotel Splendide, sinónimo de lujo, higiene y confortabilidad en un nombre con reminiscencias literarias porque ya lo había nombrado -y por lo tanto creado- Rimbaud en su poemario Después del diluvio, constituyéndolo en un paraíso primigenio y wagneriano, edificado en el caos de los hielos y de la noche polar. En otro Splendide se refugiaría después Marcel Proust de sí mismo, de sus enfermedades y de sus fantasmas, estaba en Evian, al borde del lago Leman, provisto de un manantial para los baños termales. Su publicidad servirá para las hojas volantes que el organizador de la muestra, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, de quien depende el pabellón del Retiro, entrega como introducción a los visitantes.

Las lecturas profundizan en esa calidad mundana y fin de siècle que quiere transmitir el montaje y donde encontramos el Azul de Rubén Darío junto con fragmentos de Beckett, Benjamin Walter, H.G.Wells, de Guy de Maupassant o del Ukigumo (Nubes flotantes) de Futabatei Shimei, en sus originales caracteres japoneses, en una revisión de algunas obras publicadas en torno al mismo año.

Parte -pues- la exposición y provoca en el visitante la conexión de ideas, la reflexión sobre el tiempo, la atmósfera y la literatura, transportándonos durante unos instantes a un edén dentro del edén que es el parque en sí mismo, frente al estanque. Un oasis. Un punto de intelectualidad y de contemplación de lo trascendental a través de lo poético de la decoración y de lo efímero del montaje. Un espacio desestructurado que se convierte en una incubadora de lo artístico frente a la vegetación que le rodea, en un negativo de su uso original. Un lugar que en fin de semana nos traslada al inmenso y maravilloso acuario de Proust, donde los obreros y las familias de la clase media se pegaban a las vidrieras, invisibles en la oscuridad de afuera, para contemplar cómo se mecía en oleadas de oro la vida lujosa de una gente tan extraordinaria para los pobres como la de los peces y moluscos extraños. El comedor del Grand Hotel de Balbec. Solo que aquí la entrada es libre y quien permanece fuera es porque quiere.

Se ha impreso una edición recordatorio, 1887 Splendide Hotel, que focaliza la exposición pero que al mismo tiempo es algo ajeno: recopilación, inspiración y tormenta de ideas, viene dirigido por textos de Enrique Vila-Matas y se estructura con referentes, son la materia física y literaria de esta creación, estudian el vidrio y el metal, los textos escogidos, los hoteles renombrados, componiendo una miscelánea de nouvelles decadentes.

Dominique Gonzalez-Foerster es una artista francesa, nacida en Estrasburgo en 1965 y destacada figura en el contexto de la vanguardia y el arte contemporáneo. Vive a caballo entre París y Río de Janeiro. Sus obras están en las colecciones de algunos de los más destacados centros artísticos del mundo, como el Centro Pompidou de París, la Tate Modern de Londres o el Moderna Museet de Estocolmo. Trabaja habitualmente con formatos alternativos a lo convencional, como son el paisajismo, la video proyección, la fotografía y la instalación, estableciendo una conexión entre el espacio y el tiempo –la trama del espacio y el devenir del tiempo como en este Splendide Hotel– a la que llega desde el minimalismo de sus inicios, ligados al cine. Ha declarado huir del fetichismo de los objetos y buscar para sus creaciones cierta iniciación a semejanza de lo literario.

La reflexión provocada por el montaje tiene carácter prismático, como el edificio que lo contiene, sus facetas son el aislamiento de las salas de lectura de los viejos hoteles, con sus galerías acristaladas y sus palmas de invernadero; el libro como lugar de reposo, el encanto de mecerse viendo pasar el tiempo, la luz como creadora e inspiradora y el arte como fuerza generatriz.

El público acoge de manera desigual la propuesta, como suele ocurrir con eventos encontrados al azar y no buscados, pero disfruta de la paz del recinto, del hamacamiento de los sillones, ojea con curiosidad la multitud de textos y se fotografía envuelta en la textura encapsulada del Palacio de Cristal. Por tanto participa y figura.

Desafortunadamente la exposición permanece cerrada los días de lluvia lo que descontará la experiencia de la reclusión frente a los elementos, una sensación muy hotelera y muy suiza.