Superman the movie: Todo lo que queremos ser

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El cielo es, en realidad, el auténtico lugar del superhombre, para los demás mortales sólo es un espacio momentáneamente conquistado por medios mecánicos en necesarios aunque  incómodos trayectos, y, sin embargo, llevamos construyendo historias sobre la conquista del firmamento desde mucho antes del primer vuelo.
Uno de ellos es el retrato de Superman rodado por Richard Donner en 1978, que sigue siendo hoy el arquetípico de cinta del género. Hay muchas razones para ello: el respeto fiel al material original del personaje, el marcado acento de verosimilitud, la elección del actor perfecto; la combinación precisa de acción, comedia y drama; y un sentido de la maravilla que desbordaba la pantalla. Pero sobre todo, esta película ofreció a un público multitudinario la actualización del relato clásico del héroe divino según la clasificación arquetípica que comparten Bruce Meyer y otros autores; hizo que millones de espectadores compartieran un sentimiento de comunión universal ante el trayecto vital de un hombre hasta llegar a representar la perfección, un ideal mayestático que deviene en la culminación de todas nuestras aspiraciones, posibles e imposibles, y que se encuentra incrustada desde antes de la Grecia clásica en nuestro imaginario. Superman the movie trae de vuelta al más icónico de los personajes de ficción surgidos en el siglo XX para corroborar que el mundo todavía necesitaba creer, aunque fuese dentro del nuevo espacio para el culto alejado de pulpitos que es el cine.
La idea de Donner fue desarrollar toda la historia del origen de Superman en distintas etapas de su juventud y madurez, construyendo distintas atmósferas y ambientes en el film y llegando a configurar distintas películas dentro de una sola. De la fría y gélida ciencia ficción catastrófica del comienzo en Kripton, con el siempre imponente Marlon Brando augurando el apocalipsis que dejará huérfano al héroe; pasábamos a una bucólica granja en Kansas sacada de un cuadro de Andrew Wyeth, en el que un joven Clark experimentaba en la muerte de su padre adoptivo el trauma rememorado de la perdida con su vínculo natal; Superman se separa de sus padres para encontrar su verdadera identidad como Kal El y con ello deviene en prototipo de las experiencias infantiles en el desarraigo paternal. Finalmente el film ofrecerá una nueva vuelta de tuerca al sumergirse desde la sosegada línea de horizonte de Smallville al vertiginoso ritmo rodeado de rascacielos en Metrópolis. Con la ciudad, el murmullo de las oficinas del Daily Planet, un ritmo cinematográfico que se dispara y la aparición paulatina de todos los grandes secundarios que acompañan al hombre de acero, junto con la renovada presencia de un nuevo Clark Kent, periodista del Planet que roza el límite de la ineptitud, disfraz pertinente que según Tarantino encarna la forma en que el kryptoniano ve a los seres humanos. Donner llevó este simple, pero efectivo proceso, a la pantalla con una eficacia aún no superada gracias a un brillante Christopher Reeve, tan deudor en este papel de Cary Grant como de Búster Keaton, que nos hizo creer de verdad que unas simples gafas pueden hacer irreconocible a una persona construyendo un Kent radicalmente distinto a su interpretación del personaje de la capa.
La química entre Reeve y Margott Kidder (Lois Lane) fue portentosa y sus escenas de vodevil  de una inocencia cómica encantadora. El personaje de Lois establece la relación entre el mito y el ser humano, ella es los ojos con los que vemos a Superman, la fascinación ante el aura de ideal que lo sitúa en la cúspide inalcanzable del yo, y que  mas allá de efectos especiales no vistos hasta aquel tiempo, se manifiesta en la puesta en escena magnética y sugerente cuyo cenit es la escena romántica del vuelo de ambos sobre la ciudad. Si alguna vez la mezcla de géneros funcionó bien fue en esta hipnótica secuencia en que las escenas de una pareja sobrevolando Metrópolis, o Nueva York para el caso,  son sólo un soporte para el romántico monólogo interior de Kidder que nos relata la madre de todos los amores imposibles. Sobrevolando nubes de brumoso atrezo, enmarcados por un halo de luz inexplicable e imposible y bajo la excusa narrativa de una historia de amor carnal entre dos individuos, lo que se nos ofrece es un retrato de nuestro propio encantamiento por la capa roja y la gran S en el pecho. En este monólogo, junto a la inspirada melodía de John Williams en Cant you read my mind,  Lois llamará a Superman literalmente Dios y nosotros la creeremos.
Pero todo dios exige sus demonios y Donner no es un director de sentido único. Para compensar esta embaucadora imagen, construirá un Lex Luthor irónico y brillante, con un sentido del humor a veces molesto, pero que funciona como elemento distanciado, lúdico e irónico,  aligerando el componente mítico del héroe kryptoniano que el villano desprecia como un moderno Prometeo desafiante, que odia a Superman por ser contraproducente para el ritmo evolutivo humano del que considera cúspide su propio intelecto. Luthor es la otra parte de nosotros, la que no admite ese tipo de perfección y se sitúa en el lado opuesto, el odio por lo que nos reduce a carne anclada al suelo. Luthor representa en el film un mal endémico de nuestra sociedad, el del ego(ismo) exacerbado y encarnado en irónica mueca.
Pero no se preocupen, Superman derrotará al villano como siempre ha hecho. El héroe se ganará el cariño y la admiración del mundo que lo ha acogido como un inmigrante universal, sucumbirá momentáneamente bajo cadenas de acero y Kryptonita, ese mineral alienígena inventado por algún guionista o editor de sádicos propósitos, y se verá obligado a realizar incluso un último y colosal acto divino. El clímax del film nos muestra a Superman librando la costa oeste de los Estados Unidos de los descabellados planes urbanísticos de Luthor, pero incapaz de salvar a Lois de la muerte. Sin embargo, ella será devuelta como Lázaro a la vida desafiando cualquier noción física (incluso la física imaginaria que permite a un extraterrestre volar gracias a la energía de un sol amarillo), cuando Superman haga retroceder el tiempo deteniendo y haciendo girar la órbita de la tierra en sentido inverso. Llamémoslo milagro porque esta escena es lo que nos pide, que abracemos toda ingenuidad posible y tengamos fe frente a lo que parece improbable. Superman the movie termina como debía terminar, con el mayor deuch ex machina de la historia del cine, justificado en el sentido literal de la expresión, dios es la maquina.