Las batallas de Fortuny Sep23

Las batallas de Fortuny...

(Vista de Tetuán, Marià Fortuny. MNAC) El pintor Mariano Fortuny fue comisionado por la Diputación de Barcelona para dejar testimonio de los hechos heroicos del cuerpo de voluntarios catalanes del ejército español en la guerra de Marruecos. La batalla de Tetuán es la pintura militar más destacada después de Goya. El viaje con las tropas implicó para el artista una catarsis artística y personal que produjo su iniciación en la vía del orientalismo. Cuadros, bocetos y estudios preparatorios de las pinturas marruecas se reparten entre el MNAC de Barcelona, el Museo del Prado y los museos de Reus. El seis de febrero de 1860 las tropas de ejército español, al mando del general Leopoldo O´Donell, Presidente del Consejo de Ministros, entraban en la plaza fuerte de Tetuán. La ocupación fue un movimiento estratégico en la guerra hispano-marroquí, iniciada por el gobierno de Isabel II para frenar los hostigamientos de las guerrillas rifeñas sobre las ciudades de Ceuta y Melilla, y reforzar la posición española en el norte de África. En la marcha sobre la fortaleza marroquí fue decisiva la actuación del cuerpo de voluntarios catalanes al mando del general Juan Prim. Con motivo de las escaramuzas militares, la Diputación de Barcelona, que había tomado a sus expensas el coste de la fuerza expedicionaria catalana, encargó a Mariano Fortuny una pintura conmemorativa de gran formato inspirada en el cuadro de Horace Vernet La batalla de Smala (1844) actualmente en el Palacio de Versalles. Se buscaba de esa manera trazar un paralelismo con la labor colonizadora de Francia en Argelia, así como fijar el espíritu patriótico y nacionalista que había conseguido concitar el gobierno liberal español con su intervención en Marruecos. (La batalla de Tetuán, Marià Fortuny. MNAC) La batalla de Tetuán (1865) se vuelve a...

El truco y el mago Sep23

El truco y el mago

Arranca la temporada teatral en toda España. La oferta va desde lo más clásico hasta el teatro experimental, desde lo convencional a las nuevas formas narrativas. El Teatro de la Abadía de Madrid presenta Mi gran obra de David Espinosa. Atrevida, innovadora y atractiva. A falta de recursos y en plena crisis lo mejor es echarle creatividad al asunto. La gran obra soñada por este joven creador se podría encuadrar en lo que conocemos como instalación, aunque el ingenio de la propuesta la convierte en un producto que podría caber en cualquier definición. Imaginen más de trescientos actores, todo tipo de medios (incluyendo, por ejemplo, helicópteros, autobuses y una magnífica máquina que puede generar vientos arrasadores). Ahora, imaginen una sala en la que una especie de dios hace y deshace lo que quiere para generar vida (tan efímera como ficticia, pero vida). Imaginen poder asistir a un espectáculo mágico en el que el mago se deja ver y permite que el espectador conozca todos sus trucos. Pues eso es Mi gran obra. Por favor, piensen que eso se puede concentrar en un espacio ochenta y siete veces más pequeño de lo que ocupa en realidad. Imaginen que los actores se convierten en más de trescientas figuritas (de esas que se usan al construir maquetas de tren), que el helicóptero es de plástico (diez centímetros de largo) y mueve las aspas con el aire que suelta un pequeño secador de pelo; y que al dios creador de vidas efímeras lo cambiamos por David Espinosa que es quien ha tenido esta idea y quien dirige la obra (este hombre mide lo normal y no reduce su tamaño en ningún momento, claro). La cosa queda algo rara, pero pueden acudir al teatro con tranquilidad porque asistirán a...

Volanderas

Volanderas es el último libro de relatos del escritor español Víctor García Antón, que nació en Teruel pero vive en Madrid. Son relatos como eslabones que enlazados en este libro conforman una cadena. Pero cada uno por sí solo es una pieza cerrada, si se quiere. Quiero decir: si rompemos la cadena, que en definitiva es el libro y su trabajo de recopilación y edición, igual quedan piezas que no necesariamente son para armar. Hablando de edición… La editorial que publica esta obra es Tres rosas amarillas, una librería imperdible del barrio de Malasaña que se aventuró también en el oficio de la edición. Al entrar en el local de la calle Espíritu Santo se nos estimula la vista con tanto libro álbum y libro objeto para niños -y no necesariamente para niños-, sobre todo importados. Pero volvamos a (las) Volanderas. Con ese título en el libro no podemos esperar de esta ficción nada fijado, nada establecido, nada anclado. Más bien algo efímero, algo improvisado. Son hojas volanderas, que en el relato «Las octavillas» son observadas por sus propios autores como hojas descartadas por los vecinos, hojas que éstos prefieren usar para avivar el fuego. Panfletos sociales, probablemente, que no interesan ser leídos. Son octavillas volanderas: tal vez unas propuestas sociales o de convivencia, escritas para compartir entre una comunidad, que seguramente se proponen organizar, establecer (algo), pero que se califican por lo accidental, por lo casual, por lo volandero. Todos los relatos nos hablan de una comunidad de habitantes que no participa del sistema. Una comunidad autogestionada, con sus propias reglas y juegos. Una comunidad habitada por personas que en la realidad de la ficción igualmente podrían llamarse personajes. Porque la vida cotidiana de esos personajes (ahora digo «personajes» desde aquí, desde este...

Alberto Cortez, la majestuosidad de un cantautor Sep23

Alberto Cortez, la majestuosidad de un cantautor...

El hotel Alfonso XIII de Sevilla se engrandeció con la voz del cantautor argentino, Alberto Cortez, para quien, como en una de sus composiciones canta, «La vida da mil vueltas, pero por más que gire, siempre, vuelve a empezar». A los 55 años de su internacional carrera, el de la Pampa, sigue cantando con más fuerza, aún, que con la que comenzó a cantar. Seguramente, alguna noche se habrán detenido, mientras caminaban por la calle San Fernando, de Sevilla, a contemplar la altivez austera, arábigo-andaluza, del Alfonso XIII, un hotel que comenzó siéndolo por albergar en sus opulentas estancias a los invitados de la Exposición Iberoamericana de 1929 mas, probablemente, la noche del 18 de septiembre de 2014 cualquiera de esas miradas detenidas no pudo adivinar que en una de sus dependencias, una voz oriunda de la Pampa Argentina haría invisibles el mármol, los dorados estucos, los tapices, las alfombras, azulejos; las once artesanas arañas de bohemia suspendidas en las maderas orladas, de caoba, de la techumbre mudéjar; y los candelabros aplicados a los muros que separaban las arqueadas y majestuosas puertas. A las 21.15 de la noche en aquél Salón de reyes solo existía la voz de Alberto Cortez. Iluminado por dos modestos focos, Cortez permanecía sentado en el centro del íntimo escenario acompañado por un piano de cola. El público, de amasados años, lo abrazaba manteniendo la misma postura que el cantautor. La escena, acompañada por el tintineo de las cuerdas suaves, se permeabilizaba con la letra que estaba entonando «Mi árbol quedó y el tiempo pasó…». Siempre hubo y habrá cantautores, muchos permanecerán sin que se conozcan sus nombres, pero habrá quienes como él tengan la fortuna de cantarlas y no de cualquier manera, porque de cualquier manera no basta para...

Esas personas que casi siempre sonríen...

¿Cómo llegamos del enamoramiento luminoso al aburrimiento, la traición y la soledad? ¿Es inevitable ese viaje? ¿Viajamos solos o hay overbooking? Pregúntale a James Salter. Tal vez él pueda darte alguna respuesta. Porque cuando en un relato hay verdad, el lector encuentra su hueco; porque si de algo sirve la literatura, en este libro de James Salter podemos encontrar esa utilidad. Por razón de mi oficio, estoy obligada a leer mucho -y algunas veces, muy árido-. A lo largo de los años, he adquirido la costumbre de hacer una primera lectura rápida, casi en diagonal. Este hábito casi inconsciente constituye un filtro muy útil en mi tarea diaria, pero a la hora de disfrutar de un libro por el simple placer de hacerlo, tengo que forzar un ritmo menos mecanizado, más lento y reflexivo, y aun así, siento la necesidad de releer quizá con demasiada frecuencia. El problema se agrava con los cuentos y los relatos cortos. Resulta obvio que para captar la atención del lector en pocas páginas, es preciso recurrir a técnicas literarias diferentes a las propias de la novela convencional. El relato breve dispone de recursos específicos que, bien utilizados, ayudan a dotar de sentido a la historia, sin que la economía de medios propia del género constituya una limitación o un obstáculo. No obstante, una lectura demasiado expeditiva tendrá siempre peores consecuencias allí donde se presupone una cuidadosa selección del material literario y la casi total ausencia de adornos. Lo dicho hasta ahora nada tiene que ver con la, a mi juicio, abusiva utilización del relato corto como vehículo habitual de ciertas tramas erráticas con finales sorpresivos o abiertos, como si dejar estupefacto al lector fuera una exigencia ineludible de esta modalidad literaria. Con la llegada de las nuevas tecnologías,...

La vida dura

Flann O´Brien (seudónimo de Brian O’Nolan) es un escritor irlandés que vivió durante la primera mitad del siglo XX. Se caracteriza por ser uno de los mejores escritores de Irlanda según el canon occidental (que es casi lo mismo que decir: según Harold Bloom) y según la opinión de muchos escritores del siglo XX. Sus libros se reconocen por una prosa delirante, divertidísma y ocurrente, y por sus personajes insólitos. La vida dura es una novela satírica de la que brota, además, el absurdo que tanto caracteriza a las demás obras de este escritor, como El tercer policía y Crónica de Dalkey. Ya que la mencionamos, en Crónica de Dalkey, por ejemplo, teníamos un jugosísimo diálogo entre el personaje de De Selby y San Agustín. Aquí los diálogos (esos que no pueden faltar en una obra de O´Brien; esos que deberían servir de ejemplo de lo que es un buen diálogo en literatura), igual de contundentes, se dan sobre todo entre el señor Collopy y el padre Fahrt. De la misma manera que en Crónica… teníamos al padre Cobble, el jesuita de turno en La vida dura es el padre Fahrt, con ese apellido tan sonoro, que huele tanto a referencia semi-escatológica. Por su puesto otras constantes entre las obras son: el whisky (y las bebidas en general, y la cultura del alcohol y las borracheras), las conversaciones sobre el catolicismo, las ocupaciones misteriosas de algunos de los personajes masculinos, los diálogos intelectualoides… Un recurso interesante en La vida dura es el narrador: se trata de un narrador en primera persona pero que es mucho más testigo de los acontecimientos que protagonista, o siquiera participante. Quien narra es el menor de dos hermanos huérfanos que de pequeños pasan a estar bajo el cuidado del...

Los «síntomas» de una evolución notoria sobre el escenario Sep23

Los «síntomas» de una evolución notoria sobre el escenario...

Después de unos inicios sumergido en el pop folk, Inra es un grupo que con su último trabajo ha abierto las puertas del rock. Síntomas, compuesto por seis canciones, es el nombre de su nueva propuesta, que presentarán en la sala Fun Club de Sevilla este sábado. Una cita en la que estarán acompañados por el grupo gaditano Furia (con quienes ya presentaron su trabajo en Madrid), y en donde pondrán a prueba su evolución musical. Hoy en día, la estabilidad de una banda musical se mide, en muchas ocasiones, por su aparición en los diversos medios de comunicación existentes. No es esto, sin embargo, un medidor fiable de calidad ni un sello de garantía de que el producto anunciado no tenga brechas. Pero sí es cierto que, si un grupo llama la atención de un número elevado de oyentes, los medios posarán sus ojos en él. En el caso de Inra, es cada vez más frecuente verlos envueltos en eventos de promoción, en reseñas de publicaciones especializadas y, no menos importante, en el boca a boca de quienes gozan adentrándose en la oscuridad rota por los focos de una sala de música. Algo estarán haciendo bien. O cuanto menos, algo estarán haciendo que llame la atención. Inra es el fruto de un proyecto iniciado en 2009. Su vocalista y guitarrista (sobre todo, en términos acústicos), Irra Gómez, lo puso en marcha ante la necesidad de dar forma a aquellas composiciones e ideas que rondaban su cabeza. Cinco años después, y con muchas experiencias acumuladas, hoy lo acompañan sobre los escenarios Peter Parellada (guitarra eléctrica), Adrián Llopis (bajo y coros) y Adrián Bilbao (batería). Pero los inicios de la banda no son idénticos a lo que en la actualidad se desborda bajo este nombre....

La casa verde

Compleja, remota a la vez que cercana, La casa verde se trata de una novela que tiene en William Faulkner su máxima inspiración. Una historia que representa el remoto boom latinoamericano y cuyos personajes son y fueron obsesiones del autor; sobre todo, dos: Lituma y la Chunga, a quién dedicó una obra de teatro, donde esta misma casa verde aparece como sociedad urbana frente a otro tipo de garitos que vemos menos distinguidos. Junto a Conversación en La Catedral se trata de su obra más minuciosamente epidérmica y rompedora. Tiene una estructura aparentemente sencilla (cuatro capítulos y epílogo) y utiliza un narrador pegado a los personajes que a veces desdobla su vitalidad o moribundez en monólogos que fuerzan el lenguaje de forma desacostumbrada. Empieza desde la religión y termina con su muerte y al mismo tiempo comienza desde lo marginal para autocelebrarse a veces en exceso. Los personajes nos resultan, como decía, familiares, si bien hay una sensación de claustrofobia a veces que la hace reductible en su disfrute leída hoy. El manejo de la violencia que en La fiesta del Chivo es manifiesto, aquí se contiene, pero permanece latente gracias a la fuerza de un lenguaje que a la vez abraza y defenestra, que mima y al mismo tiempo nos hace partícipes de esa tan bien pintada como siniestra Amazonía. Leerla pasada un tiempo y con la confrontación entre países posible puede llegar a suponer hasta un acto de venganza contra los más débiles. Lo realmente sobrecogedor es que mientras en España vivimos tiempos que a veces pensamos que son regresivos, el nivel de civilidad (que no civilización) nos hace menos mortales en una Santa María de Nieva o Piura donde aparentemente está todo por hacer. No aparece explícitamente Sendero Luminoso, al menos...

Despertando conciencias Sep23

Despertando conciencias...

Pierre Avezard, conocido como Petit Pierre, tuvo una vida alejada del mundo que vivían millones de personas. Su infancia fue corta porque los niños dijeron que tenía cara de culebra; su adolescencia un infierno porque sus compañeros de trabajo le humillaban constantemente. Aunque, ya en soledad, fue capaz de crear un mundo mecánico que dominaba y ordenaba. Carles Alfaro logra una exquisita puesta en escena de la obra escrita por Suzanne Lebeau en la que se cuenta la vida de Petit Pierre y del mundo durante el siglo XX. El siglo XX fue un desastre absoluto. Si algo bueno podemos señalar es que ya sabemos hasta qué punto el ser humano puede llegar a ser brutal, cruel y despiadado; hasta qué punto la normalidad del ser humano puede engendrar atrocidades inimaginables. Si la historia de la humanidad ha estado siempre salpicada de guerras cruentas, de injusticias o de violencia descontrolada; el siglo XX es el periodo en el que nos hemos superado como bestias. El que vivimos, pensamos, disfrutamos y tenemos como esperanza, parece que será parecido. Televisado y muy parecido. Para recordarnos esto, Suzanne Lebeau escribió su Petit Pierre. Y para enseñarnos el trabajo de Lebeau, Carles Alfaro repite en el Teatro de la Abadía de Madrid presentando su nuevo montaje. De factura impecable, intimista, técnicamente sobresaliente (tan sólo la iluminación presenta algunos pequeños problemas que pueden llegar a molestar a un sector del público) y tan exigente como generoso con el espectador. Exigente porque el texto llega como un torrente cuando Adriana Ozores se lanza sin contemplaciones, sin presentar una mínima duda, a interpretar su papel que son muchos papeles. Generoso porque prepara Petit Pierre para que sea una de esas obras que hay que digerir despacio, sobre las que merece la...

El TORCAL DE ANTEQUERA, UN BALCÓN AL UNIVERSO...

A 1200 metros sobre el nivel del mar, en un parque natural de grises formas kársticas se erige, en El Torcal de Antequera (Málaga), una ventana telescópica para las noches estrelladas. El próximo sábado 27 podrán ser testigos de cómo la estrella Antares se aproxima al planeta Marte, su eterno rival. Si se animan, sabrán cómo y por qué. Cuando acomodas tu vehículo allí, en lo alto, puede que un zorro sorprendido te dé la bienvenida y que se despida como si hubiera sido una alucinación pero no, estás en un parque natural y este tipo de cosas puede suceder. Pasar la noche bajo un manto de estrellas y enterarte de cómo se cosen sus hilos galácticos más que una buena idea es un increíble regalo. Que el guía del observatorio, Francisco Gálvez, saque su láser del bolsillo, lo pose en Casiopea, por ejemplo, trasladándote a una nave de Star Wars, estando enfundada en un saco, te sumerge en una experiencia al límite de la ciencia- ficción y si, al mismo tiempo, de fondo sonase el «ni no ni- no- niiii» de Encuentros en la Tercera Fase, apostados en sillones de estos del cine de la Expo que se giran y se reclinan en todas las direcciones, hubiese sido alucinante, aunque una buena silla de playa o el saco de dormir, del que hablamos, tampoco está nada mal para acomodarnos y poder escuchar los relatos cosmogónicos de un ameno y docto matemático- astrónomo. Tres grandes e inteligentes telescopios se erguían ante los espectadores como escaleras hacia el oscuro azul. Normalmente, ponen dos pero debido a la concurrida asistencia (cerca de 200 personas, tan ensimismadas que parecían veinticinco) añadieron uno más para que todos pudiéramos presenciar, casi, el movimiento de los anillos de Saturno; un...

El cielo replicante Sep23

El cielo replicante

En la película de Ridley Scott, Blade Runner, los replicantes (esos seres artificiales que eran capaces de todo y creían tener un alma como la de su creador) se revelan contra el hombre. ¿Tienen los objetos tecnológicos un cielo o un infierno? ¿Forman parte del cielo o del infierno de los seres humanos que tanto dependen de ellos? Daniel Canogar presenta Small Data, una pequeña muestra que puede lograr grandes reflexiones en los visitantes. «¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?» ¿Hay vida después de la desactualización? ¿Dónde va la tecnología cuando es retirada? Lástima que no pueda vivir, pero ¿quién vive?. La trascendencia existencial tecnológica ya existía a comienzos de los ´80, cuando se profetizaba en la película Blade Runner un mundo en el que los replicantes se volvían en contra de su dios, el hombre; un mundo tecnológico en el cada uno tenía su función y pronto pasaba a ser obsoleto; en definitiva, un mundo gris lleno de basura electrónica. Bienvenidos al reino del cyberpunk. El artista Daniel Canogar parece creer que sí hay vida después de que un aparato tecnológico deje de funcionar o simplemente sea sustituido por otro más moderno. Muchos reciclan -podría ser esta una manera de hacerlo-, pero va un poco más allá, busca reanimar lo inanimado. Incluso, su obra tiene un cierto carácter ético, existencial y, por qué no, espiritual; queriendo ir más allá de la muerte de dichos aparatos, les da vida y muestra sus secretos, recordándonos a todos que, en algún momento, tuvieron una funcionalidad y que nuestras vidas humanas no se podían concebir sin ellos. Pero Canogar no se un artista cyberpunk, sus obras son mucho más dulces, más naif, con el toque humano que tendría un replicante, sin sentimientos en sí mismo, pero capaz...

Poesía reunida. Philip Larkin...

Junto con el norteamericano Robert Lowell, el poeta inglés Philip Larkin (1922.1985) es quizá uno de los escritores extranjeros más leídos por las generaciones de poetas españoles que empezaron a salir a la luz a partir de la década de 1980. Puede que ello fuera debido a las coincidencias de visión estética entre la poética de lo cotidiano de Larkin y los intereses líricos de los entonces jóvenes ochentistas españoles que pasaban por las poéticas de la experiencia; o a algo quizá menos evidente, pero puede que más definitivo: la reinvención de la mirada realista que en aquel tiempo se empezó a fraguar tras el antirrealismo que dominó desde finales de la década de 1960. El caso es que el solitario y antipático poeta-bibliotecario encontró su sitio precisamente en la exploración de las vidas modestas, los aconteceres cotidianos y un discurso directo, natural y alejado de todo lo que no fuese una escritura antiornamental. A la altura de 1955, sus Engaños retaron a la santísima trinidad de la poesía en inglés (Yeats, Eliot y Pound) y buscaron el sentido precisamente al otro lado de la poesía, en la calle y en las vidas rutinarias de los habitantes de la ciudad. Poesía de clase media, sin alturas sublimes ni hondas simas de desesperación, sin otra aventura que no fuese la de seguir adelante con el día a día, sin más tragedias que las del vecindario, que curiosamente le llevó a la celebridad convirtiéndolo en uno de los escritores más leídos y populares de su tiempo. Hemos hablado de «reinvención del realismo» y esto de reinventar es más que evidente en la poesía que aspira a explorar la vida de la gente corriente y en el poeta que también construye su autoría como hombre corriente, sin...

Yo fui a E. G. B.

Son varios y distintos los fenómenos que, gracias a las redes sociales, han pasado de ser una idea a convertirse en producto con continuidad de followers en Internet. Este libro trufado de nostalgia y humor (firmado por Javier Ikaz y Jorge Díaz) es un claro ejemplo, que Plaza & Janés ha querido aprovechar y exprimir como un limón, llegándose en breve a la novena edición. La empatía e identificación en los capítulos está muy lograda, siendo el público objetivo no sólo la generación E.G.B., como el niño o niña que estudió gracias o a pesar de la LOGSE (ese plan de estudios por el que se educaba y jugaba a la vez). Nuestros padres, por entonces, tenían menos recursos; pero sí nos decían, y con eso también crecimos, que (a su edad) se jugaba más en la calle, que no había tiendas de golosinas (que empezaron a proliferar más en nuestra época); mientras éramos capaces de jugar con un Spectrum, hacer carátulas de discos o pelis sin necesidad de ordenador o reconocer (aún hoy lo hacemos) el chicle Cheiw Junior de fresa ácida a través de su olor. Viene ampliamente ilustrado con fotografías y dibujitos del momento, recreando desde nuestras series de televisión favoritas, hasta los prohibitivos dos rombos, que nos hacían meternos en la cama con curiosidad y miedo ante lo que pudiéramos ver, para contar al día siguiente en el cole. Esa memoria por la que hoy recordamos los diez primeros versos de la Canción del pirata de Espronceda, empezó a perderse y poco a poco nos hicimos adictos más a la imagen que a la fuerza de las palabras, sin embargo esta cultura de los iconos aún estaba medio en pañales y apenas nos sirvió para conocer una pequeña parte de...