Aladar 28

Guerra y cine: De la épica a la locura Oct28

Guerra y cine: De la épica a la locura...

Que las artes y la violencia tienen una extraña relación es una evidencia. Y que el cine es el escaparate artístico que se nutre de esa violencia, con todos sus matices, es otra. Los grandes directores, los grandes actores y actrices, los grandes fotógrafos o los grandes productores, suelen tener (a lo largo de sus carreras) algún encuentro con la violencia al otro lado de la cámara. La guerra, tal vez, es la expresión máxima de la locura humana. Por eso son muchas las películas a las que podemos acudir si queremos abordar este asunto. Tan sucio como bello cuando el ser humano lo transforma en motivo artístico. Elegir entre todas las películas de la historia cinematográfica las mejores o las más representativas es, sencillamente, imposible de hacer sin dejar fuera de la lista trabajos de extraordinaria calidad. Por tanto, ese no es el objetivo de este artículo. La idea es hacer un repaso para seleccionar esos aspectos bélicos o narrativos o cinematográficos que explican la guerra (si es que eso es algo posible) y su relación con el arte. Este es el resultado… La estupidez. ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964). ¿Somos estúpidos? ¿Dependemos en exceso de las máquinas? ¿Una pequeña cosa es suficiente para que se produzca un cataclismo? Sí. Stanley Kubrick optó por filmar una película sobre todas estas preguntas manejando el humor como alternativa. Y digo bien, preguntas. Porque se plantean muchas aunque no se dan soluciones. Termina la película de forma poco alentadora mostrando una sociedad devorada por sí misma y pagada de sí misma y todo de sí misma. El guión es divertidísimo, el montaje sencillo y eficaz, la fotografía inmejorable, y la cámara se mueve con delicadeza y acierto milimétrico. Los personajes encarnan el ridículo más absoluto y...

Cuando la muerte viaja en el silencio Oct28

Cuando la muerte viaja en el silencio...

Desde ‘Lili Marleen’, basada en el poema de un soldado de la Primera Guerra Mundial hasta el ‘Devils & dust’ de Springsteen, en la que también se mete en la piel de un combatiente en Iraq, la música del último siglo ha rendido homenajes a aquellos que recurrían precisamente a la música para evadirse del sonido de las balas, y del silencio de la muerte. El rock de los ’70 y la Guerra de Vietnam supusieron una simbiosis absoluta entre la crueldad de los combates y las composiciones desgarradoras, impregnadas de rabia. Las balas silbaban a su alrededor, impregnando el aire de un fétido aliento de muerte. La niebla no dejaba ver los destellos de los Kalashnikov del Vietcong. Unos y otros disparaban a ciegas, guiados solo por el estruendo. La compañía avanzaba, poderosa, aplastando toda la vida que encontraba a su paso. Era un niño al que la madurez le había llegado de golpe, en forma de uniforme mimetizado. Estaba aterrado. Era su bautismo de combate. En la espesura de la jungla, temblaba encogiendo las piernas sobre su pecho, mientras los disparos sonaban desde el otro lado del río. Un cabo del pelotón había tratado de tranquilizarlo, pero sólo consiguió proporcionarle una noche de vigilia. —No tienes que preocuparte. Si escuchas el disparo, es que esa bala ha pasado de largo. No te quería, amigo. No llevaba tu nombre. El joven soldado le miró con una mezcla de agradecimiento e incredulidad, antes de reflexionar que su compañero de armas llevaba razón. A veces, cuando se producía una detonación aislada, se oía el silbido del proyectil antes que el quejido del fusil en la distancia. —En la escuela de Físicas se aprende que las balas viajan más rápido que el sonido. No puedes escuchar...

La última batalla de los soldados Oct28

La última batalla de los soldados...

En un especial sobre la violencia en el arte, queríamos hablar del tratamiento cinematográfico de las secuelas de la guerra en los veteranos. Con una combinación de lirismo y crudeza, el énfasis se pone unas veces en los cuerpos o almas mutilados, otras en el cuestionamiento sobre el sentido de lo vivido y otras en la inadaptación a la vida civil. Nos centramos en dos películas muy distintas separadas por tres décadas, pero que coinciden en desgranar el duro retorno de tres veteranos, con una mirada cargada de respeto: Los mejores años de nuestra vida y El cazador. Una de las maravillas de la narrativa, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, reside en la posibilidad de acercarnos a lo que han vivido personas de otras épocas y otros ámbitos. Así, a través de películas como Los mejores años de nuestra vida (The best years of our lives, William Wyler, 1946) y El cazador (The deer hunter, Michael Cimino, 1978) hemos podido asomarnos a entrever los sinsabores de los veteranos de la segunda guerra mundial y de la guerra de Vietnam. Ambas coinciden tanto en presentar a tres hombres que viven de diversa manera las secuelas de la experiencia bélica, como en ofrecer un enfoque lleno de compasión por cada uno de ellos. Si bien se tiende a veces a descalificar la compasión, como si necesariamente contuviera una cierta condescendencia que incomoda al que sufre, no tiene porqué ser así. Lo cierto es que en las miradas de Wyler y Cimino, la compasión está revestida de un enorme respeto por los personajes retratados. Y es precisamente en esa mirada donde reside parte de la belleza de ambos largometrajes. En “Los mejores años..” tres veteranos coinciden en el viaje de vuelta a casa, aprensivos ante lo...

El amable disparate Oct28

El amable disparate

Que en un espectáculo prime la diversión sobre aspectos más profundos del arte no está mal. Al contrario, es una cosa muy saludable. El problema es que eso sea lo más frecuente. La fille du régiment es una ópera que incluye un libreto superficial e imposible, pero, además, una partitura firmada por Gaetano Donizetti que es maravillosa y que exige de los cantantes un esfuerzo extraordinario para salir airosos de la batalla. El Teatro Real presenta un divertimento que exalta el bel canto y la inteligencia al diseñar un espectáculo. Si usted cree que la ópera es una forma de diversión, y poco más, La fille du régiment es su obra. Si, por el contrario, cree que la ópera es fuente de conocimiento y una entrada lujosa que da acceso a miradas desconocidas y extraordinarias, La fille du régiment es su obra. Porque no pasa nada por levantar el pie del acelerador y poder asistir a espectáculos divertidos y solo divertidos. Desde luego, si alguien busca pensamiento profundo en esta obra de Gaetano Donizetti se está equivocando de cabo a rabo. Pero si alguien quiere conocer lo que es la ópera por primera vez, el trabajo de Donizetti es una oportunidad de oro puesto que lo amable es, siempre, bien recibido. Nunca estaremos agradecidos del todo con este compositor que, sin dar la espalda a la mejor música buscaba lugares comunes para entendidos, aficionados y recién llegados. La producción que presenta el Teatro Real de Madrid es vistosa, divertida y casi entrañable. Bien la puesta en escena llena de inteligencia que explota las pocas virtudes de un libreto absurdo, bien musicalmente (Bruno Campanella cumple aunque sin grandes alardes), bien el vestuario (cuidadísimos los detalles), todo bien; salvo las voces que van de bien a...

Veinte años no es nada...

Hasta el 15 de noviembre de 2014 se puede visitar en Casa de América la exposición «Reencuentro con Onetti: Veinte años después». Se trata de un homenaje al escritor uruguayo por el vigésimo aniversario de su muerte, que tuvo lugar en la ciudad de Madrid en 1994. En esta exposición se pueden ver fotos, primeras ediciones de sus obras, cartas a él y escritas por él, mobiliario de su mítica casa de Avenida de América 31, objetos personales, cuadros, revistas y libros de célebres escritores firmados y dedicados al autor. Gardel, el ícono argentino por excelencia junto con Maradona y Evita, nació en Uruguay, igual que Juan Carlos Onetti. Y cantaba: «(…) que veinte años no es nada, que febril la mirada…». Veinte años sin Onetti en Madrid es mucho más que nada. Y la sala Frida Kahlo de Casa de América nos invita a ver mucho más que sus febriles miradas, esas que descubrimos en las fotografías que muestran al escritor en los últimos años de su vida, sobre aquella con respaldo de madera, su cama de noventa. Al comenzar el recorrido por la exposición, descubrimos una copia del número 128 de la revista Cuadernos para el diálogo (Madrid, 1974), en el que Julio Cortázar publica el artículo «El pueblo “Onetti”». Allí denuncia la censura que sufren muchos escritores, entre ellos el propio Onetti, por parte de los gobiernos de facto al considerar ciertos cuentos como material pornográfico. Cortázar es irónico y hasta se burla del absurdo de tales inculpaciones. Escribe: «Cuando digo que Juan Carlos Onetti es un motivo de orgullo para nuestro continente, estoy diciendo eso y mucho más». Cortázar estaba revelando lo que todavía no se decía. Y desafiaba la idea que el propio gobierno de Uruguay había tenido al...

Las máscaras que el tiempo arranca Oct28

Las máscaras que el tiempo arranca...

La Sala Malandar de Sevilla acoge el próximo 23 de noviembre la presentación de En busca del tiempo perdido, el nuevo disco de Carlos Abad. Los diez temas que conforman el trabajo hablan recurrentemente el paso del tiempo, y de cómo modifica las relaciones humanas y la propia esencia de las personas. Una lección musical de filosofía, con aires que recuerdan a Jeff Lynne o a The Beatles en muchos de los arreglos y en la propia atmósfera de las canciones. Camina titubeando en cada paso. Cierra los hombros sobre su pecho, y tiende a unir los dedos, que parecen desprovistos de sentido sin una guitarra en las manos. También tiende a bajar la mirada, como si buscara encontrar la visión de seis cuerdas vibrando entre sus caderas. Paradójicamente, su espalda se curva levemente al bajar del escenario, y se yergue cuando la cinta del instrumento ejerce la presión del peso y de la responsabilidad. Tiene arrestos de coraje escénico, pero enseguida son frenados por las riendas de su retraimiento. Así es Carlos Abad (Sevilla, 1982): un músico desnudo de arrogancias, que compone y toca para encontrar los caminos por los que llevar al mundo su visión del mundo. «Nunca pienso en hacer nada comercial. Y no es por no prostituirme, sino porque el único motivo por el que hago esto es por amor al arte, por plasmar en un disco lo que he querido contar», asegura él mismo con una determinación nacida —se percibe en la gestualidad— de principios férreos; inquebrantables. En busca del tiempo perdido es el título que llevan esas diez reflexiones del artista sevillano, agrupadas en un disco que originalmente pretendió que tuviera el vinilo como soporte. «Quería jugar con el tópico de las dos caras de la moneda, y...

Viaje al fin de la noche...

Tachado por muchos de misógino y racista, Louis Ferdinand Celine, autor de esta sombría y a su vez aplaudida novela, fue también, y en sus páginas y prólogo así se sugiere, colaborador del régimen nacionalsocialista alemán durante el conflicto armado más importante del siglo XX. Narrada con la existencia de un personaje a través de cuyos antecedentes, (podríamos averiguar qué facetas suyas predominan), entremezcla el estilo directo e indirecto mediante frases cortas e imperativas con otras más discursivas. A pesar de ello, la novela es todo menos un panfleto y en ella se narra desde la idea del infierno personal, propio y ajeno, los sufrimientos tanto de un soldado como de un médico. Situada cronológicamente en todo un punto geodésico tanto histórica como culturalmente, las reflexiones que se hacen a través de Ferdinand o León sobre la psiquiatría o diversas enfermedades terminales que conducen a la desaparición (ese fin de la noche, tantas veces sugerido, que no empieza con el día) son las de un superviviente a la barbarie, alguien que se alza desde su superioridad moral, sobre el resto de los mortales, para descubrir demasiado tarde que él también forma parte de la condición humana. En la manera en que la soberbia propia y ajena hace fenecer todo aliento, encontramos influencia o posible intertextualidad con el Calígula de Albert Camus, por mostrar un referente ideológicamente tan diferente. Pero se trata sin lugar a dudas de una megalomanía seca, en tanto que el lector que se precie disfrutar de su discurso lo hará entre líneas y a la vez sabrá dejarse llevar por el fluir de un texto que tiene también que ver con Marcel Proust y con otros autores de interés. A su vez, el texto es un juego de diálogos que forman...

SEIS TUMBAS EN MUNICH...

Escrita en su día bajo el seudónimo de Mario Cleri (Mario Puzo), el especialista en la Mafia desde que escribiese tanto la novela como el guión de El padrino, nos sitúa en la mente intrépida y vengativa de Mike Rogan, una suerte de matemático superdotado que trabaja descifrando mensajes de los países aliados a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. El desembarco de Normandía no juega a su favor, como tampoco lo hace la implantación del Telón de Acero en una Alemania devastada que intenta buscar culpables donde no los hay. Rozando la objetividad en el punto de vista, pero sin perder al personaje más en su periplo por la justicia (omertá) que por la supervivencia, la mayor parte del texto trata de mostrarnos cómo la inteligencia entendida como habilidad para respondernos sobre nuestros propios problemas, puede ser nuestro peor aliado. Somos pozos sin fondo y ya no sólo el tránsito a la locura nos hace diferentes por más insondables, también lo hace el sexo desde el que Rogan se rehabilita, primero pagando, luego buscando la coartada de sus dos primeras víctimas en un bar con su silencioso revolver Walther; la de los dos siguientes inyectando gas a otros tantos sicarios, aquellos que intentaron hacerle desaparecer sin éxito. Para todo lector que se precie, queda en la mente la ineludible elipsis de diez años que Puzo realiza; una elipsis que permite la reconstrucción de su cuerpo, así como el hecho de poder emplearse en una oficina realizando tareas administrativas que pasan por su perfil y le hacen menos peligroso a la vista. La obsesión del autor por la Mafia hace que se recree un pasaje en Sicilia junto a Guido, que lo mismo podría pasar por poderoso caballiere que por cómplice del nazismo;...

El desierto de los tártaros...

El desierto de los tártaros es ya prácticamente un clásico de la literatura universal; una novela fundamental del siglo XX, escrita durante los comienzos de la Segunda Guerra Mundial; es la novela más reconocida de Dino Buzzati, autor italiano que participó desde el periodismo en algunas batallas que tuvieron lugar en dicha guerra. Ya se dijo de esta novela que es kafkiana por su argumento opresivo, kafkiana por el absurdo de lo que inexplicablemente queda atrapado (en términos simbólicos) y no se resuelve, kafkiana porque lo incomprensiblemente irresoluto asfixia. También se puede hacer una lectura de la novela tomando el tema del Otro; la otredad como lo desconocido que amenaza. O bien, dejar de lado a Kafka y a Todorov y acordarse de Beckett por la espera interminable: no sucedió hoy, pero puede que ocurra mañana. Y el absurdo de nuevo, que cuestiona el sentido de la vida, en este caso en particular, el de la de Giovanni Drogo. Porque El desierto de los tártaros es la historia del teniente Drogo que llega a la Fortaleza Bastiani, una Fortaleza de segunda categoría que como frontera marca el comienzo del desierto que se extiende tras ella. El desierto de los Tártaros precisamente, pero no porque haya Tártaros sino porque puede que los haya habido antiguamente. Puede que: estamos ante una novela de la contingencia cuya trama se desarrolla en un lugar (en la Fortaleza, casi todo sucede ahí adentro) que empieza o acaba en el absurdo y el sinsentido (una Fortaleza para defenderse de un enemigo que tal vez es leyenda; una Fortaleza que se defiende de lo desierto). Desde la llegada de Drogo a la Fortaleza, muy joven, hasta sus últimos días transcurren años, durante los cuales desea o planea irse de allí antes...

Garra de la guerra

Decía Camilo José Cela sobre Gloria Fuertes que era «la angélica y alta voz poética a la que los hombres y las circunstancias putearon inmisericordemente». Y no le faltaba razón. La grandísima voz poética de esta autora no ha alcanzado nunca el reconocimiento debido. Pero, si hay una circunstancia provocada por los hombres que la puteó como ninguna otra, fue la terrible injusticia de la guerra. La guerra que le robó, como a tantos, la inocencia, que la dejó en un mundo despoblado de razón, poblado de dolor y de pobreza, en donde se prohibe comer pájaros fritos, y, en cambio, no se prohiben los niños (…), y se los sigue comiendo el hombre en salsa blanca. La misma que le arrebató al hombre que amaba, y con el que se iba a casar. A la que quiso ir, para pararla, pero la detuvieron en el camino. Aquella tragedia sin la que ella declaró que quizá no hubiera nunca escrito poesía. Puede que lo hubiera hecho igualmente, y puede que no. Eso es algo que no sabremos nunca. Pero lo que es innegable es que toda su vida, y, por tanto, su poesía, están profundamente marcadas por esa vivencia. Tanto en los poemas escritos durante, como sobre ella, como en aquellos que no tienen nada que ver, como su extensísima y magnífica producción destinada a los lectores más jóvenes (los depositarios de su esperanza en un mundo nuevo en el que no volviera a repetirse). Poemas alegres, surrealistas, llenos de vitalidad, no exentos de cierto poso de amargura, o de ironía, en ocasiones. A los que, sorprendentemente, las bibliotecas públicas (que lo tienen en la sección de préstamo infantil), y el Ministerio de Cultura (que le otorgó el Primer Premio en la categoría Infantil...

EL VIOLONCHELISTA DE SARAJEVO...

El hecho real del que parte e inspira El violonchelista de Sarajevo (El Aleph, 2008) es un puñal que se ensaña con el lector, apuñalando veintidós veces su conciencia. Una por cada muerto en un ataque con mortero a Sarajevo en el que murieron veintidós personas que hacían cola para conseguir pan, que ya se había convertido en un producto escaso en la ciudad sitiada, en 1992. Una puñalada por cada una de las veintidós ocasiones en las que el músico Vedran Smajlović interpretó el Adagio de Albinoni en veintidós días consecutivos, en memoria de cada una de las víctimas, justo sobre el cráter que había abierto el obús. La novela del joven escritor canadiense Steven Galloway traslada la cotidianidad de la guerra a las historias de tres personajes que bien podrían ser reales, y que de hecho se inspiraban en crónicas que los reporteros de guerra firmaron durante los días del asedio a Sarajevo. Kenan es un ciudadano sencillo y tranquilo que trata de conseguir agua para su familia, en una ciudad en la que acudir con garrafas a las fuentes se ha convertido en una aventura, en un acto heroico. Dragan es el personaje más reflexivo de la novela, que rememora continuamente a su familia, huida de la ciudad antes del estallido de la guerra mientras trafica con víveres y busca protección. Flecha es el nombre en clave de una francotiradora que protege al violonchelista durante los días en los que firma su hazaña de rendir tributo a las víctimas inocentes. Smajlović conoció la novela cuando ya estaba publicada, y arremetió contra su autor, del que dijo que se había aprovechado de su nombre, haciendo que estallará dentro de su conciencia «una bomba atómica de odio y dolor». El violonchelista vivía retirado...