El héroe discreto

A fin de dejar resueltas cuanto antes las cuestiones más espinosas, diré en primer lugar que soy perfectamente consciente de que atreverse a comentar, desde la perspectiva de una simple lectora, la última novela publicada por un autor galardonado, entre otros muchos, con el premio Nobel de literatura, es al mismo tiempo un órdago intrascendente y una osadía descomunal que, no obstante, considero perfectamente disculpables, porque para quién se escriben los libros si no para los lectores como usted y como yo, ávidos de tenerlos entre las manos y disfrutarlos. En segundo término, y dado que me resultan inevitables las comparaciones, quizá lo más honesto sea reconocer que la novela El héroe discreto (2013) está, en mi opinión, a años luz de alcanzar la calidad de La Fiesta del Chivo (2000), título este último que considero la mejor obra de Mario Vargas Llosa con diferencia y que, por eso mismo, ocupa un lugar muy destacado entre mis libros favoritos. Así pues, si bien es cierto –utilizando un símil deportivo- que el título de hoy parece jugar en otra liga, no lo es menos que su lectura fluye con facilidad y placer, y reúne condiciones para proporcionar ese disfrute especialísimo, tan característico del viaje a través de los vericuetos de una prosa de factura impecable, aun cuando las veintitantas últimas páginas resulten un poco morosas y el desenlace de la trama deje una cierta sensación de fiasco. Las principales líneas argumentales de la novela giran en torno a dos figuras masculinas con algunos rasgos comunes, entre los que destaca particularmente su marcada virilidad, en el sentido más clásico del término. De un lado, el empresario del ramo del transporte Felícito Yanaqué, cincuentón afincado en Piura y hombre hecho a sí mismo, quien, un mal día,...

Hablar. Comunicarse. Leer May13

Hablar. Comunicarse. Leer...

Mi abuela Inocenta era una mujer, prácticamente, analfabeta. Leía y escribía con muchas dificultades. Sin embargo, durante los meses de verano que pasaba con ella en Toledo, era capaz de contarme leyendas y todo tipo de cuentos. Los había aprendido siendo niña y los repetía con enorme fluidez y gracia. Desde el primer día hasta mi regreso. Mientras pelaba judías verdes, mientras limpiaba montoncitos de arroz, mientras zurcía un calcetín. Los narraba despacio para que yo pudiera comenzar a memorizar o los cantaba para entretenerme mientras cocinaba o regaba el patio. Muchos de aquellos relatos, los sigo recordando con claridad, todos siguen provocando en mí una atracción extraordinaria. Más adelante, cuando no pudo seguir viviendo sola, comenzó a residir en casa de sus hijas. Una de ellas era mi madre. Cada seis meses viajábamos a Toledo para traer a la abuela hasta Madrid. Ya era muy mayor. Estaba cansada y, en lugar de narrarme historias mil veces escuchadas, me pedía que fuera yo el que contase las mentiras de la vida. Creo que disfrutaba tanto como yo lo hacía en la casa de Toledo. Jugábamos a ser libros imposibles, periódicos disparatados o cualquier otra cosa que nos permitiese evitar el mundo; nos gustaba quedarnos en esa zona de la realidad para evitar el resto. Los meses que no estaba la abuela en casa, dedicaba buena parte de mi tiempo a leer los libros que mi hermano Antonio me recomendaba. Aprendía tramas que más tarde repetiría a aquella ancianita que se consumía mucho más rápido de lo que estaba previsto. Mi adolescencia se convertía en su vejez. La abuela me contagió el afán por contar historias (por hacer solitarios, también); mi hermano Antonio su pasión por la literatura (por la soledad, también). Al fin y...

Todo por una chica

Todo por una chica es una novela de Nick Hornby, autor conocido sobre todo por Alta fidelidad, que comienza con la frase «(…) las cosas me iban bastante bien» y avanza la narración también en ese sentido: bastante bien, en un tono suelto, liberado, gracioso y acertado del narrador Sam, a quien da bastante gusto escuchar (o leer) en estas primeras páginas o capítulos; da gusto conocerlo, nice to meet you, Sam, but… Pero la novela de 302 páginas logra que ese tono peculiar, llamativo, simpático y divertido de Sam comience a resultar de a poco algo reiterativo en medio de una trama sin sorpresas. ¿Es una novela para adolescentes? Sin dudas ese público puede verse mucho más atraído por los personajes protagonistas (Sam y su novia Alicia) que el lector adulto, muy a pesar, esta clasificación, de que la novela no tiene nada que ver con la literatura juvenil ni desde el punto de vista editorial (publicada por Anagrama en uno de esos famosos libros amarillos que todos tenemos, y ojalá muchísimos) ni de la obra misma, que trata del mundo adolescente sin estar perteneciendo al género de la literatura juvenil necesariamente. Hornby maneja humor e ironía de manera admirable, además de ser indiscutiblemente un excelente prosista. Pero (aquí está mi but) esta larga novela va perdiendo interés a medida de que avanza su previsible trama. Que la obra comience con Sam hablando con su póster, o mejor dicho, con la estrella de los deportes que homenajea ese poster, es bastante genial. Este tal Tony Hawk, un gran skater, ídolo de Sam, viene a ser el consejero, reemplazo del padre ausente (y no solo ausente, sino también patético y grotesco) de Sam, cuya pasión, por supuesto, también es el skateboard. El universo de...

Julieta Serrano: Interpretar para poder vivir...

La biblioteca del Teatro de la Abadía de Madrid es el lugar perfecto para charlar con Julieta Serrano. Justo antes de comenzar, aparece José Luis Gómez. Ambos interpretaron El resistible ascenso de Arturo Ui de Bertolt Brecht en los años setenta, en una época de la historia de España especialmente complicada. Impresiona el respeto que muestra él por ella. Aunque no me extraña puesto que yo mismo lo hago. De hecho, lo primero que confieso a Julieta Serrano es la admiración que sigo sintiendo por ella. Sonríe y niega con la cabeza. Me dice que soy un exagerado. Julieta Serrano tiene 81 años y son 57 los que han pasado desde que se subió a un escenario, por vez primera, de forma profesional. Le pido que me cuente cómo fueron sus comienzos, por qué eligió esta profesión, cómo fue evolucionando. «Cuando comenzaba, allá por los años 50, la represión era absoluta a todos los niveles. Yo trabajaba en un taller como dibujante, apenas hablaba en público porque era muy tímida. Mis abuelos habían sido actores y tuvieron una compañía de zarzuela. Mi padre sentía gran amor por el teatro y, creo, que quiso ser actor aunque la búsqueda de la supervivencia propia y la de todos nosotros se lo impidieron. De niña me hacían recitar poemas subida en una banqueta y un lazo en el pelo. En catalán y en castellano. Siendo una cría, lo primero que hice fue con mi padre como director; más tarde, me apuntó en un cuadro escénico. Íbamos mucho al teatro y pasábamos la nochevieja en alguno de ellos. Ya ves que el teatro era un ingrediente muy importante en mi vida. Y pasó que el escenario fue lo que me dio la vida; que fue el lugar en el...

Señorita Puri: Cruasanes entrañables...

Tras media hora de espera, Puri sale por la puerta auxiliar del supermercado en el que trabaja. No cuadraba la caja y eso es sagrado. Caminamos hacia una cafetería del centro de Madrid. Llueve con fuerza. Pero Purificación García (Señorita Puri para sus más de 85.000 fans en Twitter; @senoritapuri) siempre lleva un artefacto encima que evita el desastre. El minúsculo paraguas se convierte en nuestra salvación. Sobre todo, en la de ella. No hay quien se meta allí debajo sin expulsar al otro. ¿Cómo va tu nuevo libro, querida? le logro preguntar después de sortear un par de charcos. «Muy bien. Se está vendiendo divinamente. Recibo a diario un buen montón de fotos de mis lectores con el librito en la mano desde lugares inverosímiles. Es emocionante saber que lo que escribes ayuda a la gente a pasar un buen rato y a olvidar sus problemas. Porque ese era el objetivo de Te dejo es jódete al revés y es el mismo que tenía entre los aladares al escribir La familia: alojamiento con tensión completa». Intento encender un cigarro, pero la lluvia lo convierte en un amasijo que se deshace entre los dedos. ¿Te importa parar un momento, guapa? A ver si puedo encender un cigarrito antes de morir ahogado. «Deberías visitar mi blog. Hay un montón de referencias a artículos extraños que permiten hacer las cosas más imposibles». Puri comenzó con su blog al mismo tiempo que yo con el mío. De hecho, nos conocimos intercambiando mensajes y comentarios a los textos que editábamos hace ya algunos años. «Todo era mucho más sencillo. Ya sabes que me gusta contestar a todos los mensajes que recibo, que no dejo de seguir a los amigos, que trato de ser amable con mis fans. No...

Natalia Marín: Una viajera del flamenco May13

Natalia Marín: Una viajera del flamenco...

A Natalia Marín, más conocida por Natalia la del Mechón, no le amenaza el tiempo, lo demuestra en su primer trabajo discográfico, Atemporal. La voz de la cantaora del Barrio de la Macarena, ha viajado por el mundo con el deseo de llevar al flamenco hasta el lejano Oriente. Nadie adivinaría, que Natalia, una mujer de oficina, se convertiría en una artista de enjundia. «En mi casa ser artista era un tabú. Hasta que mi hija no se hizo una mujer no me decidí a dar el paso. La peña Torres Macarena me ayudó muchísimo. Todas las semanas había un recital de grandes artistas. Los privilegiados éramos los jóvenes a los que la peña dejaba sentarnos gratis, en la primera fila, para que mamáramos de los grandes. ¿Quién me había permitido antes eso? Nadie». La peña de treinta y ocho años de antigüedad, de la que habla, ha sido cerrada, recientemente, por una denuncia vecinal, «ya ves, como si lo que allí se escuchara fuese una especie de terrorismo acústico». ¿Y por qué hiciste la maleta? «Mira, aquí los artistas, con el flamenco, malcomemos. Porque eternamente no dura una voz y más ahora que va ligada al físico. Antes, las fotografías de los mejores flamencos eran de gente mayor que tenían solera. Ahora predomina todo lo joven y no esperamos a que la tengan sino que de un joven se pasa a otro. Yo sigo adelante con mis viajes a Japón, por Europa, Marruecos, haciendo cursillos. Te tienes que buscar la vida por otro lao». La cantaora entiende que los sentimientos son universales y comunicables, gracias al flamenco, «por qué me entienden en Japón, madre mía de mi arma, vaya un idioma diferente. Sin embargo, aunque no lo aparenten, ellos son muy sensibles y...

Cuando la exclamación es mucho más que un signo ortográfico May13

Cuando la exclamación es mucho más que un signo ortográfico...

Formar un grupo de música y escoger Trajano como nombre es casi una declaración de intenciones. Uno no se imagina que a continuación escuchará un vals comedido, o una canción pop que nos haga balancear muy suavemente la cabeza de lado a lado con los ojos entrecerrados y media sonrisa en la cara. Porque, efectivamente, Trajano hace referencia a la antigua figura de aquel emperador ducho en varias guerras, que otorgaron un periodo de esplendor destacado en la historia de la civilización romana. Pero si, aún por encima, le añades un signo de exclamación al nombre (una decisión que ya entraña más misterio para el cantante del grupo, Lois, cuando se le pide recordar cómo fue tomada), poco margen existe para elucubraciones. Es frecuente establecer Madrid como sede de Trajano!, porque esta es la ciudad donde se dio origen a la banda y donde sus cuatro miembros están establecidos en la actualidad. Pero por las venas de este conjunto musical, a menudo introducido en el género del post-punk (algo que, en opinión de los propios aludidos, no responde a una fórmula precisa), corre sangre de varias tierras. Lois, figura donde se reúnen la voz y la guitarra, es de Galicia; al igual que Juan, responsable de las líneas de bajo (que no se limita a este instrumento, sino que también se desenvuelve con una guitarra para grabar las bases melódicas); Carlos, a la batería, es de Valladolid; y Álvaro, quien se ocupa de los teclados, el único miembro de origen madrileño. Esto podría guardar estrecha relación con la dificultad real de enmarcar a Trajano! en un género cerrado. Porque es muy posible que algunas de sus composiciones recuerden a diversos grupos de historia menos reciente, pero lo cierto es que en la banda hay...

La bandeja Smarphoneana May13

La bandeja Smarphoneana...

La mirada que Gilles Deleuze ofrecía en su Posdata sobre las sociedades de control (en las que arribaba las sociedades disciplinarias de Foucault) se ha quedado corta. Si el filósofo francés levantara la cabeza, y echara un vistazo a la cantidad multiplicable de adeptos- adictos a las nuevas tecnologías que hay y que no se atreven a desconectar, se indignaría. El planteamiento foucaultiano, que referencia Deleuze, no necesita ningún relato de ciencia- ficción que pronostique el modo en que nos tocará vivir porque ya sabemos que “el collar electrónico” (Deleuze, 1991, pág. 44) lo llevamos puesto a todas horas. Nos quejamos de que nos es difícil conciliar el sueño, pero no caemos en que puede deberse a la hipertrofia cerebral que produce la saturación informativa a la que estamos sometidos. No cuestionamos el cercado tecnológico en el que nos movemos y no atisbamos un sentido alternativo en los que nos rodean. Cuando el otro no es más que un “casi yo”, la diferencia un mero matiz y la identidad una imposición, no viene a cuento que el salvaje de Aldous Huxley aparezca en la escena del 2014. La cultura actual, que conforma el modo de ser de nuestra sociedad tecnológica, corre el peligro de “descarnalizarse”, de condenar a las personas a su individualidad por el tiempo que pasamos frente a la máquina y en la máquina. La gula tecnológica ha engullido la carnalidad. Vivimos la mayor parte del tiempo en soledad material. Nuestros encuentros son, cada vez, más virtuales. Lo común es la salvación de las distancias, porque el desplazamiento se vuelve un sobre esfuerzo difícil de soportar. La mayoría de los productos culturales están prensados en lo digital. Los teatros, los conciertos, las exposiciones están digitalizadas. Tenemos acceso directo a la cultura de...

De acuerdo, Jeeves

Uno de los personajes más conocidos de la literatura humorística de todos los tiempos, creado por el autor estadounidense P. G. Wodehouse, es nada más y nada menos que un mayordomo que sabe cumplir de un modo entre bartleby y servicial su papel. En esta novela que sigue a unas primeras aventuras, su señor Bertie Wooster hace el papel vodevilesco de aristócrata creído y manipulador, siendo su misión el acceso de un viejo amigo de la escuela a una mujer. Las peculiaridades de Tuppy Glossop, que así se llama el tipo, son su crianza en un medio rural y su afición u obsesión por las salamandras. Wooster se ofrece gustosamente a la hija de su tía Nahdia, a cambio inicialmente de sus consejos de hombre de mundo y ofreciéndole un encuentro, gracias al que Bertie se librará de ir al acto protocolario de entrega de premios académicos o de enorgullecimiento familiar; pero Glossop no sólo sufre un ataque de cuernos ficticios difícil de remediar con su amada (con quién todos los designios del destino la descubrirían como el amor perfecto no sólo unilateralmente), sino que quedará el tipo flemático, indignado, de resultas de la concesión del premio de religión a un tipo que no lo considera merecedor de tal. De resultas de ello, Wooster el magnífico quedará víctima de su propia trampa y tendrá que pagar los platos rotos de Glossop. La guerra de los sexos, la imposibilidad de la perfección o las consecuencias de este perfeccionismo hacen que el plan ideado de primeras por el mayordomo se vea por sencillo como el más eficaz. Escrita despaciosa, pero talentosamente, no es en la historia, sino en los reveses, donde encontramos la elegancia del texto, en esa otra vuelta de tuerca que tan magistralmente se...

Imagen y materia de lo intangible...

No me suele gustar el arte religioso. Me aburre que me mata. Y sin posibilidad de una vida futura, en mi caso. Hay pocos artistas en los que encuentre una mirada, esa pulsión de misticismo de Ucello, la transgresión de un Caravaggio, un virtuosismo que se aleje de los estereotipos, como el de Rafael Sanzio; la desmesura de Sert. Casi siempre la chispa se enciende en lo histórico de las escrituras o en lo pagano. Eso no resta mérito a la carga cultural e histórica de este tipo de arte, ni tampoco implica que no existan obras memorables. En esta exposición se pueden ver algunas de ellas. La primera vez que oí hablar de las Obras Maestras de la Colección Masaveu fue con motivo de la exhibición que organizó el Museo del Prado en 1989, en el Palacio de Villahermosa, la actual sede de la Thyssen-Bornemisza. Me quedé estupefacto. ¿Cómo podían estar en manos particulares esos fabulosos retablos góticos y renacentistas, los bodegones? Con el paso del tiempo, diarios e informativos anunciaron el pleito de los gobiernos de la Comunidad de Madrid y el Principado de Asturias por lo que fue el pago de los derechos sucesorios más elevados de la Historia de España, tras la muerte de Pedro Masaveu en 1993, que supuso finalmente el depósito, como dación, en el Museo de Bellas Artes de Oviedo de más de cuatrocientas obras de una calidad extraordinaria. Se fue desgranando el proceso de acumulación de arte en manos de una familia: el establecimiento de unos grandes almacenes en la capital asturiana, aprovechando el auge de la minería y de la industria a finales del ochocientos; el salto a la banca, la diversificación de los negocios en una productiva postguerra y la consolidación final de un...

La ley del silencio: ¿apología del chivato? May13

La ley del silencio: ¿apología del chivato?...

Una gran película requiere una intensa concentración de talento creativo por parte de director, guionista, intérpretes, etc. Partiendo de esa base, hay obras maestras a pesar de que ni sus propios creadores confían en ellas (Casablanca es un buen ejemplo) y otras que son consecuencia de la profunda fe de sus autores en su proyecto. La ley del silencio (On the waterfront, Elia Kazan, 1954) es uno de estos casos. Nadie apostaba un céntimo por esta historia ambientada en los tristes muelles de mercancías neoyorquinos, cuyo protagonista era un estibador de pocas luces que se enfrentaba al sindicato corrupto que dominaba el puerto. El conjunto resultaba muy poco atractivo para las grandes productoras cinematográficas de Hollywood que en la década de los 50 y a raíz de la entrada del televisor en los hogares, no sabían qué hacer para atraer a los espectadores a las salas de cine. Los estudios querían ofrecer gran espectáculo, amplios espacios en formatos nuevos como el Cinemascope, musicales en technicolor, evasión para el público de la dureza de la vida cotidiana… En esas circunstancias, como dijo el gran jefe de la 20th Century Fox, Darryl F. Zanuck ¿quién iba a comprar una entrada para ver a un estibador y a unos sindicalistas corruptos en blanco y negro? Sólo Kazan y el guionista, Budd Schulberg, estaban convencidos del interés de una trama que reflejaba una realidad que estaba ocurriendo en ese preciso momento y se empeñaron con denuedo en pulir la historia y llevarla a la gran pantalla. Cuando ya les habían dado con la puerta en las narices los grandes estudios, tuvieron la fortuna de que Sam Spiegel, un productor independiente, zafio y tacaño pero con gran olfato, creyera en el proyecto y consiguiera la financiación necesaria. La película...

Esperanza: una tragedia...

Shalom Auslander es un rebelde, un agitador. Un adolescente con ganas de tocar las narices. Puedo afirmarlo con tan solo conocer el título de su primera novela, Lamentaciones de un prepucio (pendiente de lectura), y el contenido de la segunda, Esperanza: una tragedia. Educado en la ortodoxia judía, este columnista de importantes publicaciones estadounidenses como The New York Times y The New Yorker, se rebela contra su pueblo a través de la literatura. Y lo hace con descaro y con un humor exquisito que escandalizará a muchos, pero que provocará en el resto de sus lectores unas sonoras y sanísimas carcajadas. Yo me quito el sombrero ante esta novela; por su argumento sorprendente, por las ideas fascinantes que plantea, por las escenas desternillantes que protagoniza el desgraciado de Kugel… Y, ante todo, por alcanzar todas estas pretensiones con una simplicidad solemne, alejándose de esa sobrecarga que a menudo nos hace pesadísimas lecturas potencialmente buenas. Esperanza: una tragedia es una radiografía de la culpa en nuestra sociedad y, especialmente, en las entrañas del pueblo judío. A Solomon Kugel le corroe la culpa por haber traído a su hijo a este mundo (Lo siento son las primeras palabras que le dirigió al nacer). También le corroe el odio hacia la culpa que siente su madre por haber sido otros judíos, y no ella, las víctimas del Holocausto, hasta el punto de afirmar que sí lo fue cuando, en realidad, nació pasada la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, a Kugel le corroe la culpa por ese odio a su madre y a sus raíces. Y es precisamente esa culpa la que le lleva a aceptar hospedar a dos viejas insoportables en su casa: una es su madre; la otra, una mujer que encuentra en su desván y que dice ser la mismísima Ana Frank. Todo ello a costa de su matrimonio. Porque sí, Kugel está casado. Kugel...

La canción de los misioneros...

El personaje principal de la novela de John le Carré es Bruno Salvador; intérprete acreditado de origen congoleño, de madre negra y padre blanco y misionero. La novela comienza de forma rotunda, con una introducción clara y directa en el personaje, presentándose (él mismo) como lo que es, un artista de las lenguas africanas, empleado de los servicios de inteligencia del gobierno británico, fiel a estos y al código deontológico de los traductores, pero con el corazón mirando siempre al Congo, donde los señores de la guerra no hacen más que sucederse unos a otros sin pasar por alto el conflicto ruandés. Además, Salvo, que así se hace llamar, es impulsivo, decidido y apasionado. Pero de eso nos irá convenciendo a lo largo de la lectura. Para esta narración llena de amor y pasión en todas sus acepciones, cargada a la vez de historia y actualidad, Le Carréconsigue atrapar al lector desde la primera página con la simpatía de Salvo, con su vida (culebrón típico de cualquier otro ciudadano londinense): casado con una mujer a la que le importa más su trabajo que su relación; la aparición no buscada de la otra, a quien conoce en uno de sus trabajos no confidenciales y a la que tiene que abandonar súbitamente por un trabajo de carácter urgente y secreto… Y, de pronto, nos vemos inmersos en un mar por el que a ningún intérprete le gustaría navegar, pero no le queda más remedio. Eso sí, no sin antes tragarnos el idealismo del asunto. Imagínense la felicidad de Salvo cuando es requerido para hacer de mediador entre representantes de algunas tribus congoleñas y miembros del alto standing británico, reunidos por el bien de su amado país. Salvo, como el buen intérprete que es, acata las órdenes...

Un mapa en la cabeza

Un mapa en la cabeza es el libro que nos arrepentimos de haber comprado porque no cumple con las expectativas que lo envuelven, seguramente no lo habríamos hecho de habernos fijado en que el único mérito de su escritor es el de ser el concursante más longevo de un concurso estrella de la televisión. Una vez que lo hemos adquirido y que nos hemos enterado, nos encontramos con lo previsible: un libro de divulgación bastante frívolo con anécdotas, mucho friki suelto y algunas curiosidades geográficas. Ken Jennings es bastante crítico con él, pero a la vez participa del estilo de vida americano caracterizado por el desconocimiento –o por una aproximación bastante superficial- al resto del mundo, que viene marcada por su propio territorio inmenso, articulado por una red de carreteras. Destaca en otros capítulos el uso de las nuevas tecnologías, y la influencia de la televisión y los concursos de National Geographic. Sería injusto no señalar algunas citas interesantes, profusión de datos entre la que alguno nos sirve, y dos o tres ideas divertidas en una obra desenfadada y ligera que puede interesar a los adolescentes aficionados a la geografía y los mapas. Calificación: Ligero. Tipo de lector: Adolescentes. Tipo de lectura: Ligera. ¿Dónde puede leerse?: En la Sala de los Mapas del Vaticano (no sé si es buen...