Guerra y cine: De la épica a la locura Oct28

Guerra y cine: De la épica a la locura...

Que las artes y la violencia tienen una extraña relación es una evidencia. Y que el cine es el escaparate artístico que se nutre de esa violencia, con todos sus matices, es otra. Los grandes directores, los grandes actores y actrices, los grandes fotógrafos o los grandes productores, suelen tener (a lo largo de sus carreras) algún encuentro con la violencia al otro lado de la cámara. La guerra, tal vez, es la expresión máxima de la locura humana. Por eso son muchas las películas a las que podemos acudir si queremos abordar este asunto. Tan sucio como bello cuando el ser humano lo transforma en motivo artístico. Elegir entre todas las películas de la historia cinematográfica las mejores o las más representativas es, sencillamente, imposible de hacer sin dejar fuera de la lista trabajos de extraordinaria calidad. Por tanto, ese no es el objetivo de este artículo. La idea es hacer un repaso para seleccionar esos aspectos bélicos o narrativos o cinematográficos que explican la guerra (si es que eso es algo posible) y su relación con el arte. Este es el resultado… La estupidez. ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964). ¿Somos estúpidos? ¿Dependemos en exceso de las máquinas? ¿Una pequeña cosa es suficiente para que se produzca un cataclismo? Sí. Stanley Kubrick optó por filmar una película sobre todas estas preguntas manejando el humor como alternativa. Y digo bien, preguntas. Porque se plantean muchas aunque no se dan soluciones. Termina la película de forma poco alentadora mostrando una sociedad devorada por sí misma y pagada de sí misma y todo de sí misma. El guión es divertidísimo, el montaje sencillo y eficaz, la fotografía inmejorable, y la cámara se mueve con delicadeza y acierto milimétrico. Los personajes encarnan el ridículo más absoluto y...

Cuando la muerte viaja en el silencio Oct28

Cuando la muerte viaja en el silencio...

Desde ‘Lili Marleen’, basada en el poema de un soldado de la Primera Guerra Mundial hasta el ‘Devils & dust’ de Springsteen, en la que también se mete en la piel de un combatiente en Iraq, la música del último siglo ha rendido homenajes a aquellos que recurrían precisamente a la música para evadirse del sonido de las balas, y del silencio de la muerte. El rock de los ’70 y la Guerra de Vietnam supusieron una simbiosis absoluta entre la crueldad de los combates y las composiciones desgarradoras, impregnadas de rabia. Las balas silbaban a su alrededor, impregnando el aire de un fétido aliento de muerte. La niebla no dejaba ver los destellos de los Kalashnikov del Vietcong. Unos y otros disparaban a ciegas, guiados solo por el estruendo. La compañía avanzaba, poderosa, aplastando toda la vida que encontraba a su paso. Era un niño al que la madurez le había llegado de golpe, en forma de uniforme mimetizado. Estaba aterrado. Era su bautismo de combate. En la espesura de la jungla, temblaba encogiendo las piernas sobre su pecho, mientras los disparos sonaban desde el otro lado del río. Un cabo del pelotón había tratado de tranquilizarlo, pero sólo consiguió proporcionarle una noche de vigilia. —No tienes que preocuparte. Si escuchas el disparo, es que esa bala ha pasado de largo. No te quería, amigo. No llevaba tu nombre. El joven soldado le miró con una mezcla de agradecimiento e incredulidad, antes de reflexionar que su compañero de armas llevaba razón. A veces, cuando se producía una detonación aislada, se oía el silbido del proyectil antes que el quejido del fusil en la distancia. —En la escuela de Físicas se aprende que las balas viajan más rápido que el sonido. No puedes escuchar...

La última batalla de los soldados Oct28

La última batalla de los soldados...

En un especial sobre la violencia en el arte, queríamos hablar del tratamiento cinematográfico de las secuelas de la guerra en los veteranos. Con una combinación de lirismo y crudeza, el énfasis se pone unas veces en los cuerpos o almas mutilados, otras en el cuestionamiento sobre el sentido de lo vivido y otras en la inadaptación a la vida civil. Nos centramos en dos películas muy distintas separadas por tres décadas, pero que coinciden en desgranar el duro retorno de tres veteranos, con una mirada cargada de respeto: Los mejores años de nuestra vida y El cazador. Una de las maravillas de la narrativa, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, reside en la posibilidad de acercarnos a lo que han vivido personas de otras épocas y otros ámbitos. Así, a través de películas como Los mejores años de nuestra vida (The best years of our lives, William Wyler, 1946) y El cazador (The deer hunter, Michael Cimino, 1978) hemos podido asomarnos a entrever los sinsabores de los veteranos de la segunda guerra mundial y de la guerra de Vietnam. Ambas coinciden tanto en presentar a tres hombres que viven de diversa manera las secuelas de la experiencia bélica, como en ofrecer un enfoque lleno de compasión por cada uno de ellos. Si bien se tiende a veces a descalificar la compasión, como si necesariamente contuviera una cierta condescendencia que incomoda al que sufre, no tiene porqué ser así. Lo cierto es que en las miradas de Wyler y Cimino, la compasión está revestida de un enorme respeto por los personajes retratados. Y es precisamente en esa mirada donde reside parte de la belleza de ambos largometrajes. En “Los mejores años..” tres veteranos coinciden en el viaje de vuelta a casa, aprensivos ante lo...

Viaje al fin de la noche...

Tachado por muchos de misógino y racista, Louis Ferdinand Celine, autor de esta sombría y a su vez aplaudida novela, fue también, y en sus páginas y prólogo así se sugiere, colaborador del régimen nacionalsocialista alemán durante el conflicto armado más importante del siglo XX. Narrada con la existencia de un personaje a través de cuyos antecedentes, (podríamos averiguar qué facetas suyas predominan), entremezcla el estilo directo e indirecto mediante frases cortas e imperativas con otras más discursivas. A pesar de ello, la novela es todo menos un panfleto y en ella se narra desde la idea del infierno personal, propio y ajeno, los sufrimientos tanto de un soldado como de un médico. Situada cronológicamente en todo un punto geodésico tanto histórica como culturalmente, las reflexiones que se hacen a través de Ferdinand o León sobre la psiquiatría o diversas enfermedades terminales que conducen a la desaparición (ese fin de la noche, tantas veces sugerido, que no empieza con el día) son las de un superviviente a la barbarie, alguien que se alza desde su superioridad moral, sobre el resto de los mortales, para descubrir demasiado tarde que él también forma parte de la condición humana. En la manera en que la soberbia propia y ajena hace fenecer todo aliento, encontramos influencia o posible intertextualidad con el Calígula de Albert Camus, por mostrar un referente ideológicamente tan diferente. Pero se trata sin lugar a dudas de una megalomanía seca, en tanto que el lector que se precie disfrutar de su discurso lo hará entre líneas y a la vez sabrá dejarse llevar por el fluir de un texto que tiene también que ver con Marcel Proust y con otros autores de interés. A su vez, el texto es un juego de diálogos que forman...

SEIS TUMBAS EN MUNICH...

Escrita en su día bajo el seudónimo de Mario Cleri (Mario Puzo), el especialista en la Mafia desde que escribiese tanto la novela como el guión de El padrino, nos sitúa en la mente intrépida y vengativa de Mike Rogan, una suerte de matemático superdotado que trabaja descifrando mensajes de los países aliados a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. El desembarco de Normandía no juega a su favor, como tampoco lo hace la implantación del Telón de Acero en una Alemania devastada que intenta buscar culpables donde no los hay. Rozando la objetividad en el punto de vista, pero sin perder al personaje más en su periplo por la justicia (omertá) que por la supervivencia, la mayor parte del texto trata de mostrarnos cómo la inteligencia entendida como habilidad para respondernos sobre nuestros propios problemas, puede ser nuestro peor aliado. Somos pozos sin fondo y ya no sólo el tránsito a la locura nos hace diferentes por más insondables, también lo hace el sexo desde el que Rogan se rehabilita, primero pagando, luego buscando la coartada de sus dos primeras víctimas en un bar con su silencioso revolver Walther; la de los dos siguientes inyectando gas a otros tantos sicarios, aquellos que intentaron hacerle desaparecer sin éxito. Para todo lector que se precie, queda en la mente la ineludible elipsis de diez años que Puzo realiza; una elipsis que permite la reconstrucción de su cuerpo, así como el hecho de poder emplearse en una oficina realizando tareas administrativas que pasan por su perfil y le hacen menos peligroso a la vista. La obsesión del autor por la Mafia hace que se recree un pasaje en Sicilia junto a Guido, que lo mismo podría pasar por poderoso caballiere que por cómplice del nazismo;...

El desierto de los tártaros...

El desierto de los tártaros es ya prácticamente un clásico de la literatura universal; una novela fundamental del siglo XX, escrita durante los comienzos de la Segunda Guerra Mundial; es la novela más reconocida de Dino Buzzati, autor italiano que participó desde el periodismo en algunas batallas que tuvieron lugar en dicha guerra. Ya se dijo de esta novela que es kafkiana por su argumento opresivo, kafkiana por el absurdo de lo que inexplicablemente queda atrapado (en términos simbólicos) y no se resuelve, kafkiana porque lo incomprensiblemente irresoluto asfixia. También se puede hacer una lectura de la novela tomando el tema del Otro; la otredad como lo desconocido que amenaza. O bien, dejar de lado a Kafka y a Todorov y acordarse de Beckett por la espera interminable: no sucedió hoy, pero puede que ocurra mañana. Y el absurdo de nuevo, que cuestiona el sentido de la vida, en este caso en particular, el de la de Giovanni Drogo. Porque El desierto de los tártaros es la historia del teniente Drogo que llega a la Fortaleza Bastiani, una Fortaleza de segunda categoría que como frontera marca el comienzo del desierto que se extiende tras ella. El desierto de los Tártaros precisamente, pero no porque haya Tártaros sino porque puede que los haya habido antiguamente. Puede que: estamos ante una novela de la contingencia cuya trama se desarrolla en un lugar (en la Fortaleza, casi todo sucede ahí adentro) que empieza o acaba en el absurdo y el sinsentido (una Fortaleza para defenderse de un enemigo que tal vez es leyenda; una Fortaleza que se defiende de lo desierto). Desde la llegada de Drogo a la Fortaleza, muy joven, hasta sus últimos días transcurren años, durante los cuales desea o planea irse de allí antes...

Garra de la guerra

Decía Camilo José Cela sobre Gloria Fuertes que era «la angélica y alta voz poética a la que los hombres y las circunstancias putearon inmisericordemente». Y no le faltaba razón. La grandísima voz poética de esta autora no ha alcanzado nunca el reconocimiento debido. Pero, si hay una circunstancia provocada por los hombres que la puteó como ninguna otra, fue la terrible injusticia de la guerra. La guerra que le robó, como a tantos, la inocencia, que la dejó en un mundo despoblado de razón, poblado de dolor y de pobreza, en donde se prohibe comer pájaros fritos, y, en cambio, no se prohiben los niños (…), y se los sigue comiendo el hombre en salsa blanca. La misma que le arrebató al hombre que amaba, y con el que se iba a casar. A la que quiso ir, para pararla, pero la detuvieron en el camino. Aquella tragedia sin la que ella declaró que quizá no hubiera nunca escrito poesía. Puede que lo hubiera hecho igualmente, y puede que no. Eso es algo que no sabremos nunca. Pero lo que es innegable es que toda su vida, y, por tanto, su poesía, están profundamente marcadas por esa vivencia. Tanto en los poemas escritos durante, como sobre ella, como en aquellos que no tienen nada que ver, como su extensísima y magnífica producción destinada a los lectores más jóvenes (los depositarios de su esperanza en un mundo nuevo en el que no volviera a repetirse). Poemas alegres, surrealistas, llenos de vitalidad, no exentos de cierto poso de amargura, o de ironía, en ocasiones. A los que, sorprendentemente, las bibliotecas públicas (que lo tienen en la sección de préstamo infantil), y el Ministerio de Cultura (que le otorgó el Primer Premio en la categoría Infantil...

EL VIOLONCHELISTA DE SARAJEVO...

El hecho real del que parte e inspira El violonchelista de Sarajevo (El Aleph, 2008) es un puñal que se ensaña con el lector, apuñalando veintidós veces su conciencia. Una por cada muerto en un ataque con mortero a Sarajevo en el que murieron veintidós personas que hacían cola para conseguir pan, que ya se había convertido en un producto escaso en la ciudad sitiada, en 1992. Una puñalada por cada una de las veintidós ocasiones en las que el músico Vedran Smajlović interpretó el Adagio de Albinoni en veintidós días consecutivos, en memoria de cada una de las víctimas, justo sobre el cráter que había abierto el obús. La novela del joven escritor canadiense Steven Galloway traslada la cotidianidad de la guerra a las historias de tres personajes que bien podrían ser reales, y que de hecho se inspiraban en crónicas que los reporteros de guerra firmaron durante los días del asedio a Sarajevo. Kenan es un ciudadano sencillo y tranquilo que trata de conseguir agua para su familia, en una ciudad en la que acudir con garrafas a las fuentes se ha convertido en una aventura, en un acto heroico. Dragan es el personaje más reflexivo de la novela, que rememora continuamente a su familia, huida de la ciudad antes del estallido de la guerra mientras trafica con víveres y busca protección. Flecha es el nombre en clave de una francotiradora que protege al violonchelista durante los días en los que firma su hazaña de rendir tributo a las víctimas inocentes. Smajlović conoció la novela cuando ya estaba publicada, y arremetió contra su autor, del que dijo que se había aprovechado de su nombre, haciendo que estallará dentro de su conciencia «una bomba atómica de odio y dolor». El violonchelista vivía retirado...

MAFIOSOS DE LA NUEVA ERA: EL POR QUÉ DE LOS SOPRANO Oct21

MAFIOSOS DE LA NUEVA ERA: EL POR QUÉ DE LOS SOPRANO...

Tres películas que pensamos influyeron en la idea y desarrollo del equipo de Los Soprano. Un artículo sobre cine y mafia que no desdeña la comedia y los rudimentos de toda vida ordinaria; pues por más sofisticación que se le quiera dar, los asesinos también lloran y a veces hasta tienen sobrados motivos para hacerlo, pues sus metas o no fueron las que pensaban, o es el que el mundo ha cambiado. O nadie entiende a nadie. En fin, cosas de locos. Escribir sobre cine de mafiosos y no citar la sacrosanta trilogía de El Padrino parece poco menos que una herejía y no es nuestra intención sobrepasar estos límites. Los papeles que tanto Robert de Niro como Al Pacino o el mismo realizador Francis Ford Coppola tienen en estas tres películas -de las que siempre se dijo que la segunda sobrepasaba en calidad a la primera- conforman un espectro tan difícil de superar en dimensiones dramáticas y trágicas, que el campo del cine (poblado, como decía hace unos días el guionista David Chase en la prensa, fundamentalmente de sueños o pesadillas) no podrá olvidar jamás cómo, por ejemplo, aquella cabeza de caballo muerto y desangrado dentro de la cama de una de las víctimas de la Mafia, nos hizo enloquecer y vibrar de horror a partes iguales, ya desde la novela de Mario Puzo. Sin embargo, nuestro objetivo esta vez es otro, ya que lo que caracteriza a los mafiosos de la nueva era, además de ese sino siniestro por el que quién la hace la paga, es mostrar cómo aquellos viejos hombres tan identificados con el Gary Cooper de Sólo ante el peligro, tienen también su corazoncito. Para mostrar este rasgo que a muchos puede parecer más una extravagancia que otra cosa,...

La palabra y el arte como arma de guerra Oct14

La palabra y el arte como arma de guerra...

Las guerras se ganan utilizando todos los recursos posibles. No sólo se lanzan misiles teledirigidos o toneladas de bombas de racimo para vencer al enemigo. La propaganda es un arma como otra cualquiera. En la guerra civil española, la dimensión de esa propaganda, convertida en cartel, fue extraordinaria. Artistas de todo tipo, de cualquier procedencia imaginable, se afanaron en lograr con su arte que la guerra avanzase en una dirección u otra. Hoy, esos carteles, son la muestra de un proceso bélico que nunca debió producirse y que nunca debería repetirse en ningún lugar del mundo. La guerra es una constante en la historia de la humanidad, un fenómeno social en el que dos bandos enfrentados luchan por su supervivencia envueltos por un número infinito de factores que pueden ser, por ejemplo, de carácter histórico, económico, armamentístico, estratégico o propagandísticos. Inopinadamente, la propaganda puede ser incluso más importante que otras variables más propias de lo militar, llegando a inclinar la balanza a favor de quien haga un mejor uso de ella. Las palabras pueden llegar a tener la misma fuerza que las armas. La propaganda de guerra se dirige, en un primer momento, a los oficiales para levantar la moral de la tropa; a la propia tropa; pero, también, al enemigo, en la llamada guerra psicológica, y a los neutrales, para impedir que se alíen con el bando contrario. La propaganda fue un arma fundamental en la I Guerra Mundial, pero, por su carácter ideológico, en la Guerra Civil española llego a ser aún más relevante. En concreto, el cartel propagandístico tuvo uno de sus momentos más intensos en el arte popular. Hasta la aparición de la televisión, nunca antes se había producido en la historia tal manifestación masiva de arte bélico y político,...

NUEVE CLÁSICOS Y UN NEO-WESTERN Oct14

NUEVE CLÁSICOS Y UN NEO-WESTERN...

Creadores de inagotable talento como John Ford, Anthony Mann o Fred Zinemann nos han regalado obras de arte que unas veces ensalzan la leyenda del Oeste americano y otros la cuestionan, pero siempre nos cautivan por la fuerza de las tramas, personajes e imágenes. Desde La diligencia hasta Breaking bad, la lista de estos diez westerns favoritos no sigue un orden de preferencia sino meramente cronológico. Este número de Aladar, tan próximo al extraño vínculo que siempre existió entre el arte y la guerra o la violencia de todo tipo, entre el arte y la supervivencia del ser humano sea como fuere, no podía omitir un género como el western. Al fin y al cabo la condición humana es la que es y, aunque nos perturbe, debemos tenerla presente en toda su amplitud. El western nos ha regalado historias sobre hombres solitarios que sobreviven en entornos majestuosos y hostiles, sobre la violencia de la frontera, sobre el esfuerzo de los pioneros, sobre la brutalidad y la sabiduría del pueblo indio, sobre el afán de venganza o el coraje como motores de cambio, sobre la fuerza civilizadora de las mujeres, sobre la codicia, la ira y el perdón. Voy a hablarles de las diez películas de este bellísimo género que personalmente más emoción y admiración me han provocado. Habrá lectores que echen en falta obras de Hawks, de Leone o Eastwood, pero este tipo de rankings deben servir para despertar debate y además, les recordaré algo con asertividad no exenta de amabilidad: esta es mi lista. La diligencia (Stagecoach, John Ford, 1939) Es una obra llena de la humanidad profunda y la poesía que caracterizaba el cine de John Ford, ese artista de sentimientos contradictorios, por cuyas venas, más que correr la sangre, galopaba el...

El catcher en Normandía...

La última biografía de Salinger revela detalles como que el escritor continuó con su producción literaria hasta el fin de sus días, y otros curiosos como el que cuenta que el manuscrito de El guardián entre el centeno le acompañó durante su participación en el Desembarco de Normandía. «Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es» cómo surgió. Todo ese rollo de cuando decidí que iba a escribir este artículo sobre un tipo huraño,  uno de esos escritores de culto, raros y herméticos. Pero la verdad es que no tengo ganas de extenderme mucho en esas gilipolleces. Aún así tengo que hacerlo, para justificar esta forma de escribir, esta voz, que no es la mía, sino una burda imitación de la del propio Salinger. O más bien la que Salinger adoptó para meterse en la piel de su personaje. Estaba viendo en la televisión un documental sobre el Desembarco de Normandía. Uno de tantos, pero uno bueno, con imágenes reales. El narrador contó que uno de los soldados que participó en la operación era Jerome David Salinger, el autor de El guardián entre el centeno. Y también contaba que llevaba el manuscrito de la obra en la mochila. Sentí vértigo. Me interesa todo lo que tenga que ver con esa obra, imprescindible en la literatura del siglo XX. Quizás debería contar que me interesa todo lo que tiene que ver con John Lennon. Y aunque la novela de Salinger fuera una mierda, el hecho de que el asesino de Lennon la llevara encima cuando fue detenido, ya me habría hecho interesarme por ella. También me interesa todo lo que tiene que ver con el desembarco en Normandía. Es el día en el que la historia comenzó...

Diez grandes fotógrafos de guerra...

Aladar les invita a descubrir a diez fotógrafos cuya inspiración, inquietud, carácter y mirada, les han hecho introducirse en zonas de alto riesgo. Temerarios o simplemente valientes, quién sabe. Lo que está claro es que sin ellos no sólo seríamos distintos, sino quizás demasiado iguales. Porque en el trasfondo de todas estas imágenes, hay mucha realidad. Y es la realidad lo único que no podemos entender y la razón por la que reflexionamos de forma diversa unos y otros. Intentando alcanzar un conocimiento máximo. Dentro de la idea antibelicista que rescata Aladar, tratamos de hacernos eco de diez nombres considerados por muchos como todoterrenos del fotoperiodismo de todos los tiempos. Estos fotógrafos son capaces de inmiscuirse en zonas de especial alto riesgo y, contrariamente a lo que se piensa, les gusta estar más detrás de una cámara que delante. Nuestro humilde reconocimiento para todos los que se quedan fuera y para aquellos que trabajan para medios audiovisuales que han conseguido desde la pequeña pantalla, informar sobre los conflictos nacionales e internacionales que aún pueblan nuestro mundo. Sacamos este tema a colación porque quizás la primera imagen que impactó de forma profunda en nuestras generaciones, posiblemente, sea la de una niña indefensa en Nicaragua acorralada por una montaña de lodo y cuyos brazos la mantuvieron viva aproximadamente una semana. Esta imagen supone toda una declaración de principios ligada al periodismo ya sea escrito o gráfico. ¿Es antes la ética o la información, o lo que hoy llamaríamos sin temor a equivocarnos espectáculo? Una cosa parece clara y es que las noticias bélicas y catastróficas venden más que otras muchas, hasta el punto de que su bombardeo produce un efecto anestesiante en la población hoy en día. Nuestro propósito pretende ser más ilustrativo que otra cosa...

Sentir la guerra Oct14

Sentir la guerra

Nunca antes el cine había sido capaz de reflejar tan certeramente la visión de la guerra desde el punto de vista del soldado, salvo en la secuencia inicial del desembarco de Normandía en Salvad al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998). Pero la diferencia es que esta vez, en Restrepo, los soldados no son actores. Y la guionista es la propia guerra. El reconocido crítico de cine David Eldestain escribió que Restrepo era un documental ambientado en un mundo casi alienígena con un toque de surrealismo.  En cambio, -afirmaba-, no podía existir un cine más alejado del escapismo. En Restrepo sus directores, los reporteros Tim Hentherintong –asesinado por un mortero en Libia en 2011, poco después de estrenar la película-, y Sebastian Junger, se empotraron en un comando del ejército norteamericano en Afganistán. Su objetivo era tratar de mostrar su profundo interés y respeto por la realidad que vivían los soldados. Pero ¿qué es la realidad? En Restrepo nos encontramos un reflejo de la riqueza y la ambigüedad de la vida de los soldados, pero más allá de la observación objetiva. La realidad humana, cuando se encuentra bajo presión, se convierte en surrealismo y alucinación, como se observa brillantemente en este documental. La mezcla de lo cotidiano y el horror de la guerra, soldados casi infantiles en sus comportamientos, a ratos destrozados y hundidos en sus testimonios a la cámara, quedan convertidos, en la escena siguiente, en terribles guerreros capaces de todo. Es aquí donde las percepciones de los directores quedan incluidas en el resultado final como parte de la rica narrativa resultante. Candidata al Óscar al mejor documental en 2011 y galardonada con numerosos premios, Restrepo narra el despliegue de un pelotón de soldados estadounidenses en el Valle de Korengal en Afganistán,  considerado uno...

Un Óscar para Lennon Oct14

Un Óscar para Lennon...

Vivir es fácil con los ojos cerrados aspira a convertirse en la mejor película de habla no inglesa en la próxima edición de los Óscar. Si lo obtuviera, de alguna manera sería un premio para la memoria de un John Lennon que es el protagonista elíptico de la cinta de David Trueba, y también para su pacifismo militante. Algunos imprescindibles de la historia del rock, como Bob Dylan, Bruce Springsteen o Phil Collins tienen un Óscar en sus vitrinas, como reconocimiento a sus aportaciones musicales a grandes producciones cinematográficas, o a otras que no lo habrían sido tanto de no contar precisamente con su música. Probablemente, John Lennon también lo habría obtenido si hubiera podido componer unos años más. O si canciones como Instant Karma o Working class hero hubieran sido concebidas como tema principal de una banda sonora. Pero el caso es que la academia norteamericana de cine nunca pudo darse a sí misma el homenaje de entregar su mayor premio a toda una leyenda de la música como Lennon, ya que el que consiguió el tema Let it be, en la categoría de mejor adaptación musical, y aunque acreditado en su composición como Lennon/McCartney, sólo fue recogido por Paul, quien era su verdadero compositor. Lennon también flirteó con el cine, y no sólo con las películas protagonizadas por The Beatles, sino que Richard Lester, el mismo director de A hard day’s night (1964) y Help! (1965) le propuso participar como actor en una comedia negra ambientada en la Segunda Guerra Mundial. How I won the war contaba la historia de un caricaturesco pelotón británico de ‘mosqueteros’ que tenía como una de las principales misiones encomendadas por el alto mando la de la construcción de un campo de cricket a cien kilómetros de...