TENEMOS QUE HABLAR DE KEVIN

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Ésta es una historia terrible, pero también muy bella. Muchos lectores quizás la han visto filmada, en la película que rodó Lynne Ramsay en 2011. Los que se acerquen primero al libro se sorprenderán con su argumento.

Está escrita en forma de unas cartas, las que Eva Khatchadourian escribe a su marido ausente, repasando sus vidas en donde convergen: en su hijo Kevin. Eva es tremendamente mordaz, pero justa, en el retrato de una situación que se les ha ido de las manos. Implacable, va desmontando todos los mitos de la sociedad americana, pisoteando todas sus reglas; deconstruyendo y reconstruyendo uno de los últimos tabúes de las comunidades fuertemente moralizadas: la maternidad. Moldeando el retrato insólito de una familia ideal en la que –por lo que sea, eso es lo que tendrá que meditar el lector- algo ha salido mal.

Demasiado mal.

Eva es muy punkie, agresiva en sus planteamientos, transgresora, crítica, políticamente incorrecta, nos enfrenta a verdades como puños con sensatez y libertad, en un proceso definitivo de demolición del american way of life.

Tenemos que hablar de Kevin nos acerca al horror de una manera insólita y poco convencional, de forma que nos mantiene todo el tiempo entre la carcajada y el escalofrío.

Porque no hay nada como el humor negro para plantear cosas que suceden y para las que es muy difícil encontrar explicación y respuesta.

Cuenta la novela –de paso- cosas muy hermosas sobre la maternidad y la adolescencia.

Quienes inicien la lectura de Tenemos que hablar de Kevin harán bien en sentarse en el sofá y abrocharse los cinturones de seguridad, antes de emprender un viaje vertiginoso a las profundidades de la mente humana.

Calificación: Extraordinario.
Tipo de lector: Cualquiera.
Tipo de lectura: Espectacular.
Argumento: Tremendo.
Personajes: Terribles.
¿Dónde puede leerse?: sentado en el césped de una suburbia norteamericana, una mañana de sol.