TERRITORIOS YA NO ESTÁ HECHO PARA NOSTÁLGICOS

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Reportaje fotográfico de Antonio Gómez Domínguez

Esta es la realidad y a quien no le guste que no la mastique. Si nos quedamos anclados en “mejores” tiempos pasados del Festival Internacional de Música de Sevilla, no disfrutaremos de los que están por llegar. Siempre y cuando, lo venidero merezca la pena, claro está.

Yo intenté saborearlo pero el viernes noche me supo amargo. Sobre todo, por la añoranza que me causaba ver el Monasterio de la Cartuja sellado para los presentes, y a la muñeca gigante, Alicia, del Museo de Arte Contemporáneo, en su interior, privada de disfrutar de la música, con la que se celebraba el XVIII cumpleaños de Territorios. Porque a nadie le gusta regresar a su tierra y encontrarse con que le han mutilado la dimensión más mágica de un espacio, entendido como propio.

Había que asumirlo, solo dos escenarios (el principal, de Cruzcampo; y el de la Ser), un exceso de música electrónica, menos grupos indie, mucha menos gente, más frio; y, un ambiente de walking dead.

The Strypes, un grupo de jóvenes, compuesto en 2008, elegantemente enfundados en trajes de chaqueta (el cantante con gafas opacas), fue el gran anfitrión de aquél atardecer, con un rock electrizante y húmedo. Éste calaba en el personal porque animaba el recuerdo que The Beatles dejó en ellos. Poca gente en este escenario de la entrada, aunque me parecía que iban ganando terreno a los que rompían filas de la maraña tejida por el grupo de rap local, SFDK. A lo lejos, la rapsodia de Saturnino Rey, Zatu, desplegaba el andamiaje braceado de sus seguidores; cerca, de frente, voces melódicas de marca irlandesa. El aire, dedicado a respetar el sonido fluctuante e interminable de la guitarra y el repiqueteo del baterista, que como lluvia incesante e invisible estaba a punto, pero que no terminaba de caer en Sevilla.

Las anaranjadas nubes viajaban con otra marcha impulsada desde el escenario secundario… punk, punk crak… ¡esto es Sevilla, familia! Se trataba de otra radicalidad underground de la generación “me gusta” y me animó a dirigirme a la barra para digerir esta desafiante expresión cultural. Pasadas las 22:30, los camareros eran los que acudían para preguntarte por qué ibas a tomar, “pues una cervecita, mismo”. De vuelta a la cueva de la Ser, la voz hueca de Zatu mentaba a Saramago, con base jamaicana, y a la Sevilla, espirituosa, de ritmo balanceante. En realidad, cómo nos lo pasáramos no dependía de los cambios acometidos en el entorno y en el cartel. Como aseguraba el rapero, tu magia es la que puede hacer que funcione o no funcione la noche. Quien empezara a tener frío, solo tenía que acurrucarse más cerquita del escenario. Lo bueno era, que la cerveza, de una sesión a otra, conseguía mantenerse a temperatura ambiente.

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En el inmenso césped, y entre las barras, aparecían letras rojas de grandes dimensiones, en las que se leía la marca que patrocina el Festival, y la gente se entretenía a aparecer casualmente entre ellas.

Qué bueno estaba el taco de maíz, acabadito de dispensar en uno de los puestos de comida, y que engullí en el camino para ver a Macaco, quien comentaba que la música sí puede cambiar las cosas. Había visto muchos niños, sería porque esperaban escuchar el desgastado “moving, todo el mundo moving”. Sí, estamos de acuerdo, demasiado light, blandengue, pero rescató con gracia un tema fantástico, Me olvidé de vivir (1978) (de origen francés y que un año más tarde fue versionada por Julio Iglesias y, recientemente, por Alejandro Fernández); y, ahí, sí demostró tener buen gusto, no por las personas que lo interpretaron antes, sino por el tema en sí.

La banda barcelonesa, Dorian, en paralelo, proponía la alternativa de pop- rock y electrónica contemporánea, a la voz tintineante del de la mano levantá, que se quejaba de que el dromedario del despacho se come el IVA del empacho. Empeñándose Macaco en retrotraernos a temas de los 50, la Torre Pelli se jactaba desde arriba. Encima del escenario Cruzcampo, el cantante catalán preguntaba: “¿dónde están los macacos de Sevilla?”, y chiflidos, y aplausos, y la peña rugiendo con swing, con mucho swing. Acabó con un selfie, retratándose con las palmas abiertas del público.

Repetía el dj, Javy Unión. Dio el relevo al catalán a la 01:00, cuando gran parte del público se había disipado. Las palmeras, que rodeaban la muralla del recinto, gesticulaban con los cambios del techno del español.

La gente se dirigía, vertiginosamente terrenales, al de la Ser con el objetivo de disfrutar de los disc jockeys, participantes en la BSO de la peli española, Tengo ganas de ti, The zombie kids.

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Estábamos flanqueados por un cementerio de vasos de plástico y nos sentíamos resguardados por las hogueras eléctricas, desperdigadas por la hierba de Territorios. De pronto, las campanas comenzaron a llamar y el sonido discordantemente acorde a una carcajada levantó el telón de Afrojack. Si no hubiera sido por el juego visual trigonométrico y por las luces que alimentaban las visiones escapistas comunitarias, tampoco hubiera sido para tanto. En este escenario gobernaba Holanda, tanto por el aroma que se respiraba como por el dj, que quedaba difuminado en la escena, formando parte de lo que se proyectaba, como si se tratase del mago de Oz. Estaba pero no estaba y las imágenes te daban la libertad para imaginar lo que quisieras.

El final escogido, a las 4 de la madrugada, fue el del estilizado británico, Richie Hawtin. En el magno escenario, el minimalismo techno del residente en Berlín se completaba con la enorme imagen de un ojo, transformable en múltiples formas tridimensionales; en pupilas desbordadas de sus órbitas. Y, en el borde de la última línea curva que dibujaban las personas que consumían el espectáculo, más peña que la que empezó. La cuadratura del círculo, en animación tras los platos, cerró este viernes electrónico. Acabamos deshilvanados y con ganas de ensartarnos en otro tipo de relatos musicales el día siguiente.

La noche del sábado, la historia finalmente cambió. Fue todo un poco extravagante, raro en cuanto a estilos, pero resultó tener una mejor acogida. La afluencia descarada de Calle 13 (aún retrasándose, en demasía, de la hora fijada), los encumbró como grupo ganador, pero empachada de tanta réplica contestataria puertorriqueña, tomé un profundo respiro. También lo podría haber hecho con Juanito Makandé, con los Mártires del compás, El Chojin, El Shotta; o, con el grupo bosnio de ska, dubioza Kolektiv, quienes actuaron, junto con Ilegales, justo antes del grupo de reguetón latinoamericano. Preferí tomarme un descanso de la fiesta de locos a la que el hombre platillo de Calle 13 había dado comienzo; así que sobre la 1:00 dejé a los adeptos de los hermanastros, Residente y Visitante, y me adentré en otras arenas musicales. No me imaginaba cuánto de movedizas tendrían.

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El grupo de pop- rock, procedente de Baeza (Jaén), Supersubmarina, se convirtió en un bálsamo azul. La voz frondosa de José Chino (como un bosque en el que poder perderte) y el bajo de Pope marcaban impases colonizadores. Sus sonoridades marinas conquistaron el público, preciso, de Territorios y convirtieron aquella zona, situada junto al muro de las lamentaciones urinarias, en un oasis palpable, tremendamente real. La banda de estos cuatro es mucha banda y fue valiente al pedir disculpas por el retraso, y por lanzar en acústico que “la mala organización, en general, ha dejado bastante que desear”. Tan poca cosa y tan grandes. Enigmáticos.

Hubo un parón de más de una hora, y hasta las 3:00 no comenzó a reanudarse el jaleo. Ya las cabezas aparecían tumbadas boca arriba, ensimismadas o enredadas con otras y el embotellamiento se producía en un espacio abierto, queriendo y sin querer.

The ting tings, el dúo británico al que la prensa había dado tanto bombo, lejos de sentir que era una pareja joven (chico, con multitud de instrumentos, y chica en la misma circunstancia, solo que más pizpireta con pantalón corto, sudadera y coleta alta, rubia y despeinada), de dance- punk, nacida en el 2007, los experimenté como si acabaran de salir de un cascarón ochentero pasado. Cuando consiguieron agobiarme, me vino estupenda la sesión de Edu Inbernon me quité la tensión acumulada con su hause. No podía dejar de bailar, me enchufó en cuanto alcancé el escenario de la Ser.

A las 4.41, estalla una voz chillona y femenina. Proviene de Colombia, y exaspera: “¡Cuando nos critiquen solo podemos decir, que así somos!”, Me recordó a la canción de Orishas (por cierto, ¿dónde estarán metidos?), que dice, “A quien le guste que lo pruebe/ y a quien no/ que no lo pruebe”. La cantante repelente de Bomba Estéreo acabó siendo adictiva, contagió por doquier su nervio, a través de la cumbia y la champeta, psicodélica, que sus dos músicos fabricaban. Liliana Saumet, siendo la última, no apagó nada, más bien encendió la mecha de Territorios 2015, ¿se mantendrán prendidas las ganas de los territorialistas hasta 2016?