“TÓCALA OTRA VEZ, JOHNNY GUITAR”

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La poderosa dirección de Nicholas Ray, su inspirada utilización del color y el original guión de Philip Yordan hicieron de Johnny Guitar uno de los westerns más extraños, líricos y bellos de la historia del cine. Es además, para muchos admiradores de Ray, su mejor obra.

En un paisaje agreste, un jinete solitario aparece galopando a lomos de su corcel. Johnny Guitar (1954) comienza de la misma manera que infinidad de westerns, pero ahí acaba el parecido, ya que Nicholas Ray se las ingenió para aproximarse al lejano Oeste de una forma diferente a la habitual de otros realizadores. Para empezar, pese a su título masculino, la protagonista (Vienna) y la antagonista (Emma) de la historia son dos mujeres. Frente a la visión épica propia del género, nos envuelve un tono lírico que se recrea especialmente en las escenas intimistas. El galán es un pistolero que, hastiado de su pasado violento, prefiere tocar la guitarra antes que disparar. Los villanos de la historia no son ni unos forajidos ni una tribu de indios que asaltan a una apacible comunidad, sino los intransigentes habitantes de un pueblo. El majestuoso paisaje aparece como aliado de los personajes principales y no como un cúmulo de peligros que afrontar. Y así podríamos continuar un rato más enumerando los elementos que supusieron que esta maravillosa película del Oeste nos desconcertara por darle la vuelta al más genuinamente norteamericano de todos los géneros cinematográficos.

Vienna (Joan Crawford), una mujer orgullosa que sigue sus propias reglas, es la dueña de un saloon abierto a cierta distancia del pueblo. Su adversaria Emma (Mercedes McCambridge) tiene sometida toda la comunidad a sus designios y le devoran los celos porque el seductor Dancing Kid (Scott Brady), líder de una cuadrilla, sólo tiene ojos para su rival. Emma intenta animar a sus conciudadanos a deshacerse de la protagonista atribuyéndole injustamente ser cómplice de graves delitos. Johnny Guitar (Sterling Hayden), a veces mero testigo y otras actor del drama, es un antiguo pistolero que busca reavivar la llama de la vieja pasión que vivió con Vienna. El espíritu romántico de Nicholas Ray se condensa en la mítica escena en la que Johnny intenta reconquistar a su antigua amante: “Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo”

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En la protagonista conviven el día y la noche, pues bajo su aparente amargura y sus afiladas aristas, se van descubriendo capas que ocultan un carácter noble. Parece estar de vuelta de todo pero todavía puede sentir un gran amor, es dura como el pedernal pero se resiste a recurrir a la violencia, trata imperiosamente a sus empleados pero en los momentos adversos les demuestra lealtad y es excepcionalmente valiente hasta el punto de jugárselo todo por la compasión que le inspira un joven desamparado. El único pero que algunos encontramos es que la actriz elegida para un papel tan interesante fuera Joan Crawford. Pese a que tenía a su favor una fuerte personalidad, ¡es tan evidente que su interpretación tenía más que ver con la gestualidad que con un proceso emocional! Sentimos como si la expresión “los ojos se le salen de las órbitas” se hubiera creado para hacer honor a sus desmesurados planos. No se enfaden con esta dura opinión. El propio Nicholas Ray acabó tan desesperado, tras meses de lidiar con ella y sus histrionismos, que juró no volver a dirigirla. Y cumplió su promesa.

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Los personajes principales de las películas del cineasta solían tener tanta fuerza e interés, que en algunas ocasiones había caracteres de soporte que parecían apenas esbozados. Sin embargo, los rasgos de todos los secundarios de esta cinta aportan dimensión a la trama: la ira desbocada de Emma, el mezquino seguidismo de McIvers (Ward Bond), la ambigua simpatía de Dancing Kid o la discreta lealtad de Old Tom (John Carradine). A estos se sumó Bart, un bravucón con los difíciles rasgos de Ernest Borgnine, que nos logró inquietar tanto con sus aires violentos, que casi nos llevamos las manos al cinto cada vez que aparece en pantalla. Por último, como en tantas obras de Ray, nos encontramos con un veinteañero en el que el director vertió su concepción indulgente de la juventud: Turkey (Ben Cooper), el chico ansioso de sentirse aceptado, que se ve  arrastrado a la delincuencia por la mala influencia de los adultos que le rodean. La escena más sentida del metraje es aquella en la que Vienna, portadora de la mirada compasiva de Ray, le permite a este joven que intente salvarse, aun a costa de ella misma. En la caracterización de todos estos personajes, disfrutamos de la original utilización del color propia del autor, que buscaba que el espectador identificara cada carácter con ciertas tonalidades.

Entre las lecturas de este clásico, es conocida la que considera que los habitantes del pueblo que quieren linchar a la protagonista por resistirse a las reglas de la comunidad, representaban al Comité liderado por el Senador McCarthy durante su ominosa caza de brujas. Puede ser cierto o no, pero dado que infinidad de tramas del séptimo arte contienen una dialéctica entre opresión y resistencia, pretender que gran parte del cine de la década de los 50 contenía el mismo mensaje subliminal, resulta un tanto reduccionista. Lo más interesante de esta obra es que Nicholas Ray logró reinventar el género haciendo una película muy personal en la que vertió su concepción de la vida y del ser humano: la inadaptación del solitario en un mundo que alienta la uniformidad, la violencia que acompaña a los personajes masculinos como una condena, la convicción de que la verdadera fortaleza reside en el carácter femenino, una visión piadosa de los errores de la juventud… y especialmente, la importancia de mantenerse fiel a uno mismo como salvaguarda de la dignidad.