Todo Ray desde el hielo

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Durante años y años los hombres blancos habían intentado llegar tan al norte que en cualquier dirección (…) estuvieran mirando al Sur. Nadie sabe cuántos habían muerto rígidos por el frío (…); algunos para sobrevivir tuvieron que devorar a sus compañeros(…). Por fin los instrumentos mágicos revelaron que la expedición había llegado al centro norte: la meta ambicionada. ¿Y qué creen que encontraron allí?
—¿Qué?
—¡Nada! —Los ojos de Papik empezaron a llenarse de alegría—. ¡Absolutamente nada!

Una de las últimas películas filmadas por Nicholas Ray y la más alejada en apariencia de las demás, es Los dientes delDiablo (The Savage Innocents, 1960). En ella, el cineasta narra la vida de una familia de inuits, y cómo esta se ve alterada por la llegada del hombre blanco. Un rodaje durísimo, en condiciones extremas, para dar lugar a una magnífica película, en la que Ray demuestra, una vez más, ser un maestro del cine y de la subversión.

Recuerdo perfectamente el día en que vi por primera vez Los dientes del diablo de Nicholas Ray. Tendría unos doce años, y la vi con mis compañeros de curso, en una proyección para escolares. Me impactó sobremanera. Hay escenas que se han mantenido vivas en mi memoria durante todos estos años. Entonces, no era consciente como pueda serlo ahora de su grandeza desde el punto de vista cinematográfico, pero la historia cambió de alguna manera mi forma de ver el mundo. Supongo que nos llevaron precisamente para eso: para que viéramos que hay otros mundos, que están en este. En peligro. Ya sabía, claro, que había otros lugares en los que las costumbres, la manera de pensar, de vivir, de comer, de vivir y sobrevivir, eran totalmente diferentes a las nuestras. Pero verlo así, de esa manera, tan brutal, me hizo darme cuenta de hasta qué punto lo era. De que el concepto de cultura no solo no era absoluto, sino que era convencional. De la humildad necesaria.

Muchos años después, volviendo a verla, es cuando he sido capaz de darme cuenta de lo grande que es The Savage Innocents. Cuando he sido capaz de apreciar todo lo que encierra. Su intencionalidad comenzando por lo rousseaniano del título. Sin duda, se plasma su respeto por esas comunidades en las que la maldad parece no existir; que viven acorde y respetando el entorno y a sus semejantes, por bárbaras o inhumanas que nos puedan parecer algunas de sus leyes. Pero, sobre todo, lo que se desprende es una feroz crítica por contraposión de la sociedad occidental capitalista. El guión, escrito por el propio Ray junto a Franco Solinas, es una fiel adaptación de los primeros capítulos de El país de las sombras largas de Hans Ruesch. Sin embargo, hay pequeños cambios que denotan lo distinto del acercamiento de cada uno. Ray mantiene en el film el espíritu del libro: la parábola del buen salvaje y lo destructivo que puede ser para este el contacto (o la invasión) de la civilización moderna. Como Aldoux Huxley en Un Mundo Feliz. La conclusión es clara: los equivocados somos nosotros, que bien podíamos aprender de ellos. O, cuanto menos, dejarlos en paz. Pero, mientras Ruesch hace un acercamiento casi antropológico a su cultura, pareciendo realmente haberla conocido de primera mano, no está exento de un tinte paternalista, mientras que Ray la aprovecha para dinamitar lo establecido. Promiscuidad sexual (el timorato doblaje al castellano, traduciendo reírse como casarse, no impide que nos enteremos de lo que se trata), mujeres libres, y héroes que son la antítesis del sueño americano. La religión occidental como invasiva y monolítica. Y el socialismo, en una de esas pequeñas modificaciones cargadas de significado. Tanto en lo que omite (la descripción del pueblo inuit como niños), como en lo que añade: la mención a estar en la Era de la bomba atómica, como en esa aparentemente irrelevante frase: y todo cuanto poseen pertenece a la comunidad. Hoy parece un matiz insignificante, pero el hecho es que lo que se plasma en el libro no es una propiedad común, sino una generosidad total a la hora de prestarse alimento o esposa. De aunar esfuerzos y de solidaridad. Ese mínimo cambio, hoy, no es nada. Pero en 1960, cuando se filma Los dientes del diablo, en pleno post-macarthismo, aún con los coletazos de la caza de brujas de la que inexplicablemente Nicholas Ray, militante socialista se libró; si hay algo que no es, es baladí.

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El rodaje, exceptuando los interiores, se realizó en el Cículo Polar, entre Alaska y Groenlandia; la fotografía, magnífica, nos golpea con la fuerza en que la naturaleza agreste es plasmada, bellísima y poderosa, como un elemento más de la narración. El argumento, simple y efectivo: acompañar a Inuk (singular de inuit, hombre) en su búsqueda de esposa, y su feliz vida con esta (Asiak), hasta que un misionero aparece dentro de su iglú. Y con él, los hombres blancos y sus leyes. A Inuk lo da vida (decir que lo interpreta sería restarle méritos) un soberbio Anthony Quinn, creíble a pesar de su distancia física y de edad con el protagonista. A la edad en que lo hace, de ser un inuit auténtico, estaría, posiblemente, en la última etapa de su vida. Tampoco el papel de Asiak es una auténtica inuit quien lo interpreta, pero la dulzura, la sensibilidad, la manera de transmitir, y la belleza asiática de Yoko Tami nos hacen olvidarnos por completo de ello. Sobre ambos recae el peso de la película, junto a la otra parte de la balanza, la occidental, con un magnífico Peter O´Toole que, sin embargo, no figura en los créditos, ya que exigió ser borrado de ellos, no conforme con que su voz fuese doblada.

De The Savage Innocents, Ray dijo en su momento estar más orgulloso que de ninguna. Una película magnífica, que ha de verse al menos una vez en la vida. Porque golpea.