TORREMOLINOS: EL ESTILO DEL RELAX Y EL URBANISMO DE LOS 60

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La costa malagueña reserva sorpresas inesperadas entre la confusión de hoteles y edificios de apartamentos. Forman parte de un pasado de glamur al que no debemos renunciar. Iniciamos un primer recorrido por algunos edificios singulares y su historia, porque a la sombra de los grandes monumentos de Andalucía todavía quedan cosas que nos pueden sorprender.

Torremolinos se ha convertido en el paradigma del turismo de masas en nuestro país. Un sol y una playa ante cuyo esplendor se consintieron los peores desmanes y se permitió un crecimiento alocado, sin regulación, asimétrico. La construcción de una ciudad de aluvión sin ningún plan rector de calidad abandonada a su suerte, a la ambición de los constructores y los políticos, a cuyo carro se subieron alegremente cuantos pudieron hacerlo. Pero entre la selva de edificios disonantes y de volúmenes contrapuestos en que se ha convertido la franja litoral, se pueden encontrar auténticas joyas arquitectónicas, que pasan desapercibidas a los turistas habituales y que conviene reivindicar; para que los visitantes las conozcan, pero también para que las administraciones públicas sean conscientes de que deben de ser no solo protegidas, sino también promocionadas y puestas en valor.

El edificio más excelente que nos queda de la época dorada del turismo internacional en Torremolinos es el Hotel Pez Espada. Fue construido por Manuel Muñoz Monasterio y Juan Jáuregui Briales e inaugurado el 31 de mayo de 1959 como la primera instalación hotelera de cinco estrellas de la Costa del Sol. Por sus salones han pasado las más destacadas personalidades de la aristocracia, la cultura y el cine mundial: los príncipes de Mónaco, Gracia y Rainiero; los duques de Windsor; el rey de la Arabia, Feisal Al-Saud; o la emperatriz Soraya, shabanú de Persia; Rita Hayworth, Ava Gardner, Sofía Loren y su marido, el productor Carlo Ponti; Juan Domingo Perón y los barones de Rotschild compartieron allí noches y fiestas con Kim Novak, Xavier Cugat o Claudia Cardinale entre muchos otros nombres. Las fotografías dedicadas de algunos de ellos cuelgan en el gran lobby de la planta baja. Hoy el hotel permanece en uso y perfecto mantenimiento, transmitiendo una atmósfera sofisticada y cosmopolita, los interiores son ondulantes y suntuosos, por la conjunción de los suelos de terrazo a la veneciana con amplias manchas negras que sugieren la piel de un animal colosal. Destacan las columnas amébidas en estuco y las superficies estriadas, convexas, móviles. Llaman la atención las pinturas de Pierre Françoise Duffaurt con bodegones y temas vagamente regionalistas en el estilo postcubista del momento, tanto en el fresco de la recepción como en los oleos repartidos por el vestíbulo. Una obra maestra del interiorismo de los 50.

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El exterior es quizás la muestra más destacada del denominado Estilo del Relax, una de las variantes del Estilo Internacional que mantiene las principales características de éste, como son el racionalismo, el funcionalismo y las inspiraciones aerodinámicas, pero complementándolas con detalles decorativos encaminados a provocar una estancia agradable y un estado de ánimo adecuado al tiempo de ocio junto al mar. En algunos detalles la decoración evoluciona hacia lo kitsch. El Estilo del Relax está unido al boom turístico de los 60 y los 70 y es un fenómeno único de Málaga y su Costa del Sol. La construcción del Pez Espada tiene algo de aeroportuario en la torre acristalada que contiene la escalera principal, en lo asimétrico de la fachada y en la distribución de los huecos o la colocación de la marquesina. Una torre de control sobre esa pista de arena dorada que es la playa. Todo simula un elegante lugar de recepción para los turistas mundanos, que en su momento de esplendor se encontraban con el edificio aislado entre construcciones mucho más bajas, frente a La Carihuela. El Hotel Pez Espada fue inscrito afortunadamente como Bien de Interés Cultural en 2006. Su piscina y sus atmosféricos jardines frente a la playa conservan el eco de las actuaciones de Antonio Machín, Massiel o Rita Pavone. En 1966, Nina Ricci presentó en el lobby su colección de alta costura para otoño-invierno. Fuera de sus puertas todo se hace ordinario y chabacano.

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A pocos metros, misteriosamente oculto entre la maleza, como la casa de Norma Desmond en Sunset Bulevard, se encuentra todavía el Hotel Miami, un palacete historicista construido en 1948 por Manuel Blascos, primo de Picasso, en el estilo de una hacienda colonial, con su fachada inspirada en la portada gótico-mudéjar del Hospital de La Latina de Madrid. La casa había sido la residencia de verano de la bailaora Lola Medina, la reina de los gitanos del Sacromonte. Su piscina arriñonada rodeada de plantas exóticas, las vidrieras, los mosaicos de inspiración greco-romana de su patio andaluz, con celosías y enrejados, lo convierten en un experimento excepcional puesto que fue el primer hotel turístico de La Carihuela y permanece abierto al público desde entonces ininterrumpidamente. Algunas otras villas curiosas se pueden encontrar diseminadas en la cercana zona de Montemar.

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El arquitecto Antonio Lamela ha sido el artífice de dos de los proyectos más interesantes de Torremolinos desde el punto de vista urbanístico, aunque fallidos en su función última. La urbanización La Nogalera (1963), construida sobre una extensión de veintitrés mil metros cuadrados, levanta seis edificios de gran envergadura y los une con pasarelas de hormigón, reservando los bajos para un laberinto comercial sobre cuyas cubiertas se extienden piscinas y jardines tropicales. A semejanza de lo ocurrido en otra de sus obras emblemáticas, el Centro Galaxia de Madrid, el tiempo ha desestructurado las jerarquías y los subterráneos han quedado reservados para comercio marginal, sobre todo ocio nocturno. El arquitecto ha declarado que es la inseguridad la que ha pervertido la finalidad original de sus planteamientos cuando lo que ha ocurrido es todo lo contrario, que son espacios utópicos, que no se conciben aislados y cuya interacción con la trama urbana ha hecho que no funcionen como las perfectas ciudades concebidas por Le Corbusier con sus corredores superpuestos para el comercio –que a la manera de criptopórticos huyen de la irradiación-, la vida comunitaria y la vivienda. Aún así no deja de ser una interesante investigación. La Nogalera se complementa con la sorprendente recreación en pastiche de un pueblo andaluz, convenientemente levantado sobre aparcamientos subterráneos.

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La Urbanización Playamar es otro llamativo experimento. Son veintiún bloques de quince plantas construidos sobre planos de Lamela en 1963 que forman una avenida de rascacielos tangencial a la playa. Polémica en el momento de su construcción por la altura de los edificios la idea es brillante, porque el arquitecto consigue levantar una falsa línea de costa en la que todos los edificios tienen plenas vistas al mar. Los rascacielos están erigidos en parte sobre pilotes de hormigón y rodeados de jardines. La pesadez de las moles se aligeraba con las airosas terrazas abiertas al viento que han sido desgraciadamente cerradas en su mayor parte por los propietarios, descomponiendo el concepto en su totalidad pero apropiándose de alguna manera de unas viviendas de alta calidad. En otro artículo continuaremos con el recuerdo de más obras curiosas.