UN FULGOR DE ORO EN EL TRÓPICO

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La sociedad cubana tiene muchas caras que se revelan al viajero curioso: una furiosa necesidad de expresarse mediante la música, el vestigio de antiguos esplendores, la modernidad que irrumpe imparable en medio de tantas restricciones. Ernesto Rodriguez es un personaje singular en una ciudad distinguida, su trabajo es brillante, diferente a lo que se puede encontrar en otros talleres. Premiado en España, continúa con su análisis sobre la fuerza de la imagen en la sociedad de la información.

La mirada del viajero sorprende, bajo los soportales de la avenida principal de Cienfuegos, un brillo de iconos bizantinos, todo lo contrario de lo que uno esperaba encontrar en Cuba. Al acercarse se puede comprobar que más allá de la técnica -minuciosa y precisa- las tablas están prostituidas con la incorporación de imágenes pertenecientes a la cultura pop, Spiderman, Bob Esponja, Superman. Estamos en el Estudio Voynich, el taller de uno de los pintores cubanos de la última generación.

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Ernesto Rodriguez traza su trabajo sobre el contrasentido, a nadie se le podría ocurrir –si esto no fuera así- utilizar el pan de oro como base de sus composiciones, cuando la carencia de materiales en la isla es extrema y obliga a los artistas a ingeniar mil argucias, siempre dependientes del voluntarismo de los amigos y la premura de los encargos. No es un pintor desconocido en España, ha vivido en Madrid, Granada y Barcelona. Durante su estancia en nuestro país, fue ganador del Premio de Pintura de Fuente Álamo 2010,  con su obra La Virgen y Spider El Justo, una sorpresiva conjunción de técnica y subversión. Pasó una temporada en Berlín. De su periplo de seis años por Europa han quedado ocho exposiciones y la impresión del conocimiento, el acceso a ese universo de imágenes que es internet, restringido en su país de origen, y que le mantenía atrapado frente a las pantallas día y noche, absorbiendo referencias y descubriendo un mundo que fagocitó para sus creaciones; pero también regresó a Cuba con la sensación de que los artistas europeos viven fácilmente de espaldas al sacrificio, y eso se plasma en unas creaciones acomodaticias y vacías.

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El oro representa mucho más que un homenaje a las escuelas rusas y un respeto a la dedicación de los artesanos medievales, quiere ser también un recuerdo del precio de la colonización del continente americano, de la expansión de la religión y la muerte de las culturas. Ernesto se considera un arqueólogo de la imagen, con sus apropiaciones busca la transtemporalidad, la conexión entre imágenes icónicas en el presente y el pasado, intentando siempre una narrativa, que es de alguna manera una oración. Porque no estamos hablando de un ateo, sino de alguien que dice mantener su fe en una energía primordial, un dios que no termina de conocer. No deja de ser curioso que en Cuba los sacerdotes católicos son más abiertos de lo que cabría esperar, el de una parroquia cercana a su estudio incluso le ayuda en sus experimentaciones; resulta más fácil para ellos, rodeados desde siempre por las prédicas adventistas y los cultos afrocubanos, que no ven su pintura como una violación de la convención ni como un sacrilegio, sino como una pura manifestación artística.

La transmisión del hecho creador no es sencilla, con la escasez de la vida diaria. La pintura, sobre todo si no es convencional, es solamente comprendida por una élite intelectual, y la voluntad de vivir de la pintura es una complicada quimera que queda al albur de los turistas que son quienes más valoran su obra, alejada de lo típico y de lo tópico. La imagen más inesperada de lo que es Cuba hoy.

LA PERLA DEL SUR

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Sin duda que Cienfuegos es la ciudad más elegante de los trópicos, por el refinamiento de su plan urbano y la esplendidez de sus mecenas decimonónicos, pero también por la coherencia de los volúmenes y la atenuación de su paleta de colores, menos chocante que en resto de las ciudades de Cuba. Fue -y es todavía- un foco cultural.

Aún se recuerda en la ciudad la actuación del legendario tenor italiano Enrico Caruso, que acudió en 1920 para cantar Aida, de Verdi. La zafra de ese año había sido ubérrima y el oro rodaba por las calles pareciendo que no iba dejar de hacerlo nunca. Era la pátina definitiva que la gran sociedad cienfueguera, anclada en antiguas familias de Francia y la Luisiana, necesitaba para brillar, y recibió al cantante con el esplendor de un mandarín oriental que acudiera para encender la última lámpara.

Miles de personas esperaban para aclamarle en su trayecto desde la estación del ferrocarril recién inaugurado. Caruso viajaba en un coche especial de la Cuba Cane Sugar Corporation añadido al convoy en Caibarien. Con el teatro Terry lleno hasta la bandera, las plazas del grillé y los palcos habían alcanzado en la reventa el asombroso precio de 400 pesos. Una gran multitud, que no había podido acceder al interior, se arracimaba en las inmediaciones para escuchar la voz del más grande cantante de todos los tiempos a través de la liviana estructura de madera del edificio.

De esa época dorada quedan en pié los fastuosos palacetes de Punta Gorda, construidos en la misma proporción que los que se levantaban durante los mismos años en Biarritz o en la Costa Azul. Destaca entre todos el Palacio del Valle, una fantasía milyunochesca de estuco y arabescos en la que el dictador Batista soñó con instalar un casino a pié de puerto. Cuatro años de trabajo, y un millón y medio de pesos devoró la obra del asturiano Acisclo del Valle Blanco que solapó un vestíbulo gótico con un salón mudéjar, torres árabes y mogolas, salas Luis XVI y artesonados Imperio. Nunca una simbiosis ha sido tan elegante y tan acertada. El edificio fue diseñado en 1913 por el arquitecto Pablo Donato Carbonell y finalizado por el italiano Alfredo Colli, actualmente está instalado en su planta baja uno de los restaurantes del adyacente hotel Jagua.