«Una sonda para lavar el corazón»

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Un hombre de alta posición social y profesional muestra sus miserias haciendo falsas promesas para satisfacer sus pasiones. Una historia mil veces contada a la que el Wilder más genial convirtió en la mejor versión del mismo argumento: el jefe que premia al empleado que le cede el apartamento en el que mantiene encuentros con su amante, a la que también promete la paz de una familia. Mentiras enjuagadas en una comedia brillante en la que se diluyen dramas personales.

Entre más de veinte millones de libros —cientos de incunables y varios ejemplares de la Biblia de Gutemberg incluidos—, un par de violines Stradivarius, y miles de documentos oficiales, microfilmes y objetos con hasta veinte siglos de antigüedad, la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos guarda algunas joyas de la cinematografía. Solo 25 títulos de todos los tiempos tienen el privilegio de entrar cada año en el sancta sanctorum de la cultura norteamericana, elevados por esta circunstancia a la condición de obras maestras y entre ellos, se encuentra El apartamento, de Billy Wilder. También guardan las nobles estanterías del edificio de Washington un manuscrito con las treinta mil palabras del guión original, escrito por el propio Wilder y por I.A.L. Diamond. Probablemente, entre los fondos de una de las colecciones más importantes del mundo también haya otros muchos textos, otras muchas películas, otras muchas canciones que aborden uno de los temas principales de El apartamento: la lucha de un hombre por lograr su propia estabilidad en una parcela de su vida, sin darse cuenta de que iba dejándose otras en el camino; la desesperación, como nefasta consecuencia del afán de progreso.

Wilder se muestra de nuevo en la cinta como un perfecto observador de la realidad que le envuelve, dejando entrever en la acción las preocupaciones sobre los problemas sociales y políticos de la época, utilizando una comedia y la inocente sencillez de su planteamiento como excusa. Tampoco mostró complejos el director en retomar una historia que ya había sido abordada en el cine y en el teatro, adaptarla, y convertirla en una obra maestra. Jack Lemmon y Shirley MacLaine encarnan en El apartamento a dos personas que miran el presente y el futuro con ilusión, desde su refugio de soledad. Los personajes son conducidos a un punto en el que toman conciencia de que su felicidad no es completa, por mucho que hayan querido engañarse, reconfortándose en la sencillez de sus tranquilas existencias. Por eso tenían que ser Lemmon y MacLaine, revestidos de una impostada candidez y con el brillo de la más amplia de sus sonrisas —desdibujada a medida que avanza el metraje— quienes protagonizaran una historia de amor y enredos, de lealtades e infidelidades, de brumas que dificultan la visión de un camino bien definido hacia la prosperidad, pero con abismos de tragedia al borde del arcén.

El apartamento plantea un dilema moral, resumido en una única escena, cuando uno de los directivos de la compañía de seguros para la que trabaja Baxter, el personaje interpretado por Lemmon, le llama desde un bar para que le preste el apartamento después de haber hecho una conquista femenina. Baxter se niega, y su superior le coacciona: «En el informe mensual de eficiencia iba a ponerte entre los diez primeros, y no creo que quieras perderte esta oportunidad». La frase encierra la tiranía de un sistema de oportunidades y recompensas contra el que Wilder emite una crítica feroz a través de la película, al mismo tiempo que esboza en la réplica a un auténtico héroe ciudadano americano, poseído de una proverbial lógica, que responde: «Naturalmente que no, pero ¿cómo voy a ser eficiente si no duermo lo necesario?». Es ese el momento en el que gira el sentido de la historia, el punto de fractura, que incluso sobrecoge al espectador al adquirir la evidencia de que el protagonista ha construido el propio laberinto en el que ahora se encuentra irremediablemente perdido. Sin salida.

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Además de la genialidad en la interpretación de Jack Lemmon y Shirley MacLaine, a los que Wilder hace evolucionar a lo largo de la cinta hasta que casi parezcan actores diferentes entre los primeros minutos y el clímax de tensión de la historia, merece mención aparte el trabajo de Fred McMurray. El director apostó por una garantía segura, por un actor sólido, que aparece imperturbable ante las situaciones inverosímiles a las que tiene que enfrentarse su personaje, el director de la compañía para la que Baxter trabaja. El resultado del trabajo del actor y el director en la definición del carácter deja ver la laxitud moral en pequeños gestos que se escapan de una pose de templanza del alto ejecutivo de la empresa. Ocurre de una forma inversamente proporcional a como  evolucionan los personajes de Lemmon y McLaine, que nunca pierden el norte de sus valores, su limpieza de espíritu, aunque sus gestos lleguen a decir lo contrario.

Precisamente, la gestualidad es uno de los tesoros evidentes de El apartamento. La escena en la que Baxter escurre los spaghetti utilizando una raqueta de tenis, mientras mueve convulsamente los hombros también simboliza un punto de ruptura en la acción, la visualización de la alegría. «Una sonda para lavar el corazón», como pide amargamente la ascensorista Fran Kubelik ante la evidencia de la soledad, de la incapacidad para amar sin desgarrarse el alma.

Ambientada en un Manhattan poseído por la locura burocrática de mediados del siglo XX, que encerró a miles de trabajadores en el disfraz de grises oficinistas de rascacielos acristalados, El apartamento debe buena parte de su atmósfera a una banda sonora de Deutsch que dibuja los celos, las ilusiones, las miserias y las grandezas de los personajes con una precisión que se comunica perfectamente con el guión de Wilder. Un guión que incluso cobró mayor importancia como herramienta durante el rodaje que los focos, que las lentes o que el metraje de celuloide, gracias a un director obsesionado con hacer la película perfecta.

Así la consideró el público, que acudió en tropel a las salas, y también la crítica y la Academia americana, que la premió con 5 Óscar, y entre ellos a la dirección, el guión y a la dirección artística. Así, como una obra maestra que narra los temas ancestrales de la búsqueda del equilibrio que hace perder el equilibrio mismo, y de la felicidad que difícilmente puede sustentarse en la soledad, la considera también la historia del cine universal, en la que El apartamento escribió un capítulo fundamental.