UNO, DOS, TRES, AL ESCONDITE BERLINÉS

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Es prodigiosa la capacidad del celuloide de unirnos a los espectadores a través de algo tan importante en nuestras vidas como es la risa. A Wilder tenemos que agradecerle la infinidad de carcajadas que nos ha hecho compartir.

Pocas películas cómicas son consideradas grandes obras por la crítica en el momento de su estreno y aún menos son reconocidas en cualquier festival de cine. Parece como si muchos expertos consideraran que sólo el drama es digno de retratar de forma profunda y certera la condición humana. Incluso joyas hoy tan evidentes como Ser o no ser o La fiera de mi niña no fueron apreciadas en su día. Suele ser el barniz del tiempo el que corrige estos errores de criterio, pero Billy Wilder tuvo la fortuna de realizar algunas comedias que ya al estrenarse fueron debidamente apreciadas, logrando que este género ocupara en ocasiones el lugar que merece. Sin embargo, alguno de sus mejores divertimentos tampoco conoció el éxito en su momento. Echemos la vista atrás…

Berlín, 1961. La capital alemana lleva años escindida entre el Oeste capitalista y el Este comunista. Wilder había vivido allí varios años de su juventud, antes de que el advenimiento del III Reich le obligara a marcharse para salvar la piel y volvió para rodar Uno, dos, tres (One, two, three), sin saber que pocas semanas después se erigiría el Muro. El realizador era un experto en hacer uso de su sentido del humor para muchos fines, incluido quitarle hierro a la vida. Por eso, nada mejor para sacudirse cualquier vestigio de nostalgia que pudiera conservar sobre su pasado centroeuropeo, que reírse del absurdo ente polarizado en que la urbe alemana se había convertido, rodando una farsa que ponía al descubierto las flaquezas de capitalismo y comunismo.

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Mac MacNamara (James Cagney) es el director de la filial berlinesa de una multinacional norteamericana. No es una corporación cualquiera, sino aquella que representa, junto a la Estatua de la Libertad o el Monte Rushmore, uno de los mayores símbolos de EEUU: ¡Coca-Cola! El ejecutivo está frustrado pues aspira a un destino más jugoso que la decadente Berlín. Para no aburrirse, está liado con su explosiva secretaria y para intentar agradar a sus superiores entra en negociaciones con una delegación rusa para expandir la Coca-Cola por la URSS. Pero a su gran jefe lo que le interesa es que MacNamara y su mujer se ocupen un tiempo de su hija de diecisiete años (Pamela Tiffin). Ésta es una seductora sureña de Atlanta que inevitablemente se llama Scarlett y que tiene una pajarería por cabeza. No tarda en casarse en secreto con un alemán comunista con el rostro eternamente malhumorado de Horst Buchholz. El protagonista intentará de todo para salir del atolladero llegando al extremo de enmascarar al joven esposo como si fuera un capitalista noble de rancio abolengo.

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Wilder escribió este genial despropósito con su más leal colaborador, I.A.L. Diamond. La principal característica del resultado fue la vertiginosa velocidad a la que se suceden acontecimientos y diálogos. Ambos solían espaciar los momentos cómicos de sus películas para permitir que los espectadores nos recuperáramos de las risas y no tapáramos con las mismas los diálogos, pero en esta obra decidieron obviar esta regla y enlazaron momentos graciosos sin solución de continuidad hasta dejarnos exhaustos. No sé cómo empezar a darles ejemplos de lo entretenida que resulta la combinación de elementos. Tal vez, comentándoles con qué habilidad el gran James Cagney, dispara sus frases con una inusitada rapidez que casa de maravilla con el frenético ritmo de la historia. Al principio dice “Algunos policías de Alemania del Este eran maleducados y desconfiados. Otros eran desconfiados y maleducados”. Y a partir de ahí, no para de hilar un comentario agudo tras otro.

O mejor les cuento el cuento de los uno, dos tres rusos corruptos, que tanto recuerdan al loco trío soviético de Ninotscka. Cuando negocian con Cagney, le explican que acaban de rechazar una partida de producto de Suiza porque era inaceptable: “¡¡¡el queso estaba lleno de agujeros!!”. O les puedo hablar del personaje de la secretaria, una rubia que es todo curvas, a excepción de su encefalograma, planísimo… Su escena bailando descocadamente sobre una mesa mientras que los tres rusos le jalean con los ojos saliéndose de sus órbitas es inolvidable. O casi mejor les comento las mentiras del asistente de Cagney, un ex miembro de la SS que pretende que no se enteró de nada de lo que ocurría durante el III Reich… porque trabajaba en el metro. El tonto de él pone en evidencia su siniestro pasado porque cada vez que se presenta ante MacNamara no puede evitar un tic: ¡cuadrarse ante él y pegar un taconazo! Aun así, persiste en negarlo todo y cuando su superior le pregunta con sorna “Por supuesto, usted era antinazi y no le gustaba Adolf”, él responde “¿Qué Adolf”.

Wilder no fue benevolente ni con el capitalismo ni con el comunismo (aunque es obvio que simpatizaba más con aquel), pues lo que pretendió poner en evidencia es que, con independencia de los “ismos”, allá donde esté el ser humano, habrá lugar para las trampas, la corrupción y el abuso de poder. Por supuesto, las risas alivian el golpe, pero el mensaje es demoledor. Pese a la calidad de la película, la acogida por parte del público fue muy moderada en su momento. Como en pleno rodaje se levantó el Muro de Berlín, se tildó de muy mal gusto que Wilder se riera justo entonces de la dividida ciudad. Afortunadamente, la satisfacción la tuvo el director en la década de los 80. Cuando ya se atisbaba con optimismo el próximo abatimiento de la vergonzosa mole de hormigón, se repuso la película en Alemania y obtuvo el éxito que merecía. Ya saben, a veces reía el primero, a veces el último, pero Wilder ¡siempre reía mejor!