Veinte años no es nada

Con Juan Marsé

Hasta el 15 de noviembre de 2014 se puede visitar en Casa de América la exposición «Reencuentro con Onetti: Veinte años después». Se trata de un homenaje al escritor uruguayo por el vigésimo aniversario de su muerte, que tuvo lugar en la ciudad de Madrid en 1994. En esta exposición se pueden ver fotos, primeras ediciones de sus obras, cartas a él y escritas por él, mobiliario de su mítica casa de Avenida de América 31, objetos personales, cuadros, revistas y libros de célebres escritores firmados y dedicados al autor.

Gardel, el ícono argentino por excelencia junto con Maradona y Evita, nació en Uruguay, igual que Juan Carlos Onetti. Y cantaba: «(…) que veinte años no es nada, que febril la mirada…». Veinte años sin Onetti en Madrid es mucho más que nada. Y la sala Frida Kahlo de Casa de América nos invita a ver mucho más que sus febriles miradas, esas que descubrimos en las fotografías que muestran al escritor en los últimos años de su vida, sobre aquella con respaldo de madera, su cama de noventa.

Al comenzar el recorrido por la exposición, descubrimos una copia del número 128 de la revista Cuadernos para el diálogo (Madrid, 1974), en el que Julio Cortázar publica el artículo «El pueblo “Onetti”». Allí denuncia la censura que sufren muchos escritores, entre ellos el propio Onetti, por parte de los gobiernos de facto al considerar ciertos cuentos como material pornográfico. Cortázar es irónico y hasta se burla del absurdo de tales inculpaciones. Escribe: «Cuando digo que Juan Carlos Onetti es un motivo de orgullo para nuestro continente, estoy diciendo eso y mucho más». Cortázar estaba revelando lo que todavía no se decía. Y desafiaba la idea que el propio gobierno de Uruguay había tenido al pedirle al New York Times que publicara el cuento de Onetti para que en la América del Norte pudieran juzgarlo. ¡Adelante! es el deseo de Cortázar, que no tiene dudas de que esa comunidad lectora que ya pasó por la escuela de Mailer y Miller no va a espantarse por un personaje homosexual (de eso se trataba el contenido pornógrafo).

Muchas fotos cubren la sala: con Benedetti, con Beatriz Guido, con García Márquez, con Juan Rulfo, con Idea Vilariño, con Eduardo Galeano. Y una con Borges ampliada y enmarcada para conformar un cuadro. Además de sus fotos cotidianas e íntimas: con Dolly -su compañera-, casi siempre con Dolly, o solo o con su hijo Jorge Onetti; o con gafas y sin barba, o sin gafas y con barba; en cama o de pie; posando o leyendo; en camiseta interior o con corbata.

Una vitrina resguarda las primeras ediciones de sus obras: El pozo, de Editorial Signo (1939); La vida breve, Editorial Sudamericana (1950); Los adioses, de Editorial Sur (1954); El astillero, Compañía General Fabril Editora (1961); El infierno tan temido, Editorial Asir (1962); Juntacadáveres, Editorial Alfa (1964); Dejemos hablar al viento, Editorial Bruguera (1979); o su última novela Cuando ya no importe, Editorial Alfaguara (1993), por mencionar solo unas pocas.

Otras vitrinas nos dejan leer las cartas que Onetti escribió o las que recibió de colegas o amigos. En varias páginas se extiende, escrita a máquina, una carta de 1982 a Octavio Paz en la que Onetti intenta dejarle claro al escritor mexicano cuánto admira su obra y su intento por explicar qué es México. Tanta aclaración por escrito es el resultado de una fricción Paz-Onetti que se había gestado desde que el escritor uruguayo fuera parte del jurado del Premio Cervantes en el año 1981, año en que el galardón lo recibe el escritor mexicano, y el periodismo cree que Onetti no fue de los que votaron por él sino por Alberti. De las cartas recibidas, hay alguna de parte de Carlos Quijano, fundador y director de la revista Marcha, donde lo invita a escribir, y muchas otras de Instituciones o amigos.

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También se exhiben, abiertos en la página firmada, aquellos libros que le fueron obsequiados a Onetti por sus propios autores con una dedicatoria, en ocasiones para él y para Dolly. Entre los títulos encontramos Clavel y tenebrario, de Marosa di Giorgio, donde la autora le expresa en la dedicatoria cuánto lo admira; La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, dedicado a los dos; Queremos tanto a Glenda, garabateado por Cortázar con su firma; El desexilio y otras conjeturas, de Benedetti, donde con tinta le escribe: «Para Onetti, gran conjeturador, de quien todos los escribientes orientales somos un poco deudores (…). Y buen 1985». O uno solamente dedicado a Dolly, puesto que se trata de un libro que homenajea al escritor pero que fue escrito cuando él ya no estaba: El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, de Mario Vargas Llosa.

Del mobiliario de su casa se destacan dos grandes superficies: una mesa de comedor con seis sillas y cubierta por un mantel verde, y una cama angosta de respaldo de madera, la misma en la que el escritor pasó recostado algunos de los últimos años de su vida, antes de que tuviera que reemplazarla por otra, ortopédica. Una mezcla de impresión y tristeza nos invade al observar el lecho, tan cálido pero tan vacío, tan funcional pero tan decorativo, tan ocupado en su tiempo y ahora tan libre y sinsentido, y entonces se siente ahí mismo lo que el tango dice: «que es un soplo la vida…». Dos cuadros de Mónica Marcovich, esposa del nieto de Onetti, que con óleo ilustran el toldo y terraza de la casa de Madrid, contribuyen con la atmósfera de melancolía que ya nos dejaban los muebles vacíos (y nos deja siempre el tango).

La decoración del dormitorio se recrea con material de copia, no original, pero el original se resguarda a pocos pasos de la cama, en vitrinas: tarjetas, fotos y postales que el escritor tenía prendidas a la pared con chinchetas. También se exhiben los libros que estaban sobre su mesilla de noche cuando murió, entre los que se destaca el de su hijo Jorge Onetti: Siempre se puede ganar nunca.

Y fotos, muchas fotos, y sus objetos personales: las gafas, vasos, cintas de cassettes, ceniceros, adornos, dos sombreros, un rascador de espalda, un reloj, y el revólver de juguete con el que Onetti sale apuntando en una de sus más representativas fotos.

Tantas cosas, tantas, porque es cierto, veinte años no es nada comparado con toda una vida de 84 que vivió Juan Carlos Onetti, ese de gafas y sin barba, o de barba y sin gafas, que leía hasta en las fotos, como aquí, en esta exposición, puede verse.