War Requiem: Una Misa pro defunctis a lo Britten

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Benjamin Britten (1913 – 1976) fue un pacifista absoluto, no mostró una sola fisura a lo largo de su vida en este sentido y no dudó en manifestar su postura frente a la violencia en ningún momento de su vida. Su War Requiem es la mejor muestra de ello y la forma más bella de decir no a la guerra. Y el Teatro Real de Madrid ha ofrecido la posibilidad de disfrutar de la obra los pasados días 12 y 14 de marzo.

Benjamin Britten fue uno de los mejores compositores del siglo XX. Eso es algo indiscutible. Podrá gustar más o menos, pero la calidad de sus partituras, la frescura de sus propuestas y lo atrevido de su trabajo, le convirtieron en una figura única e irremplazable.

Cuando le encargaron que escribiera la partitura del réquiem que se tendría que escuchar durante la consagración de la catedral de Coventry (eso sucedería el 25 de mayo de 1962) supongo que ya contarían con que cualquier trabajo de Britten resultaría ser lo solicitado aunque filtrado por una forma de entender el mundo fuera de lo normal. De hecho, así fue. El War Requiem, op. 66 es una obra atrevida, moderna, única dentro de lo que conocemos como Misa pro defunctis o Réquiem.

La catedral de Coventry existe desde el año 1043. Nació como comunidad benedictina, fue consagrada como catedral, más tarde perdió esa categoría para pasar a ser una iglesia más (St. Michael) y fue recuperada como catedral en 1918. Unos años después, durante la Segunda Guerra Mundial fue bombardeada y destruida casi en su totalidad. El 14 de noviembre de 1940, los aviones de la Lufwaffe se encargaron se reducir la edificación a un montón de piedras desordenadas.

Algunos años antes, cuando faltaba una semana para acabar la Gran Guerra, un joven británico llamado Wilfred Owen, muere en el campo de batalla. Era poeta y había tenido tiempo de escribir sus poemas mientras esperaba en las trincheras. Lo mejor de su obra fue escrito en estas circunstancias. Sus versos indagan en el horror que representa la guerra, la muerte injustificada que no toma sentido ni antes ni después, en la imposibilidad de esperanza cuando el ser humano puede ser tan salvaje como para destruir su propia creación y a sí mismo.

Britten recibe el encargo y se pone manos a la obra. Sabe que debe trabajar para lograr un réquiem, pero va más allá. Decide mezclar los textos en latín propios de una pieza de estas características con los poemas de Owen; decide que su obra sea una declaración contra la guerra audaz en todos los sentidos. Los poemas que elige se enfrentan claramente a los textos religiosos, los pone en duda en muchas veces; imprimen un carácter más pegado a la realidad vivida por el hombre durante su existencia. Y, por si fuera poco, escribe una partitura en la que música y texto forman un conjunto en el que se explican entre ellos, en el que la distribución de los componentes de la orquesta principal y de cámara, coros y cantantes principales, es fundamental. Cada grupo se debe escuchar en un plano distinto, como si se tratase de un diálogo entre las partes; un diálogo del todo imposible a veces, por otra parte. El coro de los niños y el órgano hablarán desde el más allá; el coro y la orquestra principal (junto a la soprano) se encargarán de testimoniar el horror de la muerte y la culpa del ser humano que se rinde ante Dios. Estos dos grupos se centran en la zona religiosa de la obra (los textos cantados son en latín). Los solistas masculinos, junto a la orquesta de cámara, se encargan de los poemas de Owen y resultan ser el eco de las voces que las víctimas de la guerra alzan contra la violencia y desde la incomprensión. Porque esa gloria tan prometida como deseada en vida no se alcanza con una muerte absurda.

Pues bien, sabiendo que el concierto se debía ver y escuchar al mismo tiempo, el público se acercó al Teatro Real de Madrid con la ilusión se asistir a un espectáculo inolvidable. Y así fue.

Pablo Heras-Casado dirigió con ímpetu, con fuerza y, al mismo tiempo, con una delicadeza exquisita. Fue capaz de resaltar los climas que pretendía Britten con absoluta perfección llevando a la platea esa emoción que solo los grandes directores son capaces de transmitir. No es de extrañar que la carrera de este hombre esté siendo fantástica.

La soprano Susan Gritton, el tenor John Mark Ainsley y el barítono Jacques Imbrailo, cumplieron más que bien. Pero fue Imbrailo el que destacó. En cada una de sus intervenciones, ese limbo dibujado por Owen y traducido por el propio Britten, aparecía con claridad dada la calidez de su voz y alcanzando unas tonalidades preciosas.

Los coros fantásticos. No me canso de decirlo. Nunca fallan. Esta vez, se unía al Coro Titular del Teatro Real y al Coro de Pequeños Cantores de la Jorcam, el de la Comunidad de Madrid.

El único pero hay que arrimarlo al público. Concretamente al que no estaba en la sala. Ya sé que el precio de las entradas no es asequible para todo el mundo, ya sé que los sábados hay personas en las casas de campo, ya sé que no siempre hay posibilidad de hacer lo que uno quiere. Pero es imperdonable que queden butacas libres en un espectáculo como este. No es que el número fuera excesivo, pero me pareció una pena no ver el Teatro Real lleno hasta la bandera porque la ocasión invitaba a ello.