¿Y si vamos a la ópera?

Boheme

Los tópicos suelen convertirse en barreras que hacen imposible llegar a la verdad de las cosas. La ópera, al menos en España, se convirtió en un espectáculo artístico reservado a una clase social determinada, a personas de cierta edad y a entendidos (o a los que lo parecían). La ópera quedó instalada en la lejanía, en lo exquisito resevdo a unos pocos. Una lástima. Porque la ópera es universal, puede llegar a emocionar a todo tipo de personas y la tenemos a la vuelta de la esquina de cualquier ciudad con cierto interés por la cultura. Y con presupuesto, claro.

Son muchos los que me preguntan por qué me gusta la ópera, por qué acudo con entusiasmo al Teatro Real o cualquier otro foro (sea lo que sea que se represente), cómo puedo conducir mientras escucho semejante cosa. Naturalmente, los que preguntan este tipo de cosas no son aficionados a la ópera. Suelo contestar alzando la ceja. Explicar un gusto o una afición resulta difícil. Y, además, las preguntas son retóricas. En realidad, lo que me quieren decir es que apague el reproductor del coche porque no les gusta o que soy un tipo de lo más raro. Posiblemente, aburrido. Como ellos creen que es la ópera, vaya.
He escuchado muchas veces una frase que dice que si vas a la ópera caben dos opciones, o bien te apasiona hasta llorar, o bien detestas el espectáculo. He escuchado esta frase tantas veces como he pensado que es un tópico y, que, a la vez, es bastante discutible. Si alguien entra en, por ejemplo, el Teatro Real de Madrid por primera vez y la ópera que se va a representar es La Bohème de Giacomo Puccini, es muy posible que quiera repetir, es muy posible que la experiencia le resulte apasionante, emocionante y divertida. Pero si algún gracioso invita a la ópera (generalmente ocurre cuando no tienes con quien ir) a una persona que va a experimentar por primera vez el asunto y la obra es Wozzeck de Alban Berg, ya les digo yo que será difícil que el invitado vuelva a sentarse en la platea del teatro para ver ópera. Y no es que la obra de Berg sea mejor ni peor que la de Puccini; lo que sucede es que, como ocurre con cualquier manifestación artística, es necesario cierto entrenamiento para afrontar obras más difíciles. Mientras Puccini (digan lo que digan, fue el jefe de la banda de los veristas) utiliza un libreto fácil (casi pueril) que aborda temas muy fáciles de encajar en la realidad compartida por todos y lleno de amores y lágrimas facilonas, mientras Puccini presenta una partitura muy fácil de digerir y muy amable con el espectador; Berg hace una música mucho más árida y trata un tema casi tenebroso, durísimo. Para que se me entienda: la ópera de Puccini se parece más al teatro amable. Y así ocurre con muchos otros autores y sus obras.
Por otra parte, el oído humano se adapta a unos sonidos u otros con el tiempo; las personas terminamos entendiendo algo concreto cuando conocemos el proceso que ha llevado a otro a hacer o decir eso (escuchar lo más clásico facilita la comprensión de lo más moderno). Y no crean que esto es algo ajeno al aficionado a la ópera. Es muy frecuente que el aficionado (desde el más apasionado al más nuevo de todos) escuche en casa la obra que toca ver y escuchar. Para ir acostumbrando el oído; para que (todo hay que decirlo) guste más llegado el momento de la representación (lo conocido es, siempre, más sencillo). No hay que olvidar que, generalmente, los libretos están escritos en italiano, francés o alemán (algunos en inglés). Si añadimos que se cantan, es muy complicado entender. Aunque los teatros actuales suelen traducir ese libreto en tiempo real y lo proyectan en los monitores repartidos por el teatro, conviene llevarse la lección aprendida de casa. Como los discos suelen ser muy caros (otra excusa para mirar la ópera de soslayo), la opción de las bibliotecas municipales y autonómicas es ideal. Suelen tener copia del repertorio y casi nunca están prestadas.
Una idea muy implantada entre los que no se han acercado al bel canto (término que suele utilizarse para referirse a la ópera aunque no es lo mismo) es que es cosa lejana, cara y casi inaccesible; que es cosa que sólo le interesa a un puñado de personas (generalmente mayores y adineradas); que mejor ni probar eso de escuchar a unos cuantos gorditos dando voces encima de un escenario. Por supuesto, esto no es cierto. Los teatros se llenan con todo tipo de espectadores, no hay que ser adinerado para asistir a las representaciones (como todo el mundo sabe, soy un claro ejemplo), no es obligatorio ser un ancianito para ir a la ópera (en este caso ya no sirvo de ejemplo como, también, todo el mundo sabe); el escenario no se llena de gorditos (alguno puede tener ciertos problemas de sobrepeso como le pasa a algún futbolista) y, desde luego, gritos, lo que se dice gritos, no dan. La ópera está tan alejada como uno quiere que esté. El problema es que son pocos los que dan una oportunidad a Wagner, Britten o Mascagni. Son tan poderosos los tópicos construidos alrededor de este arte que, difícilmente, se pueden desmontar.
Es verdad que los libretos de muchas óperas son pueriles, es verdad que se necesita cierto grado de entrenamiento y adecuación del oído para escuchar y sacar partido a las óperas, es verdad que hay que invertir un dinero para asistir a los teatros, incluso es verdad que algún estirado se sienta en el patio de butacas. Todo eso es verdad, pero la belleza (en todos los sentidos) de una buena ópera no puede compararse con nada. Se trata de un espectáculo inmenso, envolvente, perturbador. Algo que nadie debería empeñarse en ningunear.
No soy de las personas que creen que hay que animar a otros para que hagan, esto o aquello, diciendo, venga, ve a la ópera y a los museos que te van a encantar; hay que ir a la ópera y leer mucho para ser culto. Eso no funciona nunca. Lo que sí va mejor es proporcionar un punto de anclaje a los que quieren intentarlo. Muchas veces el temor a no entender nada hace que los candidatos a aficionado se rajen por el camino. Por eso, si quieren iniciarse (en esto o en cualquier tipo de arte) busquen algo concreto en lo que centrar la atención, investiguen sobre algún aspecto técnico básico para intentar descubrirlo durante la representación, vayan al teatro conociendo el libreto para seguir la trama con facilidad… No vayan a ver qué pasa porque ya les digo yo lo que va a pasar: será difícil que disfruten salvo que tengan suerte y la obra sea muy, muy accesible. Pero del otro modo, descubrirán algo inmenso, algo de una potencia arrolladora, algo que les hará sentir emociones que nunca antes han sentido.