Yves Saint Laurent y la subasta del siglo

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El primero de junio de 2008 moría Yves Saint Laurent, uno de los grandes de la moda. Tras su muerte, el compañero de toda una vida, Pierre Bergé, decidía dispersar una colección de arte que había sido un proyecto común. Quiso hacerlo en el gran estilo, mediante una subasta que se celebró en el Grand Palais de París. Fue la venta del siglo. La convocatoria de todos los records. Más de treinta mil personas hicieron cola durante tres días en los Campos Elíseos para visitar la instalación puesta en escena por Nathalie Crinière; hubo seis mil invitados, y compradores en línea desde los cinco continentes que desembolsaron 342 millones de euros por 733 lotes. Nunca se había pagado tanto en la venta de una colección privada en el mundo. Fue record mundial para una colección privada de arte impresionista y moderno alcanzando los 206 millones de euros; record del mundo para una colección de Artes Decorativas del siglo XX, con 59 millones; y marca única también para los objetos de orfebrería que alcanzaron los 20 millones.

La subasta fue una aventura excepcional, para la que se recreó en el gran palacio de cristal de los Campos Eliseos la atmósfera de los apartamentos que tenía la pareja en la rue Babylone y la rue Bonaparte de la capital francesa, donde se acumulaban los objetos como en sendas cámaras de un tesoro. El acontecimiento sacudió el mundo del Arte.  El día previo a la venta el presidente de Francia y la primera dama, acompañados de las altas autoridades del Estado visitaban la exposición, como si de un banquete funerario se tratara, para honrar la memoria de un gran hombre. Porque eso es lo que pretendió Bergé, hacer un póstumo homenaje a un personaje fascinante y torturado que modificó los conceptos sobre la moda y que sufrió el exilio de su éxito.

Saint Laurent y Bergé compendiaron su colección a lo largo de cincuenta años siguiendo el gusto ecléctico que impusieron Jacques Doucet, José María Sert y la vizcondesa de Noailles: entre todo lo posible -junto y mezclado- lo mejor de lo mejor. Maestros antiguos e impresionistas, objetos dadaístas, plata y esmaltes, destacando el refinamiento de las piezas de mobiliario y objetos decorativos del siglo XX. Joyas, camafeos, esculturas romanas, panoplias de armas, cristal y bronces del Renacimiento. Arte de Occidente y de Oriente, como las Cabezas de animales de la fuente zodiacal del Palacio de Verano del emperador Quianglog, cuya venta intentó paralizar el gobierno chino y que desató un conflicto diplomático de primera magnitud.

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En memoria de Yves, su amante donó al Museo del Louvre, antes de subasta, el Retrato de Luis María de Cistué, de Goya, que había pasado solamente por dos manos en tres siglos, las de la propia familia del retratado y las del clan Rockefeller. El tapiz de La adoración de los magos de Burne-Jones, una obra excepcional por su rareza y su factura, pasaría a ser una de las piezas claves del Museo d´Orsay, había sido encargado por el banquero Guillaume Mallet en 1904 para decorar la suntuosa escalera de su residencia de Varengenville-sur-mer construida por Edward Luytens y es una obra decisiva del movimiento de los prerrafaelitas. Al Centro Pompidou se destinó Il Ritornante de Giorgio de Chirico, adquirido por el modisto Doucet en 1925 siguiendo los consejos del surrealista André Bretón. Apenas son las guindas de un suculento pastel para los aficionados al Arte.

Ante los ojos asombrados de marchantes e intermediarios desfilaron obras admirables del art-decó como el ensemble de quince espejos de la sala de música o la pareja de candelabros de Claude Lalanne en bronce dorado y cuero galvanizado, la enfilade de laca y bronce de Eileen Grey; un Minotauro y un Torso de atleta romanos, del siglo II antes de nuestra era; la doble cabeza de mujer de Primatice, fechada en 1550, procedente de las colecciones reales de Fontainebleau.

El Sillón de dragones de Eileen Grey se remató en casi 22 millones de euros para estupor de la concurrencia que prorrumpió en exclamaciones y la lámpara Satellite de la misma artista en casi tres millones. Pasaron parejas, ¡sí, parejas!, de óleos de Léger, de Matisse, de Mondrian; un Retrato de Ferdinando Tenducci de Gainsborough, el de La Condesa de la Rue pintada por Ingres, un Balthus. Los galeristas hacían sus ofertas en línea con sus clientes en Brasil o los emiratos petroleros del Golfo por un Hércules settecentesco de Jean de Bolonia, por el tapiz de Gobelinos del comedor, tejido en 1770 en seda y lana; por el Buda de la dinastía Ming, o por la tapa del Sarcófago de Hor-em-Akhet del cabinet de curiosités.

A través de la venta de la colección, el documental Ives Saint Laurent l´Amour Fou, habla de muchas cosas más que de la vida y la obra del modisto legendario, creador del pret-á-porter. Siguiendo el hilo de la subasta del siglo, el director elabora un documento que es un testimonio de amor y una reflexión sobre el poder y el espíritu de los objetos, sobre la creación y la belleza y sobre el infierno que engendran el éxito y la fama. Estudia el trasfondo del mundo de la moda, plasmando una época dorada que se extinguió.

La película se inicia con las dramáticas imágenes de un Saint Laurent anímicamente destruido, anunciando el abandono de la profesión que fue su vida, que se funden con los funerales del gran coutourier, celebrados en París con honores de Estado. Después es el propio Bergé el que nos muestra la casa que habitaron durante más de veinte años en la rue Babylone, nos habla de los objetos y de lo que representaron, los vemos luego inspeccionados, catalogados y expuestos a la curiosidad del mundo en Londres, en Nueva York.

Hay lujo y glamour como debe de ser, pero también imágenes y fotografías de archivo conmovedoras, como la presentación en triunfo de su primera colección, en los años cincuenta, en la que empuñó el cetro del desaparecido Dior, su maestro; o el homenaje a toda una vida de creación, celebrado en olor de multitudes en el Stade de France a los compases del Bolero de Ravel. Pero lo que brilla sobre todas esas cosas y atenúa su frivolidad, dándoles un sentido, es la personalidad de Pierre Bergé y su alma literaria en un diálogo consigo mismo, plagado de citas y pensamientos inolvidables e inteligentes. Es un homenaje a un amor inmenso, sin falsas ternuras ni hipocresías, sincero, que se convierte en un monumento. Bergé se muestra –el director nos lo muestra- como un caballero y un hombre de una fortaleza de carácter y una lucidez extraordinarias.

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El documental es perfecto. Mantiene la unidad narrativa y la tensión emocional, la música de Milhaud, de Tchaicovsky, y de Mehendelson, acompaña a las imágenes acertadamente. Y tanto la utilización de la grabación de la subasta, como los materiales de archivo, es mesurada y conveniente. Solamente acompañan a Bergé en este lamento fúnebre dos voces, las de Betty Catroux, una de las maniquíes favoritas de Saint Laurent, y Loulou de la Falaise, celebrity y musa del modisto; son los ángeles perverso y benéfico que le acompañaron en el brillo de los éxitos y en la noche del alcohol y de las drogas. Jack Lange, Ministro que fuera de Cultura de Francia, habla con admiración en las salas del Louvre, entre los mármoles antiguos.

Es una gran historia de amor y el retrato de un artista, de un hombre y de una soledad. El testimonio sincero, valiente y despiadado de una vida compartida. De una colección.

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