DE LA RIVIERA FRANCESA  A LA CAMPIÑA INGLESA Jul03

DE LA RIVIERA FRANCESA A LA CAMPIÑA INGLESA...

La octava mujer de Barba Azul y El pecado de Cluny Brown son dos obras menores de Ernst Lubitsch pero aun así tocadas por la varita de su ingenio. En ellas se aprecia que el realizador alemán contemplaba Europa con una mezcla de añoranza e ironía. La Europa que retrataba Lubitsch brillaba de sofisticación y elegancia pero también padecía un obsoleto clasismo al que el cineasta sabía sacar punta. Frente al viejo continente, mostraba a Norteamérica como un lugar en el que, pese a que la clase y la educación eran bienes escasos, florecían las oportunidades y cualquier individuo con astucia, capacidad de trabajo y ambición podía labrarse un provenir, con independencia de sus orígenes. Dos de las películas consideradas menores del realizador que ponen en evidencia esta contraposición son La octava mujer de Barba Azul (Bluebeard’s eigth wife, 1938) y El pecado de Cluny Brown (Cluny Brown, 1946) En La octava mujer de Barba Azul, Gary Cooper es un multimillonario norteamericano de paso por la Riviera, que se siente atraído por una noble francesa venida a menos, dotada del irrepetible encanto de la gran Claudette Colbert. Ella es la encarnación del chic continental y él es brusco y arrogante pero indiscutiblemente apuesto. La batalla de sexos comienza. En esta ocasión, Lubitsch no fue capaz de mantener el “crescendo” de sus mejores obras y tras una hilarante primera parte, la segunda mitad de la comedia decae. Sin embargo, hay bastantes componentes de esta película que valen la pena. Lo mejor de este divertimento se concentra en la primera escena, en la que la pareja se conoce en una tienda cuando él pretende comprar la camisa de un pijama y ella se conforma con los pantalones. La ocurrencia fue de Billy Wilder, que fue coguionista...

EJEMPLOS DEL TOQUE LUBITSCH, SU HUELLA EN LA COMEDIA  Y ELOGIO FINAL Jul03

EJEMPLOS DEL TOQUE LUBITSCH, SU HUELLA EN LA COMEDIA Y ELOGIO FINAL...

El ingenio de Ernst Lubitsch trascendió su obra y sus recursos humorísticos inspiraron la filmografía tanto de grandes realizadores del cine clásico como Billy Wilder o Preston Sturges como la de cineastas contemporáneos como Woody Allen o Nora Epfron. EJEMPLOS DEL TOQUE LUBITSCH El “toque Lubitsch” tenía distintas manifestaciones, desde la pura metáfora o elipsis visual hasta la reiteración de situaciones absurdas con giros inesperados a medida que se repetían. Era habitual que se remataran con un genial “top the topper”, que significa algo así como “poner la guinda sobre lo mejor”. Consiste en sacar el máximo partido a una situación cómica de forma que, cuando parece que ya se ha acabado, se logra la nota final para provocar la máxima hilaridad del espectador.  En “La octava mujer de Barba Azul”, un millonario caprichoso quiere comprar sólo la parte superior de un pijama y su estrambótica petición genera una divertidísima crisis en la tienda. El dependiente pregunta qué debe hacer al jefe de sección y éste al responsable de la tienda. La culminación final se produce cuando éste llama al dueño. El mismo atiende enfadado al teléfono porque se encontraba durmiendo. Se indigna aun más ante la extraña solicitud y se niega a acceder a la misma. Cuando cuelga el teléfono, la cámara nos permite ver que no lleva los pantalones del pijama… Dados sus comienzos en el cine mudo, Lubitsch empezó dominando el gag visual, que incorporó luego a sus películas sonoras. Dentro de éstas, podemos encontrar  escenas silenciosas cargadas de insinuación, como los planos de puertas cerradas tras las cuales se adivina un encuentro amoroso o se destapa un triángulo. El realizador fue sumando el humor verbal, para acentuar el divertimento. Así, orquestaba escenas en las que lo que veíamos y escuchábamos...

Veredicto Final: No hay otros casos, este es el caso Ene13

Veredicto Final: No hay otros casos, este es el caso...

Sidney Lumet como director, David Mamet como guionista y Paul Newman como actor, dieron lo mejor de sí mismos en Veredicto Final, historia de redención de un personaje hundido moralmente, que bucea desesperado por salir a la superficie. Nunca llegó Newman tan lejos en su búsqueda de la verdad de un personaje, proyectando su miseria, su zozobra interior y su tenaz lucha. Lumet le quedó eternamente agradecido por ello, como explicó en su libro “Así se hacen las películas”. Sidney Lumet y David Mamet, director y guionista de Veredicto final (The verdict, 1982) eran creadores muy inteligentes, capaces de elevar lo que podría haber sido una historia más de abogados y hacer de ella una película sustancial e imperecedera sobre el anhelo de redención de un hombre acabado que quiere recuperar su dignidad perdida. Nos ayudaron además a entender que parte de nuestro proceso de crecimiento personal radica en aceptar que la vida no es justa, pero que sin embargo, tenemos la responsabilidad individual y colectiva de luchar porque lo sea. Frank Galvin (Paul Newman) es un abogado alcohólico, que ha caído tan bajo, que visita los velatorios de los fallecidos por posibles negligencias médicas, para intentar captar como clientes a sus familias. Lumet fotografió la película en colores otoñales (rojizos, ocres…) para reforzar la idea de que estamos ante un personaje caduco. La oportunidad de salvación aparece en forma de un caso contra dos prestigiosos médicos que han dejado en coma a una mujer en la mesa de operaciones. En principio, el plan de Galvin es negociar una buena indemnización y cobrar así rápidamente sus honorarios. Sin embargo, toma conciencia de que la enferma merece que se haga justicia y resuelve ir a pleito. El momento de su “revelación” es una escena muda, que...

MATAR A UN RUISEÑOR: CUIDEMOS A LOS INOCENTES Nov11

MATAR A UN RUISEÑOR: CUIDEMOS A LOS INOCENTES...

Matar a un ruiseñor es una película inolvidable que adaptó una novela que defiende valores eternos. En un número dedicado a apoyar obras solidarias por su labor esencial para nuestra sociedad, era difícil olvidarse de una historia sin pretensiones, que puso sobre la mesa que lo que da sentido a este loco mundo es que nos cuidemos los unos a los otros. Harper Lee escribió una única novela en su vida, Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird), con la cual obtuvo el Pulitzer y alcanzó tanta notoriedad, que no fue capaz de atreverse con una segunda obra. Tal vez nos perdimos lo que pudiera haber sido la producción prolífica de un genio o tal vez esta tímida sureña agotó en esta excepcional novela toda su capacidad creativa. Nunca lo sabremos. Nos debe bastar el hecho de que su legado, contenido en un pequeño tomo, fue en realidad muy grande. Relato de iniciación, nos cuenta cómo dos niños abren los ojos a los abismos de crueldad y belleza que pueden anidar en el corazón del ser humano, aprenden que todos tenemos el deber de proteger a los seres más indefensos y descubren cómo un hombre sencillo y sin pretensiones puede esconder al mayor de los héroes. Ese hombre es Atticus Finch, uno de los personajes más queridos de la cultura norteamericana, tanto de las letras como del cine. Harper Lee puso mucho de sí misma en el relato aunque no se trate ni mucho menos de una autobiografía. La voz narradora es la de una mujer, Scout Finch, que describe en primera persona sus recuerdos entre los seis y los ocho años, reproduciendo las sensaciones y emociones que experimentó entonces. Había coincidencias entre el padre de Harper Lee y Atticus Finch, pues ambos...

La última batalla de los soldados Oct28

La última batalla de los soldados...

En un especial sobre la violencia en el arte, queríamos hablar del tratamiento cinematográfico de las secuelas de la guerra en los veteranos. Con una combinación de lirismo y crudeza, el énfasis se pone unas veces en los cuerpos o almas mutilados, otras en el cuestionamiento sobre el sentido de lo vivido y otras en la inadaptación a la vida civil. Nos centramos en dos películas muy distintas separadas por tres décadas, pero que coinciden en desgranar el duro retorno de tres veteranos, con una mirada cargada de respeto: Los mejores años de nuestra vida y El cazador. Una de las maravillas de la narrativa, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, reside en la posibilidad de acercarnos a lo que han vivido personas de otras épocas y otros ámbitos. Así, a través de películas como Los mejores años de nuestra vida (The best years of our lives, William Wyler, 1946) y El cazador (The deer hunter, Michael Cimino, 1978) hemos podido asomarnos a entrever los sinsabores de los veteranos de la segunda guerra mundial y de la guerra de Vietnam. Ambas coinciden tanto en presentar a tres hombres que viven de diversa manera las secuelas de la experiencia bélica, como en ofrecer un enfoque lleno de compasión por cada uno de ellos. Si bien se tiende a veces a descalificar la compasión, como si necesariamente contuviera una cierta condescendencia que incomoda al que sufre, no tiene porqué ser así. Lo cierto es que en las miradas de Wyler y Cimino, la compasión está revestida de un enorme respeto por los personajes retratados. Y es precisamente en esa mirada donde reside parte de la belleza de ambos largometrajes. En “Los mejores años..” tres veteranos coinciden en el viaje de vuelta a casa, aprensivos ante lo...

NUEVE CLÁSICOS Y UN NEO-WESTERN Oct14

NUEVE CLÁSICOS Y UN NEO-WESTERN...

Creadores de inagotable talento como John Ford, Anthony Mann o Fred Zinemann nos han regalado obras de arte que unas veces ensalzan la leyenda del Oeste americano y otros la cuestionan, pero siempre nos cautivan por la fuerza de las tramas, personajes e imágenes. Desde La diligencia hasta Breaking bad, la lista de estos diez westerns favoritos no sigue un orden de preferencia sino meramente cronológico. Este número de Aladar, tan próximo al extraño vínculo que siempre existió entre el arte y la guerra o la violencia de todo tipo, entre el arte y la supervivencia del ser humano sea como fuere, no podía omitir un género como el western. Al fin y al cabo la condición humana es la que es y, aunque nos perturbe, debemos tenerla presente en toda su amplitud. El western nos ha regalado historias sobre hombres solitarios que sobreviven en entornos majestuosos y hostiles, sobre la violencia de la frontera, sobre el esfuerzo de los pioneros, sobre la brutalidad y la sabiduría del pueblo indio, sobre el afán de venganza o el coraje como motores de cambio, sobre la fuerza civilizadora de las mujeres, sobre la codicia, la ira y el perdón. Voy a hablarles de las diez películas de este bellísimo género que personalmente más emoción y admiración me han provocado. Habrá lectores que echen en falta obras de Hawks, de Leone o Eastwood, pero este tipo de rankings deben servir para despertar debate y además, les recordaré algo con asertividad no exenta de amabilidad: esta es mi lista. La diligencia (Stagecoach, John Ford, 1939) Es una obra llena de la humanidad profunda y la poesía que caracterizaba el cine de John Ford, ese artista de sentimientos contradictorios, por cuyas venas, más que correr la sangre, galopaba el...

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD: ZINNEMANN Y CLIFT TOCAN EL CIELO Jul09

DE AQUÍ A LA ETERNIDAD: ZINNEMANN Y CLIFT TOCAN EL CIELO...

De aquí a la eternidad es una de las películas más hermosas de la década de los 50. Todos recordamos la emblemática escena de Burt Lancaster y Deborah Kerr besándose en la playa, pero merece la pena volver a ver esta gran obra por muchas otras razones. Fred Zinnemann dirigió con maestría una fascinante trama ambientada en los albores de la segunda guerra mundial y logró extraer de Montgomery Clift una interpretación absolutamente memorable como el soldado Prewitt. Fred Zinnemann dirigió algunas excelentes películas que tenían en común un tema persistente: el individuo fiel a sí mismo en un entorno que intenta hacer tambalear su esencia. El sheriff abandonado a su suerte en Sólo ante el peligro, la religiosa que se rebela contra el voto de obediencia en Historia de una monja… Y sobre todo, Prewitt en De aquí a la eternidad (From here to eternity, 1953), el soldado que se atreve a desafiar la arbitraria voluntad de sus superiores y lleva hasta las últimas consecuencias el principio que guía su vida: «Un hombre que no sigue su propio camino no es nada». La fijación temática de Zinnemann tenía mucho que ver con su experiencia personal. Bajo unas formas suaves, atípicas en un Hollywood poblado de directores de rudo trato, yacía un fondo sólido de convicciones creativas, que él defendía con contundencia frente a los poderosos productores de los estudios. De aquí a la eternidad, escrita por un veterano de la segunda guerra mundial, James Jones, fue un clamoroso éxito de ventas y el presidente de Columbia, Harry Cohn adquirió los derechos para llevarlo al cine. La historia, ambientada en un cuartel de infantería en Pearl Harbour, justo antes del ataque japonés, relata la llegada al regimiento del soldado Prewitt (Montgomery Clift), al que...

El toque Lubitsch May28

El toque Lubitsch

Cuando Ernst Lubitsch murió prematuramente de un ataque al corazón en 1947, otros dos grandes directores de cine se lamentaban: «Se acabó Lubitsch» dijo Billy Wilder y William Wyler repuso «¡Peor aún! ¡Se acabaron las películas de Lubitsch!». Billy Wilder no era precisamente sospechoso de benevolencia en  las opiniones que profería sobre el prójimo, pero su mordacidad habitual desaparecía para dejar paso a la más absoluta admiración cuando hablaba del ingenio inagotable del que siempre consideró su maestro. Antes de ser director, Wilder fue guionista y colaboró como tal en dos comedias dirigidas por Lubitsch, la divertidísima «La octava mujer de Barba Azul» (Bluebeard’s eigth wife, 1938) y la recordada «Ninotcka» (1939). Una vez dio el salto a la dirección, trató de emularle en obras como «Ariane» (1957), «Con faldas y a lo loco» (Some like it hot, 1959) y «El apartamento» (The apartment, 1960). Enst Lubitsch era judío alemán. A diferencia de numerosos compatriotas suyos del medio cinematográfico que, en la década de los 30, acudieron a Hollywood huyendo del nazismo, emigró con anterioridad porque había llegado a lo más alto como director en Alemania y quería probar fortuna en aquella ebullición de talento que fue el Hollywood de los años dorados. Llegó, vio y venció, como Julio César…; y luego cayó…; como, como, ¡ah sí!, como Julio César. Los adjetivos ingenioso, sofisticado o creativo definen el cine de este director, que fue el único de su época que, al combinar dirección y producción, tenía un control absoluto de sus películas. Para el recuerdo ha quedado el denominado «toque Lubitsch», elemento presente en sus comedias, definido de diversas maneras, pero que puede condensarse en una broma elevada a la máxima potencia. Imaginemos algo muy gracioso, dotado de un humor muy fino. Ahora, mirémoslo...