Delitos y Faltas: Los atajos y Dostoyevski Mar17

Delitos y Faltas: Los atajos y Dostoyevski...

Mientras un delito no puede confesarse, las faltas deben hacerse públicas (aunque sea a una sola persona), porque todo delito procede de faltas que se mantuvieron en secreto, por miedo o estupidez. Son el génesis de algo mayor. Esto es de lo que trata la película Delitos y Faltas firmada por Woody Allen. Desde el comienzo todo se llena de contrastes. Amor frente a desamor; lo superficial ante lo trascendente; la percepción de la realidad del hombre frente a la de la mujer; la mirada clara de un niño frente a la ceguera del adulto; el arrepentimiento frente a la ausencia de sensación de culpa; el amor a Dios frente al miedo que genera la justicia divina; lo inevitable frente al libre albedrío; la comedia frente a la tragedia. Se trata de una excelente película. Como casi siempre en el cine de Allen, nos encontramos con personajes a los que les ocurren cosas corrientes, las mismas que le podrían suceder a usted o a mí. Y se desesperan con y por la misma falta de fuerzas que cualquiera de nosotros. Pero los personajes de Allen tienen alma; piensan y sienten; viven y mueren; toman decisiones equivocadas y evolucionan. Como usted o como yo. Por eso las películas de Allen se convierten en ríos llenos de meandros que hay que transitar cuando se buscan respuestas o preguntas cada vez más difíciles de contestar. El sentido se encuentra en la desembocadura. No hay atajos posibles. Cualquier cosa que pudiera parecerlo (un atajo) lleva hasta la falta y, más tarde, al delito inconfesable que hará del equipaje de la persona una carga insoportable. Los actores y actrices del reparto defienden más que bien sus papeles y Allen realiza un trabajo de dirección con ellos notable. Él mismo forma parte del elenco interpretando al personaje...

Árboles de Invierno

La vida de Silvia Plath fue un continuo jugar con su propia muerte. Terminó suicidándose. Protegió a sus hijos sellando la puerta de la habitación en la que dormían con toallas húmedas, abrió la espita del gas y dejó que su polo suicida se saliera con la suya. La relación con su marido (poeta) fue un desastre, la relación con su mundo (poesía) fue un desastre. Todo fue un enorme desbarajuste. Todo excepto lo que dejó escrito. Durante algún tiempo, muchos se acercaron a los poemas de Plath con ese regusto que aporta saber que la autora fue una mujer machacada. En esto de la literatura el morbo existe como en cualquier otra parte. Pero, poco a poco, se fue descubriendo una poesía potente y honda. No negaré que después de leer con tranquilidad sus poemarios, una siente ganas no de tirarse por la ventana, pero sí de lanzar un buen montón de mierda acumulada en la mochila. Alguien capaz de decir El valor de la boca cerrada, ¡a pesar de la artillería! para referirse al dolor que provoca un silencio impuesto por obtener a cambio la tranquilidad, es capaz de decir cualquier cosa. Y de decirlo bien. Me gusta poco reproducir poemas completos y no lo haré. Los libros sirven para esas cosas. Aquí, tan sólo, quiero recomendar la lectura de este Árboles de Invierno o de cualquier otro poemario de la autora. Eso sí, el que lo abra debe ser consciente de que el mundo se tornará gris, que el sufrimiento ajeno se pegará al propio, que los poemas de Plath se quedarán grabados a fuego en la memoria. Prueben a descubrir y a descubrirse leyendo cosas como estos versos: la entera catarata de agua es un ojo en cuyo remanso con...

Cora

Cora, de Georges Sand o Amandine Aurora Lucile Dupin, breve cuento que, como el resto de la obra de esta autora escondida tras un pseudónimo masculino, fue incluida en el índice de libros prohibidos por la Iglesia Católica. ¿La razón? Cuesta encontrarla, pues no es más que un divertido relato que nos traslada a la literatura romántica del siglo XIX, en el que Georges, el protagonista, llega a un pequeño pueblo de provincia, enamorándose perdidamente de la joven Cora, de rasgos exóticos (propios del Romanticismo francés), a quien describe de una belleza sutil y delicada (propia del Romanticismo alemán). Colmado de pasión y con un discurso pretenciosamente intelectual, Georges irá manifestando gradualmente sus sentimientos hasta llegar a una situación insostenible. Este ansia de amor, propio de la exaltación de la época contagiada por las novelas románticas y fantásticas, en concreto los cuentos de E.T.A. Hoffman – por quien Sand sentía gran admiración -, es caricaturizada por la autora durante todo el cuento. La ironía, simplicidad y flechas de humor que lanza Sand ofrecen un rato breve de lectura despreocupada y contínua. Para muchos las lecturas antiguas cansan, con su lenguaje redundante que chirría en contraposición con el del siglo XXI, y están pasadas de moda; pero las modas son cíclicas y, en cualquier caso, el amor atemporal. Siempre es interesante trasladarnos doscientos años atrás y comprobar cómo éste trata a todos por igual. Indiscriminadamente atrapa provocando obsesiones, cegueras y una realidad distorsionada al antojo de la pasión. Existe ahora y existía antes, aunque entonces hubiera ciertos límites oficiales e intraspasables sin que hubiera consecuencias. Si embargo el único atrevimiento de este cuentecito era, sin más, que detrás de Georges Sand estuviera la soñadora e idealista baronesa Amandine Aurora Lucile Dupin, ataviada con unos pantalones...